FICHA TÉCNICA



Título obra Ivonne, princesa de Borgoña

Autoría Witold Gombrowicz

Dirección Sylvia Ortega

Elenco Mauricio Isaac, Carolina Valsagna, Erando González, Talía Marcela, Manuel Sevilla

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Noé Morales, “Ivonne, princesa de Borgoña”, en La Jornada Semanal, 17 marzo 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   17 de marzo de 2002

Columna El mono de alambre

Ivonne, princesa de Borgoña

Noé Morales

Lo que nos haría falta sería una capacidad más universal para descubrir la belleza en todo, hasta en los objetos de pésimo gusto
Witold Gombrowicz

Tal vez sea la distancia geográfica e idiomática que nos separa lo que ocasione que se acostumbre dedicar a la cultura polaca una mirada permeada por la extrañeza. Aunque ello no obsta para valorar correctamente los frutos de uno de las territorios más fértiles en cuanto a producción artística se refiere. Sergio Pitol se ha encargado de proveer para el circuito literario de habla hispana varias de las mejores traducciones de textos capitales de la literatura contemporánea de ese país, cuya fascinante complejidad define estremecedoramente el propio autor de El arte de la fuga: "Siempre está la nación de por medio, siempre son parte del cuerpo de Cristo, del cual es parte la nación polaca."

En su introducción a la compilación Teatro polaco contemporáneo, editado por El Milagro y CONACULTA, Ludwig Margules pondera la importancia que el teatro ha tenido para el pueblo polaco desde tiempos más que remotos. En medio de los conflictos fratricidas, del avasallamiento moral y militar por parte de rusos, suecos y prusianos, de la hecatombe nazi, el fenómeno escénico se ha constituido uno de los pocos escaparates para vociferar una nacionalidad muchas veces sojuzgada, acallada y reprimida. Es en gran medida por todo ello (porque ha de sumarse una sensibilidad y capacidad expresiva poco comunes) que la tradición teatral polaca encuentra la solidez y riqueza que apuntalan los trabajos de teóricos como Kantor o Grotowski (quien alguna vez haya tomado un curso de actuación recordará este último nombre), y las obras de autores como Maciag y Glowacki, entre muchos otros.

Entre estos "muchos otros" caben, como en todos lados, aquellos que el stablishment decide relegar por motivos de justificación diversa y origen unívoco: la torpeza. La aún más convulsionada Polonia de la posguerra no fue la excepción a esta regla en el caso específico de Witold Gombrowicz, uno de los más brillantes y menos revisados escritores del siglo XX.

Una breve travesía por sus Diarios bastaría para deducir que el autor de Trasatlántico es dueño de una biografía tanto apasionante cuanto enrarecida. Exiliado casi por accidente en Buenos Aires durante treinta y cuatro años, excluido de las camarillas literarias de cualquier lugar del mundo, desconocido universal salvo para los opositores al gobierno polaco y los pocos fieles que lo secundaron en la peña de un cafetín de Dock Sud, Gombrowicz profetizó el absurdo años antes de Esperando a Godot, creó una narrativa poderosa por su humor corrosivo, se despidió de sus discípulos sudamericanos al legendario grito de "¡Maten a Borges!" y se dio tiempo para incursionar fugazmente en la dramaturgia. Su obra más emblemática, Ivonne, princesa de Borgoña, incluida dentro de la citada recopilación efectuada por Margules, acaba de estrenarse bajo la dirección de Sylvia Ortega en el Teatro Helénico.

Recogiendo la estafeta de Jarry, Gombrowicz presenta una farsa de humor negrísimo y cruel, una inclemente sátira de las clases gobernantes y de los mecanismos (desde las apretadas reglas del protocolo hasta lo arbitrario e hipócrita del sistema de sucesión) de quienes detentan el poder. El ocioso y narcisista príncipe Felipe (Mauricio Isaac), hastiado por el lujo y lo adormilante de su rutina palaciega, decide emprender la búsqueda de algo que contrarreste su tedio. El azar lo sitúa frente a Ivonne (Carolina Valsagna), una chica que a su condición pedestre suma una característica desesperante: no emite palabra alguna. En un arrebato, el príncipe decide comprometerse en matrimonio con la inefable plebeya, capricho que despierta la consternación de sus padres y de la nobleza entera. Más cercano al absurdo situacional (a la manera de Beckett) que al absurdo comunicativo o del lenguaje (la línea de Ionesco), Gombrowicz trenza tres actos de exquisito y despiadado sarcasmo, en el que la figura de Ivonne, amén de ser blanco de cualquier cantidad de vejaciones y atropellos, se convierte en el espejo y detonante que desenmascara la retorcida personalidad de quienes se esconden tras una fachada de bonhomía y generosidad.

La lectura que efectúa la directora Sylvia Ortega deja lugar a dudas, siendo la principal su abordamiento de la figura del protagonista. Manejando a Felipe como quien vive una epopeya de identidad existencial, Ortega pasa por alto que la fuerza de la sátira de Gombrowicz radica en gran parte en el perfil irritantemente superficial del personaje. Sin sugerir que se trate de una personalidad plana y carente de matices o motivaciones, resulta evidente que el príncipe se mueve impulsado por el capricho, que conoce de antemano lo estéril de su supuesta rebelión, que si ha decidido comprometerse con el adefesio en cuestión es por un asunto de frivolidad. Ciertos pasajes resultan ilustrativos: el príncipe decide cambiar su vida a raíz de lo que lee en el horóscopo de un diario, aporta frases como: "No cabe duda que uno nunca conoce su verdadera superioridad hasta que conoce a alguien muy inferior"; es tan voluble como el que más. Al presentarlo tan hondamente conflictuado y, por momentos, muy cercano a un tono melodramático, la parodia que el autor pretendía se disuelve y se queda en un muy rudimentario bosquejo de lo que originalmente fue. Es por estas mismas razones que tampoco se entiende del todo el uso del pordiosero no como hombre negro, sino como una significación de la conciencia de los afectados por la irrupción de Ivonne en la realeza. Lo anterior, sumado a un rendimiento disparejo por parte del elenco (con trabajos logrados como los de Erando González y Talía Marcela como los reyes y de Valsagna como Ivonne; y otros más que discretos como los del propio Isaac y de Manuel Sevilla como Cirilo), refuerzan la idea de que hace falta explorar muchas vertientes de un texto que se percibe vigente en estos tiempos de cambio sin cambio.