FICHA TÉCNICA



Título obra Agua blanca

Autoría John Jesurun

Dirección Martín Acosta

Elenco Guillermina Campuzano, Ari Brickman, Mónica Dionne, Fabián Corres, Érika de la Llave, Arturo Reyes

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Noé Morales, “Agua blanca”, en La Jornada Semanal, 3 marzo 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   3 de marzo de 2002

Columna El mono de alambre

Agua blanca

Noé Morales

Del dramaturgo estadunidense John Jesurun ya conocíamos un par de textos gracias al esfuerzo de la compañía Teatro de Arena por ofrecer opciones novedosas dentro de nuestra perspectiva teatral. Tanto Fausto como Filoctetes, pese a tratarse de paráfrasis al contexto moderno de mitos universales, presentaban un común denominador que las proveía de un perfil ciertamente inasequible: la abrumadora preeminencia de la imagen (valiosas en sí mismas cada una y no necesariamente entrelazadas) sobre la trama, lo que derivó en un par de puestas en escena muy logradas en lo plástico pero crípticas en su estructura narrativa. Amén de gustos, puede decirse que la asociación entre Jesurun y el director Martín Acosta resulta lógica y natural en tanto complementaria: para nadie es un secreto la preocupación de Acosta por la pulcritud formal, lo que se evidencia en su marcada tendencia a la formación de cuadros plásticos en sus escenas, en lo cuidado de su trazo y en el aprovechamiento de escenografías y utilerías austeras en su concepción pero ambiciosas por el dúctil aprovechamiento del que son objeto.

Todos estos patrones, tanto de autor como de director, se repiten en el más reciente montaje que de Jesurun realiza Acosta en La Gruta del Centro Cultural Helénico, Agua blanca. Todos salvo uno: en esta ocasión la dicotomía entre imagen y texto no se presenta con matices excluyentes sino con pretensiones plenamente conciliadoras, lo que sitúa a esta obra en un nivel distinto a las dos ya referidas.

Jesurun, ya se ha remarcado, tiene un peculiar gusto por los juegos de ambigüedades y por delegar, quizás más de la cuenta, la responsabilidad de lectura a la libre interpretación del espectador. Lo que establece una diferencia entre éste y otros lances previos pasa por dos aspectos fundamentales: por un lado es evidente que la anécdota, acaso por no estar basada en otras de naturaleza tan universal como las de los mitos, está fraguada de una manera mucho más sólida por el autor, gracias a lo cual es capaz de proveernos mejor de puntos de referencia al momento de aventurar una lectura; y por el otro, esa solemnidad tan forzada que por momentos se percibía en los trabajos ya citados deja paso a un sano ejercicio del humor y la ironía.

Pese a la distancia que lo separa de Fausto y Filoctetes, Jesurun persiste, desde otro ángulo, en el tratamiento de temas como la ética y la moral en el hombre contemporáneo. En torno a Mack, solitario adolescente huérfano de un pueblo norteamericano promedio, gira la posibilidad de la aparición de alguna indescifrable forma de divinidad, lo que, aunado a las milagrosas curaciones que provoca el agua del manantial donde se materializa, catapultan al púber a una categoría de santón o niño milagroso, con las consabidas consecuencias que ello conlleva: la cruel y paulatina despersonalización del protagonista, la intromisión de los buitres mediáticos, la manipulación de los hechos, en su propio favor o en contra de otros, por parte de las distintas iglesias de la comunidad, etcétera. Jesurun revisa el espectro de reacciones de una colectividad ante un hecho que rebasa el orden establecido para enfatizar un par de peligrosas constantes de nuestros tiempos: el egoísmo (patente hasta en la personalidad del desorientado y desbordado Mack) y la incomunicación.

Pese a todo, Jesurun se empecina en el empleo de la incertidumbre y las imprecisiones dramáticas (vuelta a la tesis de la cardinalidad de Ricardo Ramírez Carnero) en el estilo y estructura de su obra. Las escenas, aunque ahora más claramente relacionadas entre sí, son asimismo independientes, a lo que se suman ciertos juegos dialogales (repeticiones ad perpetuam de parlamentos que acaban por conformar unidades dramáticas, equívocos comunicativos muy en la línea de Pinter) que refuerzan las confusiones. El último tercio de la obra, por otra parte, se enfoca en las consecuencias que el culebrón del niño milagroso trae a los distintos personajes de la obra: un sacerdote que de ignorado pasa al delirio mesiánico; un par de productores de un talk show televisivo obstinados en hacer del chico su siguiente éxito comercial; una adusta psicóloga y un rígido abogado. Es en este punto donde la dramaturgia de Jesurun da un vuelco y se vuelve mucho más lírica en sus parlamentos y más simbólica en su propuestas (el agua blanca del título, particularmente), lo que convierte a su obra en un texto complejo y de difícil consecución escénica.

Martín Acosta, quien ya había presentado un montaje previo de este texto con estudiantes de la UAEM, apuesta ahora por un elenco maduro y probado. Su oferta estética cumple con los parámetros de su trayectoria: trazo meticuloso, ambientación sobria (en esta ocasión con base en el negro y el gris), empleo de metáforas visuales muy logradas (vuelta a la arena, a la que ahora acompaña el uso del agua), recursos escénicos cercanos al vacío. La sorpresa proviene del rubro en donde se centraban las críticas anteriormente, acaso con la excepción de Carta al artista adolescente: la dirección de actores. Logrando que sus intérpretes aborden con desenfado personajes complejos y de dibujo preciso, Acosta consigue un rendimiento general sobresaliente, sobre todo en los casos específicos de Guillermina Campuzano (en verdad notable) y Ari Brickman como el paranoico sacerdote. Este par de esfuerzos, sumados a los de Mónica Dionne, Fabián Corres, Érika de la Llave y Arturo Reyes (quizás uno de los trabajos más planos de su carrera), desembocan en una puesta que, pese a lo complejo de su origen, resulta disfrutable por la alta capacidad individual de quienes toman parte en ella.