FICHA TÉCNICA



Título obra El camino de los pasos peligrosos

Autoría Michel Marc Bouchard

Dirección Boris Schoemann

Elenco Constantino Morán, Raúl Méndez, José Juan Meraz

Escenografía Yuriria Almanza

Grupos y compañías Los Endebles

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Noé Morales, “El camino de los pasos peligrosos”, en La Jornada Semanal, 3 febrero 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   3 de febrero de 2002

Columna El mono de alambre

El camino de los pasos peligrosos

Noé Morales

A Soledad, que la pasa brava en la tierra de los siete locos

Si bien es cierto que las últimas noticias en materia cultural no son ni por asomo halagüeñas, resulta motivante encontrar proyectos que escapan a la afición gubernamental por menospreciar todo aquello que tenga el más mínimo aroma a creación artística. Uno de ellos es el número uno de Paso de Gato, revista mexicana de teatro que Chabaud, Cazés y compañía se empeñan en hacer circular, pese a las limitaciones financieras y al tradicional ninguneo (en los hechos, que es donde importa) que la comunidad teatral suele dedicar a cuanta publicación especializada aparece en el mercado. Ojalá que la lucha de egos ceda ante la necesidad de apoyo a una publicación que se antoja necesaria y benéfica para todo el gremio en general.

Otra buena nueva en el ámbito teatral proviene del director francés avecindado en México, Boris Schoemann, cuya compañía teatral Los Endebles iniciará su primera temporada formal como administradora del Teatro La Capilla, el espacio fundado por Salvador Novo en la zona de Coyoacán. La intención de Schoemann es presentar al público mexicano textos extranjeros (franceses, canadienses de autores anglófonos y quebequenses) y nacionales de autores desconocidos o de trayectoria naciente. Una política que se antoja igualmente saludable, principalmente por la falta de variedad dramatúrgica que por desgracia impera en los escenarios nacionales. Como parte de este primer ciclo bajo su custodia, la referida compañía repone El camino de los pasos peligrosos, del dramaturgo canadiense en lengua francesa Michel Marc Bouchard.

De este autor ya se conocía su texto Los endebles, del que Schoemann y su agrupación toman el nombre de batalla. Y si bien las diferencias entre una y otra obra son evidentes, hay ciertos patrones que se pueden ubicar como característicos del autor: una tendencia a jugar con distintos planos de realidad, atribulados presentes producto de pasados retorcidos y un franco abordamiento del tema de la homosexualidad. En el caso particular de El camino, el manejo distorsionado de los tiempos y la deliberada intención de matizar los sucesos con cierto toque onírico y fantástico se presentan desde la propia anécdota. Tres hermanos en plena transición de la juventud a la edad adulta se reúnen en su pueblo natal ante el casamiento de uno de ellos (Ambrosio, Constantino Morán). Un accidente carretero en un paraje asiduamente visitado durante la infancia desencadenará los fantasmas del pasado, amén de que facilitará los reproches propios de personajes de caracteres harto contrastantes que, además, no se han visto en un largo tiempo. Así, Ambrosio se mostrará como el típico empleado mediano de cualquier gran urbe, con momentos de histeria y banalidad; Carlos (Raúl Méndez) es un gay sensible, atraído por el arte y con el estigma moderado de oveja negra; y Víctor (José Juan Meraz) es el pueblerino pedestre pero candoroso, sin más ambiciones que mejorar sus récords personales en levantamiento de leños y tarros de cerveza. La intención adrede de presentarlos dentro de una realidad onírica se percibe por una razón bastante simple: es perfectamente entendible que, como consecuencia del accidente, están muertos, pese a cierto afán del dramaturgo por no develar por completo el dato en primera instancia. Con este contexto, el interés de la trama se centra en la figura del padre muerto, especialmente en el oscuro pasaje de su muerte. Y, por supuesto, en sus repercusiones en la vida presente de los tres hermanos.

Schoemann entiende perfectamente que no hay mayor caso en disimular el hecho mortuorio, aunque lo significa con elegancia en el diseño espacial, ayudado por la escenografía de Yuriria Almanza. La predominancia de tonos fríos y la elevación mediante una tarima del único ámbito en donde se desarrolla la obra transmiten el distanciamiento con respecto al público, requerido por el dramaturgo. Y, pese a que lo ceñido del espacio no permite una total libertad de movimientos, su trazo es limpio y perfectamente acorde con su propuesta visual global.

El problema principal pasa por la dirección de actores, en este caso jóvenes con mayor o menor experiencia previa. Por un lado, se aprecia una propensión desafortunada (casi toda gestual) a ilustrar parlamentos, que pese a un logrado lirismo, son en una abrumadora mayoría descriptivos, dado que el discurso de los personajes está inundado de recuerdos y anécdotas. Además, pareciera que la irregularidad del relato afecta su progresión interna, volviéndola anómala, y en ciertos momentos, sensiblemente inverosímil. Esto se hace patente en la última parte de la obra, en donde los actores caen en el melodrama burdo (y en el caso específico de Morán, en la sobreactuación), deficiencia en la cual colabora Bouchard desde el origen. Siendo el momento climático la develación de un misterio de consecuencias devastadoras, la narrración se extiende inexplicablemente, con lo que la vuelta de tuerca pierde efecto y convierte el tramo final en un conjunto de redundancias perfectamente prescindible.

Independientemente de apreciaciones o puntos de vista acerca de este u otro montaje en particular, se espera que el espacio de La Capilla se consolide y logre recuperar la principal particularidad propuesta por su fundador: ser un trampolín para creadores jóvenes.