FICHA TÉCNICA



Eventos Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia

Referencia Noé Morales, “Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia”, en La Jornada Semanal, 3 agosto 2003.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   3 de agosto de 2003

Columna El mono de alambre

Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia

Noé Morales

Las gestiones de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio y Edgar Chías, en combinación con la voluntad de funcionarios como Manuel Naredo y Carlos Corona, permitieron la realización en días pasados de la Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia en la ciudad de Querétaro. La intensa agenda de trabajo, repartida en los cuatro días de duración del evento, tuvo como intención principal la de presentar ante la sociedad teatral queretana y ante los invitados venidos de distintas partes de la república los trabajos de algunos de los representantes de la generación más novel de las letras dramáticas mexicanas, así como fomentar el intercambio de reflexiones en torno al quehacer teatral en la actualidad mediante mesas de debate y foros de reflexión.

Así, Luis Ahyllón, Bárbara Colio, Edgar Chías, Elena Guiochins, Luis Enrique Gutiérrez, Jorge Kuri, Antonio Malpica y Alberto Villarreal tuvieron la oportunidad de conocer los estímulos que sus obras provocaron en la imaginación de diversos grupos teatrales –provenientes en su gran mayoría de la entidad queretana–, en una dinámica que permitía, tras la presentación de lecturas escenificadas (salvo en el caso de Malpica, cuya obra Blanco y negro, ganadora de la más reciente edición del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera, fue estrenada como puesta en escena), un intercambio de puntos de vista con los autores. Aun concediendo que el móvil del ciclo de lecturas tendía más hacia el enriquecimiento mutuo de dramaturgos e intérpretes que a la exposición de proyectos terminados, hay que resaltar que en casi todos los trabajos de representación prevalecieron la candidez y el amateurismo. Salvo en casos excepcionales, la constante fue el pobre intento de los directores por potenciar y significar escénicamente los universos de ficción propuestos por los textos dramáticos más allá de la mera ilustración, tanto como pobre fue el rendimiento interpretativo de la mayoría de los actores participantes.

Empero, la excepción brillante la proveyó De bestias, criaturas y perras..., de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, cuya lectura fue dirigida por Alberto Villarreal. Rara avis dentro de la ficción teatral mexicana, la obra de LEGOM, que ya ha sido reconocida con premios nacionales e internacionales, encuentra referentes estilísticos más próximos en el realismo sucio de la narrativa estadunidense contemporánea que en algún precedente de la tradición teatral de nuestro país. De bestias... es un texto breve, seco, inmisericorde en su temática y en la confección de sus personajes, que encuentra en la contundencia uno de sus mayores atributos. El diseño escénico de Villarreal ha sabido evitar las estridencias y la confusión entre lo sobrio y lo plano y ha entregado un producto feliz por su contención y su uniformidad. El desempeño histriónico de Jorge Ávalos y, sobre todo, de Beatriz Luna, termina por armonizar un conjunto del que se espera complete un proceso de acabado que le permita llegar, con el rigor de la puesta en escena, a algún foro significativo de nuestra república del teatro.

En lo concerniente a las mesas de discusión, las notables intervenciones de Luz Emilia Aguilar Zinser, Bruno Bert y Alberto Villarreal, presentadas en el último día de actividades reales, hicieron olvidar que los precedentes, con todo y los infructuosos arrebatos de Fernando de Ita, estuvieron marcados por una evidente carencia propositiva y de voluntad de reflexión. Hizo falta un mayor énfasis no tanto en informar experiencias personales y opiniones específicas, sino en evaluar, desde un ángulo ético, moral y artístico, las condiciones de desarrollo de la joven dramaturgia mexicana. Conocer y reconocer la herencia histórica del teatro mexicano, sus múltiples y casi permanentes periodos de crisis, no para formular quejas y pugnar por revoluciones improbables, sino para comenzar a vislumbrar un atisbo de lo que pudiera traducirse, al cabo del tiempo, en una renovación, antes que de los modos de producción, del discurso y lenguaje de la literatura dramática mexicana. Aunque será más difícil el éxito de esta tesis si se mantiene el nivel de abulia que hoy predomina. Y para muestra, baste un ejemplo: la notoria ausencia de los teatreros queretanos en los eventos de la muestra, mucho más alarmante que la también notoria escasez de público. Aún así, el espíritu de eventos como éste, sin perder de vista su condición perfectible, hace creer, sentimentalismos aparte, que existe una esperanza de mejora.