FICHA TÉCNICA



Título obra La gaviota

Autoría Antón Chéjov

Dirección Iona Weissberg

Elenco Álvaro Carcaño, José Sefami, Blanca Guerra, José Carlos Rodríguez, Miguel Ángel Ferriz, Mónica Dionne, Juan Carlos Vives. Óscar Uriel, Irene Azuela

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Noé Morales, “La gaviota”, en La Jornada Semanal, 12 mayo 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   12 de mayo de 2002

Columna El mono de alambre

La gaviota

Noé Morales

Mucho tiempo tomaría el dar con algún otro autor con tan poca y tan mala suerte en el ramo de las interpretaciones de su obra como Antón Pavlovich Chéjov. Merecedor de una gigantesca y delirante cadena de sambenitos post mortem, al dramaturgo y cuentista ruso se le atribuyen tantas cosas que no sería descabellado especular sobre el número de veces que, desde su muerte en un balneario hace ya casi cien años, el médico rural devenido cuentista y dramaturgo se ha revolcado en una tumba seguramente mucho más apacible que los universos personales que creó en vida.

La leyenda atribuye el inicio de esta monumental procesión de malentendidos a una de las asociaciones artísticas trascendentales en la historia del teatro en el siglo XX: la del tan denostado Chéjov con otro personaje también blanco de controversias: Konstantin Stanislavski. El propio autor de El jardín de los cerezos llegó a reconocer que la sordidez y gravedad tradicionalmente atribuidas desde entonces a sus obras trastocaron sus intenciones originales: más de una de ellas, supuestamente crepuscular, fue pensada como comedia que, si bien dotada de trasfondos sustanciosos que cancelaban toda posibilidad de ligereza, no implicaba necesariamente una lectura grave del tratamiento que daba a su galería de seres grises y frustrados, tan proclives a la mediocridad.

Por esta razón se entiende la intención de Iona Weissberg de combatir un poco este prejuicio tan difundido en su puesta en escena de La gaviota, de reciente estreno en el Teatro El Galeón. Ya desde el programa de mano, que recopila citas ad hoc tanto del autor como de estudiosos de su obra, la directora se encarga de anunciar su propósito de centrar una buena parte de su esfuerzo en el apuntalamiento de un matiz tan soslayado en el caso del dramaturgo ruso: la ironía y el sarcasmo (quizá más claros en su obra narrativa que en la dramática) con que retrató para siempre los componentes esenciales del momento histórico en el que se desenvolvió. La convulsionada, paradójica y contrastante Rusia de entre siglos, a caballo entre la modernidad y la tradición atávica, entre las ideas que refrescaban a Europa y la inmutable herencia centroasiática, funciona como el contexto idóneo y natural puesto al servicio de su teatro de medio tono, el teatro de la contención de emociones, el teatro de lo implícito, lo simbólico y la extra escena como alternativas a lo diáfano, a lo previamente digerido, a lo hecho explícito hasta la saciedad.

Por todo esto, no resulta difícil localizar esa faceta corrosivamente humorística en La gaviota. Por un lado, la lastimosa obstinación de Kostia, escribano sin talento, no por sobresalir en el ámbito de la literatura, sino por tomarse tan en serio ese proyecto; la incapacidad de Nina para reconocer en sí misma otra incapacidad: la de actuar; los excesos megalomaníacos de Irina, la actriz cuyo declive interno desmiente la turgencia de su exterior. Seres asidos a la negación de un fracaso tan inminente como brutal.

Tal vez sea la naturaleza interna de los conflictos ubicables tanto en la trama como en las múltiples subtramas de la obra lo que impida que la idea de Weissberg llegue al mejor de los puertos posibles. El medio tono con el que Chéjov barniza el ritmo de su dramaturgia, la enorme carga discursiva con la que han de lidiar los parlamentos de los personajes, lo largo y descriptivo de los diálogos, entre otros componentes, condicionan a priori el tempo de la escenificación, que se contrapone terminantemente al que suele caracterizar a la comedia. Sin hacer una adaptación libre o paráfrasis del texto dramático, Weissberg apuesta por soluciones quizás igualmente arriesgadas: concede libertades de interpretación, casi todas tonales, a los componentes de su elenco.

El problema principal, entendiendo esta licencia, pasa por un asunto de cohesión. Mientras ciertos personajes no dudan en pisar terrenos abiertamente cómicos (Álvaro Carcaño como el viejo Piotr, José Sefami como el explosivo Ilya), otros, pese a que se entienden de problemática y características distintas, lo hacen con mucho más reservas (Blanca Guerra como Irina Nikolayevna, José Carlos Rodríguez interpretando a Dorn), dejando ver una desigualdad muy pronunciada que afecta ostensiblemente el flujo de la acción. No resulta posible entrar en la convención del humor (la escena de los apartes en el diálogo supuestamente amoroso entre Irina y Trigorin Miguel Ángel Ferriz resulta en este caso ilustrativa), no logra establecerse de manera efectiva la complicidad entre público y actores en el sentido lúdico con el que el grupo pretende acercarse al texto chejoviano; más pareciera por momentos un estorbo antes que un pretexto para tales fines. El resultado: una escenificación que se percibe lenta, con pasajes francamente tediosos que aniquilan casi por completo cualquier intento humorístico.

La falta de uniformidad en el desempeño de un elenco numeroso acaba por constituirse como una carencia demasiado significativa. La frescura y el oficio que una vez más demuestran gente como José Carlos Rodríguez, Mónica Dionne, José Sefami, Juan Carlos Vives o Álvaro Carcaño no bastan para contrarrestar los efectos de interpretaciones abiertamente chatas como las de Blanca Guerra y Miguel Ángel Ferriz. Lo lamentable en este apartado viene a ser el pobre trabajo de Óscar Uriel como un Kostia, que le queda muy grande (a lo que habría que sumársele una proyección de voz tan deficiente que ocasiona que se pierda un cincuenta por ciento de sus parlamentos) y el de Irene Azuela como Nina. Carencias que obstaculizan la concreción de un montaje que ofrece lagunas entre lo proyectado en los conceptos y lo conseguido en las tablas.