FICHA TÉCNICA



Título obra Juegos profanos

Autoría Carlos Olmos

Dirección Sergio Cataño

Elenco Kate del Castillo, Julio Bracho

Espacios teatrales Teatro Helénico

Productores Luis García

Referencia Noé Morales, “Juegos profanos”, en La Jornada Semanal, 17 febrero 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   17 de febrero de 2002

Columna El mono de alambre

Juegos profanos

Noé Morales

A Ester, Fernando y al Ángel de Vitoria,
por las añoranzas del futuro

Ese solvente director teatral que es Ricardo Ramírez Carnero se ha tomado la molestia de dirigir dos profusas y aleccionadoras cartas al buzón electrónico que usualmente se pone a disposición de los lectores al final de cada colaboración en este espacio quincenal. El hecho, más allá de halagador, es significativo por las impresiones que sobre el fenómeno escénico vierte el maestro Ramírez Carnero a propósito de su montaje de El lector por horas, de Sanchís Sinisterra, aquí abordado de manera tangencial (e injusta, por lo demás) en un número anterior, víctima de la obnubilación biliar del columnista ante los lances del Secretario de Hacienda en funciones. Por considerarlo de sumo interés, se retoma uno de los conceptos al que el ya citado creador escénico hace referencia en esos invaluables textos.

Ramírez Carnero llama "puntos cardinales" a todos aquellos resquicios que el autor dramático, consciente o deliberadamente o no, deja sin ocupar en el corpus de su escritura. En otras palabras: ese conjunto de ambigüedades que el espectador (y antes el director de escena y demás filtros interpretativos) debe descifrar libremente en comparación con otros signos explicitados con mucha más claridad, constituyéndose estos últimos al mismo tiempo como el punto de referencia que permite hipótesis mucho más certeras acerca de aquél. En el caso del El lector..., Sanchís se vale de una estilización casi matemática para velar ciertos datos esenciales de su desarrollo de trama que, aunados a una estructura caprichosa en cronología y ritmo, dotan a su obra de esa multiplicidad de niveles de lectura tan característica en él. Y de pocos otros escritores, cabe resaltar.

Finalmente, y amén de ser una cuestión de maestría y dominio de su oficio, el que un dramaturgo enriquezca así sus propuestas escénicas pasa por un asunto de estilo. El autor chiapaneco Carlos Olmos, por su parte, aventura una sórdida crítica a los sistemas de poder tan tradicionales en el México de siempre desde otra trinchera estilística, la farsa de humor negro, en su Tríptico de juegos, que a más de medio siglo de haber visto nacer su primer cimiento no pierde un ápice de vigencia. Quizás por esto mismo es que un copioso y ecléctico grupo de productores privados (en el que cabe hasta un ex centro delantero señero: Luis García) se da a la tarea de reponer en el Teatro Helénico, a diecisiete años de distancia, Juegos profanos.

El texto de Olmos, como los dos previos que completan la trilogía, pretende una sórdida e irónica mirada a temas aún hoy considerados tabúes por la mayoría: parricidio, incesto, necrofilia. Con la constante de la problemática de pareja como tema central, las tres obras se permiten de paso una corrosiva revisión de ciertas instituciones como el matrimonio y la familia, muy a la manera del primer Hugo Argüelles.

En donde cabe traer de nuevo a cuento la tesis de la cardinalidad es a propósito del montaje de Sergio Cataño de la obra de Olmos. Si bien el texto es mucho más estrecho en cuanto a libertades de interpretación, su utilización de ciertos juegos de planos de realidad y de teatro dentro del teatro lo enriquecen de manera ostensible, dotándolo de la posibilidad de variaciones tonales que lo vuelven lo suficientemente complejo para trascender la condición de mero ejercicio de género puro.

Y es que la plataforma anecdótica se pone al servicio de esta multidimensionalidad: dos hermanos en oscuro amasiato, Alma y Saúl (Kate del Castillo y Julio Bracho) participan de un macabro juego de vulneraciones mutuas, azuzados por la enorme carga de una infancia tormentosa de altos vuelos freudianos: complejos edípicos, incesto filial y otros ingredientes de una ensalada explosiva que deriva en parricidio. Siendo esta línea narrativa perfectamente clara para el espectador, el interés principal radica en esa representación de lo pasado como explicación de un presente profundamente amoral, en el que no existe el menor esbozo de sensibilidad. El discurso de Olmos, aunque denso, recurre a la farsa estridente como herramienta discursiva.

Sergio Cataño no parece haber localizado esta dualidad entre farsa y solemnidad y presenta una puesta de carencias notables. Incapaz para ubicar el tempo preciso que el texto requiere, Cataño diseña traslados actorales demasiado largos e innecesarios que, aunados a un diseño de escenografía e iluminación notables pero opuestos por su amplitud a la sensación de encierro que el autor solicita, terminan por propiciar un indeseable distanciamiento con respecto al espectador. Además, la imposibilidad de tensar una línea interpretativa sólida y de matizar debidamente las múltiples transiciones de sus dos actores propician que el efecto buscado por Olmos se presente de manera invertida: el público se ríe cuando ha de conmoverse y viceversa.

El rendimiento del elenco motiva a recordar la diferencia entre los lenguajes expresivos del actor con relación al medio de expresión en el que se mueve. Kate del Castillo convierte a su Alma en una caricatura del personaje que Olmos diseñó, al presentarla con un excesivo barniz infantil. Su inocultable tendencia a la ilustración, la nula organicidad de sus transiciones y la monotonía vocal en sus parlamentos son los característicos de quien acostumbra trabajar bajo las circunstancias propias de la realización televisiva. Julio Bracho confunde intensidad con sobreactuación y, pese a un esfuerzo mal canalizado, naufraga junto con el resto de los integrantes de un proyecto que requiere sin duda replantear ciertos puntos de partida.