FICHA TÉCNICA



Título obra Ágatha

Autoría Marguerite Duras

Dirección David Herce

Elenco Nieves Rodríguez, Constantino Morán

Notas de escenografía Germán Castillo / asesoría

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Noé Morales, “Ágatha”, en La Jornada Semanal, 21 julio 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   21 de julio de 2002

Columna El mono de alambre

Ágatha

Noé Morales

Las luces que la actriz protagónica aporta al columnista una vez concluida la función, lo remiten a una de nuestras denostadas bibliotecas cuya afluencia de visitantes, casi todos con inocultable vocación semipornógrafa, no convalida el promocionado éxito del celebérrimo programa Hacia un país de lectores. La incursión confirma tanto las palabras de Nieves Rodríguez como las sospechas del de la pluma: Ágatha, si bien nació como escrito escénico, conoció la luz pública a principios de la década de los ochenta bajo las reglas del formato cinematográfico, con guión y dirección de su propia autora, la escritora francesa Marguerite Duras.

Porque, y hasta huelga decirlo tomando en cuenta de quién viene la sentencia, no hay que ser ni medianamente un dechado de perspicacia para darse cuenta de ciertas particularidades de esta obra de la coguionista de Hiroshima mi amor. Amén de poder ubicar en la pieza algunas de las claves personales esenciales de la connotada escritora la imposibilidad del amor frente a los convencionalismos sociales, el erotismo como arma de transgresión de la mujer ante la misoginia de su época, saltan a la vista varios rasgos de su construcción dramática que, sobre todo en lo estilístico y lo formal, harían suponerla más cercana a la narración novelística o a la cinematográfica.

No puede hablarse precisamente de que Ágatha carezca de teatralidad en tanto presenta un flujo dramático reconocible dentro de los parámetros de la dramaturgia. Todo pasa por cómo se entrama su discurso, por la manera en que avanza la acción dramática como efecto y no como causa de la progresión interna de los personajes, dejando al espectador pocos signos externos que le permitan asirse a una trama que en primera instancia pareciera carecer de toda ilación. Bien podría decirse que más que una plataforma anecdótica, Duras propone una situación: la despedida de dos hermanos en la edad adulta (la protagonista homónima, Rodríguez, y el masculino sin nombre, Constantino Morán) quienes, apelando casi por completo a la anécdota y al recuerdo, pronto develan su pasado incestuoso, la soledad infantil del que provino y la enorme vacuidad causada por la imposibilidad de llevar ese amor, el único sincero, con la normalidad que desearían. Puede hacerse esa lectura porque a lo largo de la obra, Duras utiliza esa anécdota como un pretexto para, colocando a los hermanos en un ángulo retrospectivo, develar de a poco ese pasado terrible, ir sembrando alambicadamente en el espectador claves para interpretarlo, ocuparse de trasladar su relato hacia lo implícito, hacia no lo dicho. Es por ello que la sucesión de eventos en escena es casi toda psicológica e interiorizada; un poco a la manera de los experimentos recientes de Pinter, la historia, que debe ser armada en la cabeza del receptor a partir de muy pocos elementos, termina por ponerse al servicio del peso de los personajes. Y es también por esto mismo que la obra, si bien habilita una preeminencia de la imagen que muy seguramente favoreció su tratamiento fílmico (el columnista confiesa no haber visto la versión cinematográfica), es susceptible de ser puesta en escena, aún pese a la fuerte carga discursiva y a esa aparente inmovilidad en el escenario.

David Herce, joven director de quien se recuerda un logrado collage de textos de los Siglos de Oro llamado De sangre y de honra, asume con valentía lo que entraña riesgos notorios: por un lado lidiar con ese recargamiento en los parlamentos que en cualquier momento puede devenir aburrimiento, y por el otro, a partir de los escasos asideros que Duras otorga, perfilar interpretaciones actorales lo suficientemente sólidas para no sucumbir ante el cadencioso ritmo en la dramaturgia de Duras. Son varios sus hallazgos, empezando con el diseño espacial y la disposición diagonal del muelle (en cuya concepción contó con la valiosa asesoría de Germán Castillo), que consigue a un tiempo favorecer los cortos y cerrados traslados de sus actores también en el aspecto visual se antoja que una cámara cinematográfica sería el hilo conductor ideal y transmitir cierta sensación de distanciamiento que la obra sugiere. Pero ante todo Herce obtiene un muy consistente rendimiento de Rodríguez y Morán, apostando por trabajar en ellos su compenetración, iluminando los muchos puntos oscuros que Duras deja en el dibujo externo de sus personajes. Si bien por momentos, y sobre todo en el caso de Morán, la repetición de algunos gestos se percibe artificial después del primer intento (la lágrima retenida pierde fuerza como símbolo debido a esto), el conjunto expresivo en lo corporal, facial y vocal refuerza muy bien ese aura de erotismo contenido, de emociones tácitas, de complicidades interiorizadas cuya explosión siempre queda en lo inminente. En buena medida es debido a su muy buena asimilación de la tensión que Duras propone, es que su puesta en escena sale a flote.

Por último, y esperando que se entienda que la amistad no afecta en absoluto los juicios del columnista, vale referirse a la tarea de Nieves Rodríguez. Desairada por todos los directores señeros de la república del teatro salvo por José Luis Ibáñez, Nieves ha dado otra muestra de polivalencia, compromiso en la creación de sus personajes y de dominio del lenguaje escénico. Gracias a ella, y también a lo sorpresivo de la labor de un actor generalmente más enfocado en lo formal como Morán, es que el montaje es disfrutable, pese a no poder contrarrestar la densidad retórica del texto que lo origina. Bien vale la pena esperar una pronta reposición, después de su temporada en La Capilla de Coyoacán y una gira por provincia.