FICHA TÉCNICA



Título obra Macbeth

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Jesusa Rodríguez y Luz Aurora Pimentel / adaptación

Dirección Jesusa Rodríguez

Elenco Arturo Ríos, Clarisa Malheiros, Diego Jáuregui, Ricardo Campos, Silvia Carusillo

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Juliana Faesler

Referencia Noé Morales, “Macbeth”, en La Jornada Semanal, 7 julio 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   7 de julio de 2002

Columna El mono de alambre

Macbeth

Noé Morales

Veinte años después de un primer acercamiento guiado por "la inconciencia y el placer", Jesusa Rodríguez revisita el texto de Shakespeare en una lectura que propone una analogía entre la turbia monarquía escocesa retratada en la tragedia del bardo y la oligarquía tecnócrata nacional que de un tiempo a la fecha no ha cejado en ofrecernos, con sorprendente espíritu de competencia interna, mil y un muestras de inoperancia e insensibilidad. Lejos de ahondar en dicha inutilidad burocrática, esta versión debida a la propia Jesusa y a Luz Aurora Pimentel señala con dedo llameante la corrupción, más moral que material, tan cara a la minoría neoliberal en el poder. Siempre coherente en su compromiso con las voces femeninas, la creadora formada en sus inicios bajo la tutela de Julio Castillo analiza el papel de las consortes de nuestra pléyade de prohombres nacionales. Lady Macbeth, en cuya figura convergen la ambición y la atrocidad, la hipocresía y el doble discurso, es el pivote ideal que permite a las traductoras y adaptadoras tanto una crítica sórdida hacia aquellas féminas muy distantes ya del estereotipo de abnegación inocua, como un estable punto de cohesión en el ámbito narrativo.

Respetada la esencia de la tragedia shakespeareana a niveles estructurales y temáticos, en la figura de Lady Macbeth se apuntala, si esto cabe, su innegable preponderancia como precursora y motor de la conciencia del malogrado noble escocés. Y es en parte por ello que la adaptación termina funcionando en términos generales: la conservación de todas maneras del conflicto central, el del conspirador y sus fantasmas internos, resulta de suyo tan poderoso que no obstaculiza este ángulo femenino ni su traslación al contexto moderno. Este equilibrio entre los dos planos principales del discurso habilita recursos que, en su gran mayoría y al contrario de lo sucedido en escenificaciones menos logradas (la reciente versión a La gaviota de Chéjov a cargo de Iona Weissberg, por ejemplo), no se sienten fuera de orden: pantallas de televisión, elementos de utilería y vestuario perfectamente contemporáneos, etcétera. La cohesión incluso permite, y aun cuando se aprecie en ellas cierta tendencia a la formación de imágenes plásticas de un lirismo forzado, alusiones místicas decididamente vernáculas, como los pasajes de hechicería mestiza y los ritos prehispánicos.

La puesta de Jesusa, que demuestra de nuevo su oficio como directora escénica fuera del cabaret, intenta conciliar los distintos planos de realidad en los que pretende moverse su discurso, valiéndose de una segmentación en ámbitos del escenario. La alcoba al centro, y más específicamente la cama (con los varios usos dados por los intérpretes) en la que transcurre buena parte de las escenas entre la pareja por siempre insomne deviene en metáfora de su propia disfuncionalidad, al tiempo que la directora relega a planos visuales más distantes los pasajes oníricos y menos realistas. Aprovechando al máximo la versátil escenografía de Carlos Trejo y el barroco diseño de iluminación de Juliana Faesler, Rodríguez ofrece un espectáculo mayormente fluido, con la excepción de algunas escenas que se alargan innecesariamente, afectadas en parte por deficiencias en la labor de actores secundarios (sobre todo en el caso de las sirvientas-brujas, licencia ésta que se constituye en estorbo por su nula aportación dramática) a veces incapaces para contrastar, sin caer en la ilustración obvia, a sus múltiples personajes.

Muy al contrario de lo que sucede con los dos protagónicos. Ayudados por una directora que, para reforzar su macabra complicidad, llega a prescindir del diálogo en beneficio de silencios mucho más significativos, el Macbeth del siempre sobresaliente Arturo Ríos y la Lady Macbeth de Clarisa Malheiros (ésta en menor medida) son un par de creaciones orgánicas de indiscutible solidez. Precisos ambos en el manejo de pausas, dueños absolutos del espacio escénico y con pasajes, los monólogos, de muy pulcra resolución, Ríos y Malheiros cumplen con creces las expectativas naturales previamente cifradas en dos actores en plena madurez. A esta tarea habría que sumar el desempeño de Diego Jáuregui como Banquo, Ricardo Campos como Duncan y Silvia Carusillo en sus tres interpretaciones, que ayudan a transmitir más efectivamente el discurso de una creadora escénica que al compromiso suma calidad. Algo que, a diferencia de los mecanismos y corruptelas que se denuncian en el montaje, no suele verse muy a menudo por estas, Mancebo dixit, muy calánimes tierras nuestras.