FICHA TÉCNICA



Título obra Mundos posibles

Autoría John Mighton

Dirección Alejandro Ainslie

Elenco Rafael Pimentel, Juan Carlos Barreto, Gabriel Pingarrón, Raki, Maria Reneé Prudencio

Escenografía Juliana Faesler

Referencia Noé Morales, “Mundos posibles”, en La Jornada Semanal, 22 junio 2003.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   22 de junio de 2003

Columna El mono de alambre

Mundos posibles

Noé Morales

Es incuestionable ya la atracción que despierta, en todos sentidos, la actual efervescencia teatral en Canadá. No únicamente por su ejemplo de interacción fructífera entre autoridades culturales, creadores artísticos y público en general sino, sobre todo, por la variedad y riqueza de su oferta escénica. En tiempos recientes, nos ha sido dada la oportunidad de atestiguar tanto montajes de aquellas tierras de gira por nuestro país como versiones mexicanas de textos escritos por autores canadienses, ya sea de la porción anglófona o de la francófona, provenientes fundamentalmente de uno de los principales núcleos de producción artística en la actualidad: Quebec. De esta manera, el público nacional ha podido conocer y familiarizarse de a poco con la dramaturgia de Michel Marc Bouchard, Louis Bombardier y Suzanne Lebeau, por citar sólo algunos de los casos más renombrados.

John Mighton viene a ser una rara avis en cuanto a formación y procedencia, lo que se refleja en su escritura. Baste decir que durante buena parte de su vida ha combinado dos pasiones: el teatro y las matemáticas. De él, Enrique Singer había montado, hace más de un año, Cuerpo y alma, un estimulante ensayo sobre necrofilia y tecnología. Ahora, Alejandro Ainslie se aventura con Mundos posibles, una de las obras más representadas del dramaturgo de Ontario.

Thriller metafísico, tragedia de ciencia ficción, drama neurológico. Lo cierto es que al texto podría calificársele de varias maneras, a cual menos imprecisa. Pero, en contraparte, se vuelve evidente que la apuesta del autor pasa por un minucioso entramado, cercano al género policiaco, para adentrarse en el análisis psicológico de su protagonista. Mientras Voltaire dijo que el paraíso terrenal no está sino en la propia persona, Mighton formula que el verdadero infierno, el "hoyo negro", se localiza también en las profundidades del hombre, más específicamente en ciertas zonas de su cerebro. Así, un sui generis neurofisiólogo (Rafael Pimentel) se da a la tarea de recopilar cuantos órganos nerviosos sean posibles, vía el asesinato, para un mejor análisis del fenómeno, método que desde luego cimbra a la comunidad circundante y pone en jaque a la torpe policía local. Y es George (Juan Carlos Barreto), yuppie inocuo, el protagonista y víctima propiciatoria mediante la cual Mighton explora los juegos de planos de realidad y paralelismos temporales de los que se vale para trazar una historia en las que las incertidumbres e imprecisiones se acumulan y conforman, más que un núcleo de certezas, todo un discurso sobre las zonas oscuras del pensamiento humano, un ensayo sobre la predominancia de lo posible ante lo probable. El que la descerebración de George sea hecho conocido desde las primeras escenas de la obra obliga al espectador a no perder pista de cada detalle, a registrar cada variación, por insignificante que parezca, en cada uno de los eventos que George atraviesa en su proceso de despersonalización y toma de conciencia sobre su irremediable situación.

Dado lo importante que resulta la efectividad de sus convenciones para un texto tan al borde de la inverosimilitud, se antoja que la lectura y puesta en escena de Ainslie naufragan en la indeterminación, en la indefinición para abordar el relato desde un ángulo determinado. Si bien lo anterior sería una falencia en cualquier caso, aquí se vuelve aún mas trascendente en tanto un texto tan estilizado en su estructura (que no en su estética, colindante con el gore) requeriría de una buena dosis de sutileza, lo que no se encuentra nunca en la puesta de Ainslie. Una colega observaba que quizás haría falta un poco más de énfasis en el cariz cómico del texto. El suscrito disiente, pues considera que no se soslaya del todo y propone, en cambio, revisar cómo es que Ainslie lo maneja. La pareja de detectives ineptos (Gabriel Pingarrón y Raki), por ejemplo, servirían para ilustrar esta inoperancia: no son sólo clichetosossino sensiblemente inverosímiles. Las fantasías de George, a cuyos elementos se da un burdo tratamiento esperpéntico (y que recuerda los primeros sketches de Andrés Bustamante), ejemplifican también cuán desafortunado es el aterrizaje de los pasajes oníricos. Agréguese a ello lo estorboso e insignificante de la escenografía de Juliana Faesler (cuya grandilocuencia no hace sino complicar el espacio) y lo chato de las actuaciones, quizás con la sola excepción de Maria Reneé Prudencio, y no queda sino confiar en que los delirios anatómicos de Mighton encuentren mejores interlocutores en la escena nacional.