FICHA TÉCNICA



Título obra Demonios

Autoría Lars Noren

Dirección Jorge Vargas

Elenco Alicia Laguna, Arturo Ríos, Laura Almela, Mauricio Jiménez

Grupos y compañías Teatro Línea de Sombra

Referencia Noé Morales, “Demonios”, en La Jornada Semanal, 24 agosto 2003.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   24 de agosto de 2003

Columna El mono de alambre

Demonios

Noé Morales

La compañía de origen neoleonés Teatro Línea de Sombra celebra sus diez años de actividad teatral con la puesta en escena de Demonios, del dramaturgo sueco Lars Noren. Es sin duda reconfortante, en estos tiempos de predominio de la vacuidad y el efectismo teatral, atestiguar el progreso de un grupo que, independientemente de sus resultados escénicos, transita sin estridencias hacia la maduración de su lenguaje artístico. Búsqueda que, en el caso de los liderados por Jorge Vargas, pasa tanto por la indagación de uno de los ejes indispensables de la creación actoral, la corporalidad, como por una pesquisa que aborda constantemente la contraposición de sentimientos próximos a la perversión y a la miseria con los convencionalismos sociales. No extraña, por lo mismo, que la mayoría de los dramaturgos solicitados por este grupo provenga del norte de Europa, como en el caso del propio Noren con Munich-Atenas y el del inglés Anthony Neilson con El censor, montaje que ya ha tenido más de una reposición en la capital.

En primera instancia, podría decirse que Noren retoma la tradición que algunos de los más ilustres representantes de las letras escandinavas le han legado. El desmoronamiento de instituciones sociales como el matrimonio y la familia, la crisis en las relaciones personales por la imposibilidad de mantener la represión de los instintos en aras del deber ser, entre otras, son todas premisas temáticas y estilísticas que ya Ibsen, Strindberg, Bergman y, más recientemente, algunos de los representantes del Dogma cinematográfico danés se han encargado de proyectar, con sus respectivas consecuencias, más o menos magistrales. Guardadas las distancias correspondientes, no queda sino reconocer que no hay nada nuevo bajo el sol de la pluma de Noren; si acaso, sorprende el contraste entre los dos actos de la obra, en la que el primero, que funge como expositor de los perfiles de dos matrimonios suecos de clase media abatidos por la rutina y el desasosiego, cede paso a un complementario en el que el estallido de la violencia, más que elemento redentor o exorcizante, deviene acento y finiquito de su patetismo. Vuelta de tuerca que no implica necesariamente la conformación de un cuerpo discursivo orgánico y contundente, ni la resolución congruente de la trayectoria de los cuatro personajes.

Las lagunas e inconsistencias en el relato, sin embargo, no podrían tomarse enteramente como condicionantes de lo que se transforma en una realidad con el correr de la representación: una insoslayable falta de cohesión en el rendimiento de los intérpretes. Mientras Alicia Laguna hace de la indolencia inicial de su Katarina un equivalente de monotonía y atonalidad, Arturo Ríos pasa, en ese mismo periodo de la puesta, por una opacidad que ni el matiz sardónico de su personaje Frank, subestimado como verdadero rasgo de carácter, alcanza a rescatar. La llegada de la segunda pareja, la de Jenna y Tomas, con el consiguiente detonamiento de las pasiones secretas de sus repentinos huéspedes de velada, realza el interés de la obra, en buena medida por el trabajo de Laura Almela, con un manejo sobrio, alejado de la autocomplacencia, de la pusilanimidad de la mujer en lactancia, y por el de Mauricio Jiménez, por mucho el más sólido y consistente, quien comprende cabalmente la neurosis de un académico universitario que tras la facha anodina esconde un deseo genuino, a diferencia del de los otros personajes, de renovación existencial. Estas flaquezas interpretativas hacen que las transformaciones del segundo acto se vuelvan aún más inopinadas: que Katarina cambie a seductora voraz no es una transformación inverosímil, sino más bien previsible; pero la monotonía de Alicia Laguna en la interpretación favorece lo primero. Arturo Ríos, por el contrario, parece aprovechar mejor el desnudamiento de su personaje, que de macho controlador queda expuesto, de nuevo suscribiendo la obviedad, como homosexual reprimido e impotente. Y es Mauricio Jiménez quien acaba por consolidarse como la sorpresa más agradable del montaje, que no es de lo más consistentes de Jorge Vargas, quien, acaso en un intento por enfatizar la desazón rutinaria del universo de Noren, retarda el tempo con resultados contraproducentes, y desperdicia algunos de los recursos que, en principio, se perfilaban como imanes poderosos. El uso de las cámaras, por ejemplo, como un correlato formal que amplifica la sensación de tedio y provee al espectador de un delicioso poder voyeurista, se estanca eventualmente y termina por sentirse desaprovechado.