FICHA TÉCNICA



Título obra Cuando quiero llorar no lloro

Autoría Edgar Chías

Dirección Rodrigo Mendoza

Elenco Ángela Beatriz Luna, Laura Elizabeth Rebollo, Consuelo Julieta Casavantes, Guillermo Alberto Canacasco, Olga Olivia Barrera, Gildardo Luis Ramírez, Eduardo Arturo Rosales, Concepción Márquez

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Noé Morales, “Cuando quiero llorar no lloro”, en La Jornada Semanal, 23 junio 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   23 de junio de 2002

Columna El mono de alambre

Cuando quiero llorar no lloro

Noé Morales

Los grandes tópicos inherentes a la juventud mexicana de la actualidad han servido como pista de despegue para la breve pero ya sólida trayectoria de Edgar Chías. La despersonalización en una sociedad cada vez más alienada e intolerante, la incomunicación en el contexto urbano neoliberal, la incapacidad para establecer relaciones interpersonales con un mínimo de funcionalidad han sido, entre algunos otras, las motivaciones que este autor ha buscado retratar en ejercicios escénicos que perfilan una pluma que, pese a su juventud, ha dado pruebas evidentes de acercarse a ese indefinible que, quizás a falta de una definición más certera, ha venido a bautizarse como "oficio". La mirada oblicua, equidistante tanto de la inmediatez anecdótica como de cierto desapego resignado ("casi maduro", en palabras de Héctor Mendoza) desde la que Chías contempla universos personales tragicómicos, patéticos en su derrota ante un status quo que los orilla a la mediocridad, comunica el vacío existencial de una generación deprimida, desmotivada y, más aún, permanentemente incomprendida.

Si bien la mayoría de estos puntos de partida son los mismos para otros de sus contemporáneos, lo que diferencia a Chías es su alejamiento del tremendismo efectista con el que algunos de esos colegas pretenden maquillar carencias imaginativas notorias, denuncias que se agotan en su obstinación de discursos monótonos, con aires mal encausados de rebeldía y sordidez, que terminan por emparentarse con aquello de lo que intentan desmarcarse: el melodrama costumbrista, la farsa ruidosa pero endeble, el realismo anacrónico que en su intento de empatizar sólo consigue una caricatura que mata cualquier posibilidad de identificación en el espectador. Limitándose a presentar personajes cercanos sin enjuiciarlos, ejercitando una ironía corrosiva pero moderada, Chías ha logrado dar pasos graduales pero significativos en la búsqueda de un lenguaje personal definitivo.

Cuando quiero llorar no lloro confirma varios de los señalamientos expuestos líneas arriba. Mucho más convencional que el que tal vez sea su texto más logrado, Circo para bobos, la obra de reciente estreno en el Teatro Helénico no arriesga demasiado en su propuesta estilística y estructural, lo que se constituye a la vez en su mayor acierto, en tanto no asume pretensiones innecesarias, y en su limitación mas importante, por el freno que el propio Chías se impone en el manejo de convenciones espaciotemporales, más libre y por tanto más lúdico en Circo... Tomando muchas de las herramientas características de la comedia de enredos, el autor construye hábilmente, priorizando el equívoco situacional y comunicativo, una narración bastante más próxima en cuanto a premisa temática a su ópera prima, Último round. Porque en ambas es la crisis de pareja y la consecuente búsqueda del amor lo que detona las líneas argumentales más importantes y propicia las relaciones entre personajes. En este caso, un edificio cualquiera en la Ciudad de México es el escenario por donde deambulan una serie de personajes cercanos al arquetipo, verosímiles por la minuciosa construcción de su perfil. La atribulada chica que suple su carencia de lazos afectivos con una hiriente promiscuidad (Ángela-Beatriz Luna); un par de roommates cuya inexperiencia sexual alimenta su desesperada curiosidad (Laura Elizabeth Rebollo, Consuelo Julieta Casavantes); la pareja habituada al conflicto formada por un vividor semiprofesional y una bailarina de table dance que limita su independencia a la elección de su vestuario (Guillermo Alberto Canacasco, Olga Olivia Barrera); el provinciano desengañado por la doble cara de la gran ciudad (Gildardo Luis Ramírez); el homosexual coqueto volcado al exterior (Eduardo Arturo Rosales). Las interrelaciones surgidas de esta juvenil galería de solitarios tienen su contrapunto en la figura madura de la casera Aurora (Concepción Márquez), conformando un mosaico balanceado, trenzado diestramente en la estructura de Chías, que resuelve muy limpiamente el enredo al que subordina gran parte de su juego dramático.

Como sucedió en la ya referida Último round, a cargo de Germán Castillo, el ritmo que Chías requiere no encuentra eco en la dirección, ahora de Rodrigo Mendoza. Sin encontrar jamás el tempo que la puesta requiere, Mendoza apela a ilustrar sin ningún riesgo los parlamentos del dramaturgo, muchos de ellos logrados en su inventiva, otros no exentos de cierto afán dogmático (muy claro en la frase final). Con un uso de planos ortodoxo y poco propositivo, en el que la distinción de ámbitos se limita a un manejo simplista de la escenografía y la iluminación, el director refuerza la falta de intimidad de un espacio como el Helénico, lejos de ser el idóneo para una puesta que se antoja propia para un teatro de cámara. El trazo, también descuidado, acaba por debilitar uno de los puntos fuertes de la obra: la interacción natural de los personajes.

Pero es en gran medida por la dirección de los actores que el montaje no cuaja. Intermitente en lo orgánico de sus interpretaciones, deficiente por momentos en la proyección y manejo de la voz poco potente en el de Ramírez, muy plana en el caso de Canacasco, el elenco no consigue homogeneizarse ni resolver la diversidad de sus registros, presencias y alcances. Y si algunos logran llevar a buen término su labor, específicamente Luna y Márquez, no puede hablarse de un acierto del director sino de arranques individuales, solventados gracias a una mayor experiencia profesional.