FICHA TÉCNICA



Título obra Sólo un hombre

Notas de autoría Bertolt Brecht / autor de Un hombre es un hombre; Carlos Corona / paráfrasis

Dirección Carlos Corona

Elenco Silverio Palacios, Alejandro Calva, Juan Carlos Vives, Carmen Mastache

Grupos y compañías Grupo Bochinche

Espacios teatrales Salón México

Eventos Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México

Referencia Noé Morales, “Festival del Centro Histórico”, en La Jornada Semanal, 28 abril 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   28 de abril de 2002

Columna El mono de alambre

Festival del Centro Histórico

Noé Morales

Y sí, Peter Brook estuvo en México. Al menos estuvo parte de su compañía estable, presentando su adaptación de El traje, obra del malogrado novelista sudafricano Can Themba, víctima, como muchos más, de la absurda política del apartheid. Un suceso cuyas fechas de presentación, 9, 10 y 11 de abril en el Teatro Jiménez Rueda, estaban señaladas en rojo y con mayúsculas en las agendas de los incontables seguidores del insigne autor de El espacio vacío.

Por desgracia, no todos pudieron asistir a alguna de las funciones ya referidas. Lo cual es comprensible tomando en cuenta el poder de convocatoria que el creador británico mantiene entre la comunidad de hacedores teatrales y entre el público en general.

Donde los eventos toman un matiz exasperante es a partir de que en la primera función del viernes 11, la penúltima del ciclo, más de una persona se quedó afuera con boleto pagado en mano. O, como el caso de quien esto escribe, pese a tener cortesías de prensa confirmadas dos días antes. Al caos fomentado por la increíble desatención del comité organizador (cuesta creer que en un evento de tal magnitud no se hubiera asomado algún encargado de atención a los medios), se sumó otra sorpresa más: una inusitada dotación de brusquedades cortesía del H.H. Cuerpo de Vigilancia del recinto del IMSS cuyos miembros, con un refinamiento y elegancia inversamente proporcionales al volumen de sus abdómenes, se encargaron de cerrarnos la puerta del teatro en las narices, cuando consideraron que los reclamos de los espectadores habían colmado sus muy franciscanos niveles de paciencia. Y por si esto fuera poco, habrá que decir que para la segunda función del día el proceso se repitió con precisión matemática, con muy pequeñas variaciones: en esa ocasión su proverbial estoicismo se agotó unos quince minutos antes de que se diera la primera llamada, momento en el que, no conformes con cerrar las puertas, decidieron también bajar las cortinas de acero. En resumen, alrededor de quince personas se quedaron sin ver la función, combatiendo el viento frío sobre Avenida de la República y soportando una muy ilustrativa explicación de quien parecía ser el jefe de los prohombres del cuerpo de vigilancia: "Eso les pasa por hacerme encabronar." Así que el único traje que pudimos ver fue el que lucía quien sólo se identificó como Luis. Luego hay quienes se quejan de que el público cautivo de teatro es muy reducido, de que habría que idear nuevas formas de acercar al ciudadano promedio a nuestros foros.

Pero por fortuna no se trató del único espectáculo a comentar. El Festival sirvió también como marco de estreno para una nueva puesta en escena del Grupo Bochinche, con Carlos Corona a la cabeza. Se trata de su paráfrasis de Un hombre es un hombre de Bertolt Brecht, que con el título de Sólo un hombre pudo presenciarse en el Salón México.

Venir a descubrir ahora la importancia que las teorías de Brecht tienen en el teatro contemporáneo sería por lo menos iluso. Es en el Pequeño organón donde el dramaturgo alemán exiliado en California durante la segunda guerra mundial enuncia formalmente lo que se constituiría a la postre como su legado capital: la teoría del distanciamiento, según la cual el espectador debe involucrarse activamente con el fenómeno teatral mediante vínculos más próximos a lo racional que a lo emocional. El autor de La ópera de los tres centavos, de confesa y muy evidente filiación marxista, consideraba que la reflexión en el público podía suscitarse si, y sólo si, se le mantenía emocionalmente alejado de los sucesos en escena. De esta manera habilitó recursos que imposibilitaban la identificación entre espectadores y personajes, tales como los rompimientos, los apartes, los memorables números musicales de Weill y otros que de paso se convirtieron en sus recursos narrativos más característicos.

Lo que sin duda se antoja un tanto obsoleto es ese candoroso afán didáctico con el que Brecht aderezaba sus virulentos ataques contra el capitalismo, dejando ver más de una vez cierta tendencia maniquea en el manejo de las figuras dramáticas, casi todas arquetípicas, localizables en su producción. Pese a esto, el valor de su dramaturgia radica en lo que representa su virulenta oposición a toda forma de totalitarismo y de avasallamiento de las libertades esenciales del ser humano, sobre todo dentro del contexto histórico en el que surgieron sus obras trascendentales: Galileo Galilei, Madre Coraje y El círculo de tiza del Cáucaso, escritas todas durante su etapa más madura: el exilio californiano.

Este indiscutible rechazo de Brecht a los cánones del realismo más tradicional y su uso de los recursos estilísticos del cabaret alemán, hacían suponer que el Grupo Bochinche pisaba terreno fértil, sobre todo considerando sus exitosos antecedentes dentro de la comedia, la farsa y la improvisación.

Lamentablemente no puede decirse lo mismo tras el oscuro final. Corona pretende, según el programa de mano, sustraerse a la carga política del texto para centrarse en el dilema existencial del protagonista Juan (Silverio Palacios), un humilde pescador orillado a cambiar de identidad ante la invasión de su pueblo a manos de un poderoso ejército imperialista. Pero el mismo director imposibilita dicha reflexión (aun cuando fuere por medio de la risa) al persistir en un humor kitsch que ya da visos de cansancio, al pretender manejar siempre la farsa sin reparar en el humor intrínseco de cada texto. Se sigue disfrutando del indiscutible talento de Corona en el manejo del espacio y en la espontaneidad de ciertos gags que sus actores aún alcanzan a proveer (sobre todo Alejandro Calva, Juan Carlos Vives y Carmen Mastache). Pero ya se echa de menos al director que hizo de la provocación inteligente, de la irreverencia ante lo anacrónico, un sello distintivo que lo diferenció de todos aquellos quienes todavía confunden clásico con intocable.