FICHA TÉCNICA



Título obra El lector por horas

Autoría José Sanchís Sinisterra

Dirección Ricardo Ramírez Carnero

Elenco Emma Dib

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Noé Morales, “El lector por horas (y carta semiabierta)”, en La Jornada Semanal, 20 enero 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   20 de enero de 2002

Columna El mono de alambre

El lector por horas (y carta semiabierta)

Noé Morales

Aunque soy hombre de letras, no debéis suponer que no he intentado ganarme la vida honradamente.
Bernard Shaw

Tal vez este no sea el medio idóneo para dirigirme a usted, pero al menos supongo que es uno de los más eficaces, en tanto público. Sé también que entre sus preferencias de lectura no se cuenta este suplemento (ni mucho menos esta columna), pero conozco algunas de las tareas que se cumplen en los departamentos de comunicación interna de las grandes empresas, públicas, privadas o híbridos. Y por ende, sé que se dedica diariamente una buena porción de la mañana a buscar, línea por línea, alguna alusión en la prensa, por tímida o insignificante que sea, al jefe de la dependencia en cuestión y/o a sus actividades y designios. Y aunque no lo menciono por su nombre, más por pudor que por otra cosa, sé que entre el abultado dossier que usted encontrará sobre su escritorio el día de mañana, aparecerá un recorte o fotocopia de este texto. No sé por qué, pero estoy convencido de ello. Confío también en que le llamará la atención ver en medio de ese mar de papeles la palabra teatro, y que por tal motivo dedicará unos minutos de su rutina a leer estas líneas. Después de todo, todos somos un poco morbosos, aunque sea en el fondo.

Así que, ora por morbo, ora por interés, ora por lo que fuere, convengamos en que usted se encuentra ya leyendo esto. Perfecto. El motivo de mi carta es, previsiblemente, hablar sobre ese asunto. Sí, sí, sí, me imagino que se lo habrán recordado hasta la náusea durante las últimas semanas. Le ofrezco disculpas, pero encuentro inevitable, y obligado, reincidir.

Escuché lo que dijo en la radio hace ya unas semanas, cuando apenas se formaba el quilombo. Palabras más, palabras menos, usted declaró haber actuado con estricto apego a la justicia. Además, se dio tiempo para despotricar contra todos esos necios opositores con el siguiente argumento: que durante todo este periodo de privilegios económicos de los que impunemente gozaron, sustentado por una inexplicable serie de prebendas, su contribución a la sociedad había sido poca y nada. Ha llegado el momento, pues, de expulsarlos de su mundo de cristal y de traerlos de vuelta a la tierra, como toda la gente de este país.

Somos muchos los que no concordamos con dicha opinión. Pero no crea que la inconformidad se limita a un asunto de pesos de más o de menos. Por supuesto que eso es importante, pero el principal punto de desacuerdo pasa más por un asunto ético.

Podría referir una serie de definiciones del vocablo "arte" (que es de lo que estamos hablando, por supuesto. No de otro tema). Hay una de Borges, aquél del malentendido con el patrón, que me encanta. No la mencionaré por la sencilla razón de que no quiero abrumarlo más con esta carta. Sin embargo, hay otra que me gusta por su contundencia y porque me la dijo un profesor que aprecio, y cuyo ingreso, por cierto, se verá afectado por las reformas promovidas por usted. Es algo como esto (se habrá dado cuenta de mi incapacidad para citar de memoria, o para decir que lo hago aunque no sea cierto): "Arte es lo más sobresaliente de la civilización a lo largo de su historia." Cándida, y quizás un poco reduccionista, pero terriblemente cierta.

¿Verdad que sí? Si no le parece, por lo menos debe reconocer que suena muy bien. En todo caso, le propongo esto: imagine que tengo razón, y yo imaginaré que lo imagina. Bien, así nos entendemos. Creo que, si acordamos que la definición de arriba es por lo menos sugerente, coincidiremos también en que los parámetros para regular la actividad de un creador artístico no deben equipararse a los utilizados con administradores, economistas, ingenieros o arquitectos. Porque, señor, los autores no son privilegiados en ningún sentido práctico, pero mucho menos a nivel de ingresos y prestaciones. Un escritor invierte tiempo, dinero, esfuerzo y otras cosas para cristalizar un proyecto de novela, por ejemplo. ¿Qué obtiene al final? En el mejor de los casos, el reconocimiento de un muy anónimo grupo de colegas y analistas. Las regalías por ventas son irrisorias. Además, no existen prestaciones: ni IMSS, ni vales de despensa ni nada similar. Por más que los busco no encuentro los privilegios. Me parece que si hemos de hablar de privilegiados en este país la mirada debería apuntar hacia otro lado.

Y tampoco crea que hablo a título personal. Ni por asomo he pensado en que lo que escribo sea de importancia. Tal vez sólo de una importancia mediana. Pero aunque no sea lo más recomendable, hagamos cuentas, como a usted le gusta. Quizás estos textos míos, sumados a los de otros colegas de rango similar, darán como suma total esa valía que mi profesor resumía tan bien en la definición que dio.

Hay otros autores, por supuesto, que escapan al promedio y son en verdad excepcionales. Con mucha suerte, llegan a acceder a algunos de los lujos inherentes al éxito (Ud. los conoce bien) avanzada la adultez. Pero son excepciones, hay otros que nunca lo logran, y no por eso debe soslayarse su trabajo. Entre aquellos privilegiados (ellos sí) se encuentra el señor José Sanchís Sinisterra. No, es español, así que no crea que evade un quinto. Hay una obra de él recién estrenada. Se llama El lector por horas, la dirige el señor Ricardo Ramírez Carnero y se presenta en el teatro Santa Catarina. Ojalá pudiera verla. Podría decir que me gusta el texto por su arquitectura meticulosa, que pondero la labor del elenco en general (sobre todo la de Emma Dib), que no entiendo del todo lo que pretende la dirección, que encontré el recurso de la koken algo tedioso. Eso entre otras cosas. Pero me limitaré a esto: creo que el texto es un homenaje precioso a la literatura, a sus efectos, beneficios y cualidades balsámicas, que las tiene. Podría también decir que confío en que su comparecencia a dicha puesta podría hacerlo reflexionar. Pero no soy tan pretencioso, ni tan efectivo en mis arengas. Después de todo, pertenezco a un gremio de ideas perfectamente prescindibles, al contrario de sus contribuciones fiscales.