FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 2001

Referencia Noé Morales, “Recuento”, en La Jornada Semanal, 6 enero 2002.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   6 de enero de 2002

Columna El mono de alambre

Recuento

Noé Morales

El receso provocado por los excesos decembrinos se antoja idóneo para la reflexión y el análisis de lo acaecido en el ámbito escénico durante el primer año de la era foxista, que en materia cultural, como en casi todas, ha dado más de una muestra de incongruencia y desatino. Sin el ánimo de amargarle a nadie la llegada de los Reyes Magos, el columnista emprende lo que espera se convierta en un repaso somero pero sustancioso del ciclo que recién acaba, acaso como indicativo de lo que se vislumbra en el futuro inmediato.

El sospechoso concepto de ciudadanización, enarbolado por la dirigencia del CONACULTA, se ha traducido en la proliferación de festivales de envergaduras y justificaciones varias. A los ya plenamente establecidos como el Cervantino y el de la Ciudad de México, se han sumado otros como el Arte 01, el Mirarte y varios más de nombres aún más estrambóticos, todos con la supuesta intención de estimular la labor de los creadores artísticos y de acercar sus trabajos al grueso de la población. Dicha premisa no debiera ser, en teoría, blanco de cuestionamientos; el problema se presenta en su traslado a la práctica. Hechos sobre las rodillas, dichos festivales han pasado a ser sólo una temporada de preestrenos de lo que puede verse casi sucesivamente en cartelera, específicamente en la teatral. Salvo por algunos espectáculos extranjeros de incuestionable valía, esta política no aporta nada novedoso y exacerba a los malpensados: pareciera ser una coartada para gastar el de por sí exiguo presupuesto cultural de este país.

Pero a pesar de los varapalos de la burocracia cultural, los creadores escénicos han entregado algunos ejercicios que habilitan un optimismo templado. Feliz nuevo siglo, Doktor Freud, de Sabina Berman, De monstruos y prodigios, de Jorge Kuri y Visitatio, de Daniele Finzi, destacan entre las producciones presenciadas a lo largo del año apenas concluido. Dichos espectáculos se erigen como un obstáculo para aquellos que no se cansan de pregonar el estancamiento y la aridez de la dramaturgia mexicana contemporánea, siempre tan despreciada y tan poco atendida por el medio nacional.

2001 trajo para el espectador mexicano la oportunidad de aproximarse a textos extranjeros disímbolos en estilo pero hermanados en calidad: Blasted, de Kane, Cenizas a las cenizas, de Pinter, El Gordo y El Flaco van al cielo, de Auster. En lamentable coincidencia, ha de decirse que ninguno de estos tres autores encontró puestas en escena a la altura de sus propuestas. Pero se confirma que la terquedad de directores y productores por importar textos interesantes para el público mexicano rinde dividendos que, aunque irregulares en su concreción, rubrican un genuino afán de búsqueda.

Quienes parecen no haber tenido un año del todo fructífero son los integrantes de ese grupo al que se ha bautizado, en tácito acuerdo universal, como "vacas sagradas". José Caballero entregó una muy pobre versión de Algo de verdad, de Stoppard, pero se recuperó con la atinada reposición de El destierro, de Juan Tovar. Luis de Tavira corrobora sus delirios zoofílicos (a los caballos de antes se suma un cerdo en el montaje que ya ha reseñado puntualmente la colega Solano en este suplemento) y encuentra cada vez menos seguidores de su fastuosidad escénica. Germán Castillo se inmiscuyó en la poesía de Sor Juana y Villaurrutia con resultados intrascendentes. La reflexión en todos estos y otros casos particulares se antoja obligada y perentoria.

Tampoco fue el mejor de los años para los directores y autores que descollaron a principios de la década pasada. Los ejemplos más francos los otorgan Martín Acosta y Carlos Corona, quienes, tal vez afectados por el exceso de trabajo, se quedaron a años luz de sus mejores momentos. Ni La vida no vale nada y Animales insólitos en el primer caso, ni Tartufo ni Zorros Chinos en el segundo, lograron cumplir las expectativas generadas por su trayectoria reciente.

Pero la bonhomía que se transpira a mares por esta época recuerda que los hallazgos del año pasado no fueron pocos. El relevo generacional hace acto de presencia con sorprendente autoridad. Edgar Chías y su Circo para bobos e Iván Olivares y su Alicia en el país de las alcantarillas motivan la certeza de que la dramaturgia mexicana va por buen camino. José Luis Saldaña debuta profesionalmente en la dirección con un muy lúdico acercamiento a Chéjov, Petición de mano. Pero las mejores noticias provienen del gremio actoral. La cyberneta, de Ilya Cazés y Mauricio García Lozano, mostró la ventaja que en términos de formación histriónica mantiene el CUT sobre otras escuelas. Los esfuerzos de Bruno Bert con estudiantes de la EAT dejan entrever a más de un actor promisorio. Y el Colegio de Teatro de la UNAM, el eterno patito feo de las escuelas de teatro, alimentó casi totalmente los repartos de la Copa Improvisadores y la ya referida Petición de mano. Con esto, los directores deberán encontrar otras excusas para cimentar la frágil teoría de que en México escasean los intérpretes de calidad.

2002 apenas se insinúa y ya hay pendientes por resolver. La situación de los teatros del IMSS aún es un enigma. La Academia Mexicana de Arte Teatral empezará a funcionar realmente, con la esperanza general de que no se circunscriba a ser un otorgante de trofeos. Chabaud emprende el enésimo intento por que el medio cuente con una publicación periódica decente; habrá que ver cuánto le duran a él las pilas y a los editores la paciencia. Pero de eso nos ocuparemos después. Por lo pronto, los mejores deseos para los lectores de esta disparatada columna quincenal.