FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Quién ha visto a mi pequeño niño?

Autoría Suzanne Von Lohuizen

Dirección Luis Martín Solís

Elenco Carlos Cobos, Arturo Reyes

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Noé Morales, “Quién ha vistio a mi pequeño niño”, en La Jornada Semanal, 9 junio 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   9 de junio de 2002

Columna El mono de alambre

Quién ha visto a mi pequeño niño

Noé Morales

Una muy lamentable mayoría de la oferta cultural infantil en nuestro país ha estado atávicamente hermanada por un común denominador aún más lamentable: la consideración de los chiquillos y las chiquillas como un extraño subgenéro humano cercano al de los idiotas. Este tradicional menosprecio del ejercicio neuronal infantil acaba por traducirse en un rotundo beneficio de las sospechosas opciones que los medios de enajenación mediática ponen a disposición de los niños mexicanos. Todo parte, claro está, de la inconsistencia que en materia de política educativa ha caracterizado a casi todos los gobiernos. Sólo dentro de este contexto puede explicarse que la actual generación de estudiantes de primaria, consagren sus mañanas dominicales a atender la oferta subliminal y descarada de todo tipo de juguetes efímeros con la que Chabelo festonea su monolítico show; o que la ya referida chaviza descanse de sus batallas cotidianas por descifrar el discurso de los libros de texto de la SEP siguiendo las aún más crípticas tramas de las series japonesas de animación en las que predomina, amén de una estética propia del delirius tremens, una evidente pobreza de contenidos. Si infancia es destino, como dice la sabiduría popular, quizás habría que comenzar, al menos, a preocuparse un poco.

Desde su trinchera, aunque incomparable en alcance a los citados medios de comunicación masiva, el teatro mexicano ha dado a lo largo de los años varias de las más dignas alternativas a esta negra realidad infantil. Inclusive, gente como Berta Hiriart, el Grupo 55 de Perla Szuchmacher y Larry Silbermann y La Trouppe, sólo por citar los ejemplos más renombrados, ha dedicado prácticamente la totalidad de sus esfuerzos a renovar el lenguaje del teatro para niños, otrora anquilosado en gran medida gracias a la subestimación ya mencionada al principio de esta columna. Luis Martín Solís, quien junto a Maribel Carrasco ha formado una interesante mancuerna director-dramaturga en el teatro infantil, bien puede ser considerado como piedra angular de esta renovación. Ahora escenifica un texto de la autora holandesa Suzanne Von Lohuizen, ¿Quién ha visto a mi pequeño niño?, con funciones los fines de semana en el Teatro Helénico.

La obra de Von Lohuizen, un éxito en varios países europeos, presenta la deliciosa particularidad de utilizar el absurdo como clave fundamental. A lo que hay que agregar un guiño más que evidente a Esperando a Godot. Porque si en el clásico de Samuel Beckett el resorte invisible que condiciona las acciones de Vladimiro y Estragón es la figura siempre inminente de Godot, aquí la pareja de padres Lunter y Kamiel (Carlos Cobos y Arturo Reyes) son sometidos al omnímodo escrutinio de un Niño que nunca llega, símbolo susceptible de múltiples interpretaciones. Si el Niño es un nonato, un producto de la sugestión de dos solitarios o cualquier otra cosa es algo que la autora acertadamente no aclara. En realidad el misterio que rodea a la figura del Niño es el detonante perfecto para que la dramaturga neerlandesa denuncie, inmisericorde pero sutilmente, la múltiple sucesión de contradicciones, chantajes, lagunas comunicacionales y demás calamidades propias de las relaciones conyugales, mismas que coadyuvan significativamente a entorpecer el diálogo entre padres e hijos. Cuestionando acremente la paternidad y la institución matrimonial sin caer en el didactismo burdo ni la moraleja, Von Lohuizen se da tiempo para una ácida crítica a otras taras culturales como el machismo y la discriminación a la mujer, pero nunca sin descuidar su objetivo principal. Pese a lo fragmentado del discurso y al manejo arbitrario de las convenciones espacio-temporales, la autora empatiza rápidamente con la audiencia infantil al valerse de su propia perspectiva para revisar el rol de los adultos dentro de su universo particular. No es fortuito luego que la mayor cantidad de elogios, risas y demás demostraciones de identificación provengan del público de pantalón corto; como tampoco lo es el hecho de que los padres que asisten al espectáculo acudan a mecanismos de defensa tan primitivos como el rechazo ante un señalamiento tan descarado de sus carencias como formadores.

Abordando el texto no desde el realismo sino desde la farsa, Luis Martín Solís consigue que lo enrarecido de la narración no se convierta en un obstáculo que dé al traste con la armonía en el diálogo con los niños suscitado por la autora. Limpio de trazo y consiguiendo de sus intérpretes un buen rendimiento corporal, el director logra que la puesta discurra con agilidad y sobre todo capta, para ya no soltarla, la siempre irregular atención infantil. Y si a esto se agrega la labor de un par de actores entrañables, si el montaje permite atestiguar otra interpretación admirable de Carlos Cobos y corroborar la madurez de Arturo Reyes, son muy pocos los pretextos para no dejarse afectar por esta apuesta simpática y valiente dentro de la cartelera mexicana.