FICHA TÉCNICA



Título obra 1822, el año que fuimos imperio

Autoría Flavio González Mello

Dirección Antonio Castro

Elenco Mario Iván Martínez, Héctor Ortega, Hernán Del Riego, Mario Zaragoza, Martín Altomaro, Humberto Solórzano, Sergio López, Alain Kerriou, Eugenio Lobo, Emilio Ebergenyi, Hernán del Riego, Juan Sahagún

Escenografía Mónica Raya

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Noé Morales, “1822, el año que fuimos imperio”, en La Jornada Semanal, 26 mayo 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   26 de mayo de 2002

Columna El mono de alambre

1822, el año que fuimos imperio

Noé Morales

En política, el asunto no es enfrentar a
un caudillo con otro.
Estaríamos siempre en el mismo juego de reducir
la historia a lo que nos sucede a cinco o seis personas.

Jorge Luis Borges

Curioso y hasta irónico resulta que la cita elegida como epígrafe para la entrega de hoy provenga de un personaje confesa e indudablemente apolítico como lo fue Borges, cuya cándida y muchas veces contradictoria postura ante el poder despertara más de un comentario lapidario. Pero más allá de particularidades, se le incluye no por reveladora sino por elocuente e irrevocable, como casi todo lo que el polígrafo argentino vertió en negro sobre blanco o a manera de testimonio a terceras personas. Y, por supuesto, por creer el columnista que guarda estrecha relación con los tópicos que habrán de abordarse en líneas sucesivas. Aunque lo que Borges señala como obviedad bordeante con la perogrullada quizás no lo sea tanto considerando el enorme abismo que separa a la teoría de la práctica en el ámbito político, sobre todo en países que, como el nuestro, parecen no cansarse jamás del desfile de ineptitudes que generan gobiernos diferenciados a veces en el discurso, pero hermanados atávicamente en incapacidad, chabacanería y torpeza.

Lo anterior podría ser una excelente justificación para la creación casi exclusiva de objetos artísticos tendientes a la lamentación de lo que parecería ser una desgracia irremediable o, siendo demasiado optimistas, de solución muy a largo plazo. Sin embargo, tal vez lo mejor sea conminar a la reflexión mediante una revisión punzante e inteligente (dos adjetivos perfectamente aplicables a gran parte de la obra borgeana, por lo demás) de algunos pasajes fundamentales de la Historia que, quién lo sabe, pudieran considerarse como el germen directo de lo que nos ha tocado vivir en la actualidad. Esta parece haber sido la ruta elegida por el dramaturgo y guionista mexicano Flavio González Mello, cuya pluma se inmiscuye mordazmente en las desventuras del México incipiente en 1822, el año que fuimos Imperio, obra estrenada hace semana y media en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario.

El texto, incluido dentro de la más reciente antología de teatro mexicano editada por El Milagro y Conaculta, aborda desde un ángulo humorístico las corruptelas y contubernios del mundillo político del México de la Independencia, centrándose preponderantemente en dos figuras capitales: Agustín de Iturbide (un delicioso Mario Iván Martínez) y su efímero reinado; y por el otro, la soslayada figura de fray Servando Teresa de Mier (Héctor Ortega), religioso a contracorriente de los designios de una oligarquía tan inexperta como inoperante. Presentando irreverentemente las pugnas entre los personajes trascendentales de la época, González Mello, como atinadamente señala Roger Bartra en el programa de mano, evade toda superficialidad en un brillante ensayo paródico sobre los mecanismos del poder de la clase política nacional, tan parecida en aquel entonces a la actual que parecería ocioso contradecir la teoría que dicta que la Historia, donde se le quiera localizar, es cíclica por naturaleza. La óptica siempre a contrapelo del protagonista Teresa de Mier funciona espléndidamente como el hilo conductor de una narración que, valiéndose sin duda de una exhaustiva investigación documental, revisa puntualmente el rol de ciertos próceres discutibles de nuestra patria, entre los que se incluye a Guadalupe Victoria (Hernán Del Riego), Vicente Guerrero (Mario Zaragoza) y al tan crepuscular Santa Anna (Martín Altomaro), entre otros.

Tras esa endeble escenificación que fue Las obras completas de William Shakespeare, Antonio Castro corrobora su afinidad con el humor elegante y malicioso, en una puesta que alcanza niveles de indiscutible calidad. Contando con la fastuosa pero funcional escenografía de Mónica Raya, Castro acepta sin tapujos el perfil indudablemente barroco que en lo visual demanda el texto de su escenificación, resolviendo limpiamente ámbitos, traslados y puentes entre escenas. Dosificando exactamente diversas herramientas humorísticas, Castro logra un tempo mayormente uniforme, principalmente en la primera mitad de la obra, en la que, no por casualidad, el ritmo de la escritura de González Mello es mucho más logrado en comparación con la segunda, donde la trayectoria tragicómica del personaje principal estaciona por momentos el flujo de la acción.

El director también consigue amalgamar notablemente la tarea de un elenco numeroso y ecléctico, que presenta un funcionamiento idóneo como bloque. Así, Castro aprovecha al máximo la versatilidad de sus actores, ya sea en el caso de las hilarantes caracterizaciones, que no caricaturas, a cargo de los comodines (Humberto Solórzano, Mario Zaragoza, Sergio López, Alain Kerriou y Eugenio Lobo), o en las interpretaciones más interiorizadas de quienes interpretan papeles principales (Ortega, Martínez, Altomaro, Emilio Ebergenyi Hernán del Riego y Juan Sahagún). Salvo por la notoria excepción de Martín Altomaro como Santa Anna, plano de intenciones vocales y por momentos monótono, y por algunos tropiezos de memorización de parlamentos que el loable esfuerzo de Héctor Ortega no alcanza a evitar, estos elementos en su conjunto desembocan en un montaje notable y festivo, ampliamente recomendable para todos aquellos a quienes reconfortaría saber que nuestros tatarabuelos tampoco la pasaban demasiado bien.