FICHA TÉCNICA



Eventos XXX Festival Internacional Cervantino

Referencia Noé Morales, “XXX Festival Cervantino”, en La Jornada Semanal, 10 noviembre 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   10 de noviembre de 2002

Columna El mono de alambre

XXX Festival Cervantino

Noé Morales

Pronto se erigen como los únicos ineludibles en la sala de prensa. Ella tiene algún puesto cuya importancia seguramente menor intenta maximizar mediante un compacto ejercicio de la antipatía. Pronto deja ver que su misión consiste en poco más que darse a notar como una atenta guardiana de una serie de reglas casi tan deleznables como caprichosas. Y, por alguna razón muy probablemente destinal, este columnista se convierte en depositario casi exclusivo de los bufidos más contundentes de su repertorio. No hay mejor manera para explicar su inmediato posicionamiento en la mira de la dama en cuestión, siempre atenta a preservar el mobiliario cibernético de las corrosivas manos de los arribistas gremio presidido, siempre desde su cosmogonía, por el de la voz.

Él viene a ser, cosas del equilibrio natural, contrastante en sus modos pero complementario en sus intenciones. A diferencia de ella, es delgado, joven, ruidoso. Pero, al igual que ella, posee la irrebatible capacidad de pasar de impertinente a irritante en cuestión de minutos. Es reportero de una estación de radio que todos han oído mencionar pero que nadie recuerda haber escuchado. Para contrarrestar lo anónimo de su sino, se dedica a resolver problemas que no existen, a entablar conversaciones innecesarias, a comunicar anécdotas que nadie solicita. Pero su particularidad más importante quizás sea la de hacer pasar a la ubicuidad como un don con posibilidades fastidiosas.

Son dos los iconos más luminosos de la última semana del Cervantino. Uno de ellos proviene del ámbito escénico, oasis dentro de una programación más bien chata en ese apartado. Roberto Ciully, cabeza de la agrupación alemana Theater an der Ruhr, demuestra que la filosofía más auténtica no se cultiva arropándose en la cómoda frialdad de la academia sino bajo la luz del escenario, en paños menores y con los trastos del clown. Su mesurado descaro, propio de quien ha pasado casi setenta años pitorreándose de la calamidad propia y de la ajena, se erige en el contrapunto reflexivo perfecto dentro de un tono general mucho más abierto en la versión que de La ópera de los tres centavos ha presentado la compañía. Economía de recursos, subrayado en lo actoral, espontaneidad y sencillez en la interpretación de los números musicales de Kurt Weill.

El otro imán poderoso de esos días lo es más bien por razones enteramente subjetivas y por ende, de lo más fútiles. Los Tigres del Norte son los únicos capaces de causar que alguien quiera colarse a la sala de prensa. Durante cinco horas, los millonarios felinos se dedican a contestar sin el menor denuesto de su sonrisa preguntas que se repiten hasta la náusea, a repartir cantidades industriales de autógrafos, se someten sin miramientos a la tiranía de los flashes. Rumbo al final, el columnista posa junto a Jorge Hernández, legendario vocalista que parece ser el único genuinamente sorprendido y feliz con la neurosis colectiva. Deberán pasar unas horas para que el revelado le permita enterarse que su rostro en la fotografía fue tapado por el del Reportero Ubicuo, incapaz de faltar a la virtud que inspira su mote.

Cosa sabida es que al Cervantino le sobran hagiógrafos, relatores y panegiristas de los más variados estilos. Desde los oficialistas como Fernando de Ita, pasando por José Enrique Gorlero (a quienes los jóvenes conocimos sólo vía la hemeroteca), hasta los deliciosamente melancólicos y recientes, como Martín Acosta. También que el FIC tuvo una "época dorada" que al parecer no ha regresado ni por asomo. Con todo, cuesta trabajo creer, mientras se intenta transitar por las calles aledañas a los teatros y se soporta de algún modo el olor a meados, que todo haya alcanzado tales niveles de idilio en aquellos tiempos. Cuando se constata que el nivel retórico de la calle rara vez rebasa el techo de "Yo sí le voy le voy al Morelia" o "Puto el que no brinque", cuando se escucha a la gente oriunda despotricar contra los efectos que "la fiesta del espíritu" les deja todos los años, cuando se conoce que aún cuando en teoría hay localidades agotadas corren espectáculos con media sala vacía, no puede sino llegarse a dos puertos. Uno, cuestionarse sobre cuánto se han diluido realmente los objetivos fundamentales del festival o cómo se ha procurado que éstos afecten a los visitantes. Y dos, adivinar hasta qué punto los relatos de aquellos tiempos han sido distorsionados por los afectos personales de los escribas. Quizás todo sea parte de los desencuentros propios de la brecha generacional.

El columnista, sumido en estas cavilaciones estériles, está a punto de abandonar un atiborrado antro guanajuatense cuando se topa, cuándo no, con el Ubicuo, cuya eufórica megalomanía nocturna lo compele a suscribir a título personal la campaña que ciertos comerciantes locales han hecho circular. "No, Osorio no llega al año que entra. A Osorio lo vamos a tirar." Sólo faltaría verlo algún día dentro del comité organizador de éste o cualquier festival similar. Lo peor de todo es que nadie podría tachar esta tesis de improbable.