FICHA TÉCNICA



Título obra La prostituta de Ohio

Autoría Hanoch Levin

Dirección Germán Castillo

Elenco Óscar Yoldi, Juan Carlos Vives, María Eugenia Pulido

Escenografía Martín Acosta

Referencia Noé Morales, “La prostituta de Ohio”, en La Jornada Semanal, 2 noviembre 2003.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   2 de noviembre de 2003

Columna El mono de alambre

La prostituta de Ohio

Noé Morales

Lo que en un principio se insinúa como un retrato realista, aderezado con puntadas cómicas ad hoc, de los problemas anatómicos y eróticos de los hombres de cierta edad, pronto se revela como una aproximación a un asunto bastante más sustancioso: las dificultades de convivencia entre viejos y jóvenes, más allá del tópico que reduce todo a un mero desfase cronológico –la tan manida "brecha generacional". Y es que la historia de Juan Amargo y su hijo Pepe, en la que se exponen lastres representativos no sólo del vínculo paterno-filial, sino de las relaciones humanas en general –rencores, co-dependencias, egoísmo, patologías varias regidas por el vaivén pendular del amor-odio– no tiene como nudo temático la diferencia de edades, sino la pugna por alcanzar los intereses y sueños individuales, por quijotescos que parezcan, aun yendo contra la propia sangre. Encarnación vívida de un par de generaciones que aún persiguen, así parezca que sea al cuarto para las doce, los ideales de juventud, esta pareja de vagabundos es el eje rector de la propuesta del dramaturgo israelí Hanoch Levin, quien trenza un relato sencillo y lineal, pero a la vez dotado de elementos que le confieren una poética particular, una cierta estilización de la miseria y el abandono que le permite, sin abandonar los códigos del realismo, un tránsito limpio hacia pasajes oníricos mediante los cuales se ilustra esa desesperada batalla por subirse al último tren de la felicidad. Así, el espectador presencia el postrero intento del viejo Juan Amargo (Óscar Yoldi) por arribar a la plena libertad sexual y a la emancipación absoluta de sus deberes paternales, sueño simbolizado por su permanente deseo de conocer a una mítica e insondable redentora, la prostituta de Ohio que da nombre al texto; asimismo, atestigua la tentativa de Pepe (Juan Carlos Vives) por desanudar definitivamente el lazo paterno y asegurarse, de una buena vez, su futuro material, cuidando que su padre no malgaste la raquítica herencia económica en encuentros con hetairas vivales; e incluso, comparece a la inopinada metamorfosis de la prostituta Eloísa (María Eugenia Pulido), que tras engatusar al anciano experimenta un profundo arrepentimiento que la hace ver en él la largamente postergada posibilidad del amor auténtico.

Germán Castillo es el encargado de escenificar esta corrosiva obra de Levin, autor anteriormente desconocido en nuestro país. Director cuya trayectoria no ha estado asociada con la experimentación o la vanguardia, sino más bien con la ortodoxia y lo convencional, Castillo ha sabido localizar esa doble filiación del texto, a la vez estilizado y realista, y ha intentado unificarla sin perder la importancia y el significado individual de ambos componentes. Así, la estilización se evidencia en el diseño del espacio: la escenografía minimalista de Martín Acosta, con apenas una maltrecha cortina de metal al fondo, consigue evocar un tugurio arrabalero sin caer en la ilustración facilista ni en el lugar común de la miseria urbana; por el contrario, habilita, al mismo tiempo, la asociación alegórica y un trazo actoral que, aunque es mayormente limpio, es también corto y cerrado, víctima de un manejo simplista por áreas de iluminación, con lo que se desperdicia buena parte de sus posibilidades. Sin embargo, y con la salvedad del último cuarto de la escenificación, cuando el paso hacia lo onírico se percibe un tanto forzado, podría decirse que el tratamiento del director funciona en buena medida debido a su oficio y a su solvencia técnica.

En contraparte, la dirección de Castillo está abiertamente apegada al realismo en lo concerniente al manejo histriónico y al estilo de actuación predominante. Con un tempo uniforme, contrarrestando incluso un principio soso basado en alusiones a la impotencia del viejo Juan, Castillo consigue que sus tres intérpretes resuelvan con éxito las trayectorias de sus personajes. En especial, se destaca la labor de Juan Carlos Vives, quien trasluce momentos sobresalientes cuando evade la caricatura y la construcción formal de Pepe Amargo. Óscar Yoldi, en tanto protagónico, lleva en sus espaldas el peso de la representación, y sale avante no sólo por su oficio sino por una muy buena lectura del conflicto interno de Juan Amargo. María Eugenia Pulido, tras una primera parte fluida y solvente, no puede evitar la inverosimilitud en la transformación interna de Eloisa, sin duda el punto más nebuloso del texto de Levin..