FICHA TÉCNICA



Título obra Los Justos

Autoría Albert Camus

Notas de autoría Ludwik Margules / adaptación

Dirección Ludwik Margules

Elenco Rodrigo Vázquez, Luis Rábago, Claudia Lobo, Rodolfo Arias, Christian Baumgartner, Arturo Beristáin, Emma Dib

Escenografía Mónica Raya

Espacios teatrales Foro Teatro Contemporáneo

Referencia Noé Morales, “Los justos”, en La Jornada Semanal, 2 febrero 2003.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   2 de febrero de 2003

Columna El mono de alambre

Los justos

Noé Morales

El propio Ludwik Margules resume de la siguiente manera uno de sus objetivos principales en este montaje: "La puesta pretende someter al actor y al espectador a una relación íntima y desafiantemente activa... está organizada para conseguir ese objetivo: una mayor organicidad en búsqueda de la esencialidad teatral" (La Jornada, 25/10/2002).

Dicha ruta hacia lo que el ensayista polaco Jan Kott denominó "teatro de la esencia", propuesta teórica a la que Margules se alinea sin titubeos, se perfilaba ya desde el memorable montaje a Cuarteto, de Heiner Müller, estrenado hace casi siete años en el mismo Foro Teatro Contemporáneo. Sin la crudeza que los temas intrínsecos en la dramaturgia del autor alemán imponían, el director confirma contundentemente su intención de subvertir algunas de las convenciones más socorridas en el teatro contemporáneo, orientada de manera preponderante a privilegiar los elementos básicos del ejercicio teatral en detrimento de casi cualquier forma de pirotecnia. Con la serena templanza de quien ha experimentado con casi todas las formas y recursos de la teatralidad, Margules ha acabado por desterrar a la escenografía, a la iluminación, a la música, al vestuario, al maquillaje, para construir un sobrio universo teatral sobre los cimientos de la actoralidad y de la palabra dramática, aquí restablecida y potenciada en la totalidad de sus significados y connotaciones. La radicalidad de esta sencillez comienza desde el diseño espacial, a cargo de Mónica Raya: unas mamparas deliberadamente austeras delimitan una suerte de pasarela a lo largo de la cual se desplazarán los actores, apenas separados de la butaquería por unos cuantos centímetros. Esta proximidad, aunada a las peculiaridades en la dramaturgia de la adaptación de Margules (específicamente la importancia que en el flujo de la acción dramática tienen las referencias a sucesos fuera del escenario), dan como resultado un par de curiosas y fascinantes paradojas: que pese a la austeridad del diseño escénico se perciba una innegable estilización, y que pese a la apabullante cercanía física con el elenco el espectador no pueda evitar una sensación de desapego emocional, que no falta de empatía, con relación a las acciones en la escena, lo que ayuda a que la versión del director se desmarque con mayor claridad del barniz sentimentalista del original de Camus. Así, el público participa, con todas las implicaciones que ello conlleva, de los procesos internos de la labor actoral. No mediante diatribas pedagógicas disfrazadas de experimento formal, a la usanza de Héctor Mendoza en algunos de sus montajes más recientes (El burlador de Tirso, Creator Principium), sino atestiguándolos de primera mano, sin mediación de ningún filtro, en lo que representa sin duda un desafío y un vínculo de corte íntimo, como dice pretenderlo el director. Desde luego que la apuesta conlleva riesgos de evidente complejidad cuya resolución final no complacerá a quienes prefieran un teatro más recargado en la imagen y menos dependiente de las posibilidades de la retórica. Sin embargo, esa búsqueda de la organicidad fundamental, casi siempre favorable para los integrantes del reparto, se vuelve valiosa entre tanta fastuosidad y alharaca, vacuas y repetitivas, que suelen imperar en la cartelera nacional.

Confrontada por el director la intimidad de su oficio, los actores de Los justos se someten al escrutinio meticuloso de cada una de sus decisiones sobre el escenario, que en este caso es convertido, debido a las características tan peculiares de su poética, en una inclemente caja de resonancia en donde cada gesto, cada movimiento, cada inflexión en la voz, por mínimos que sean, se amplifican hasta adquirir dimensiones monumentales. Rodrigo Vázquez, Luis Rábago, Claudia Lobo, Rodolfo Arias, Christian Baumgartner, y sobre todo Arturo Beristáin y Emma Dib, consiguen despojarse de ciertos vicios que seguramente habrán acumulado en sus años de trayectoria profesional y se muestran generosos y dispuestos para la emoción, aunque irregulares en su adaptación corporal y gestual al sui generis constructo escénico de Margules. Con todo, no queda sino suscribir lo enunciado por Rodolfo Obregón: que lo más memorable de la cartelera del año pasado provino del sempiterno niño malcriado del teatro mexicano (Juan José Gurrola con El doliente designado) y del modélico y menos complaciente director de actores de nuestro país: Ludwik Margules.