FICHA TÉCNICA



Título obra Zorros chinos

Autoría Emilio Carballido

Dirección Carlos Corona

Elenco Haydée Boetto, Gabriel Porras, Julieta Ortiz, Ricardo Ezquerra, Micaela Gramajo, Juan de la Loza

Notas de elenco Haydée Boetto y Guillermo Méndez / manejo de títeres

Escenografía Juliana Faesler

Música Mariano Cossa

Vestuario María Figueroa y Tolita Figueroa

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Referencia Noé Morales, “Zorros chinos”, en La Jornada Semanal, 9 diciembre 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   9 de diciembre de 2001

Columna El mono de alambre

Zorros chinos

Noé Morales

Ocupándose de la figura de Luis Buñuel, José Donoso alude en un escrito al estudio de Leon Edel, Portrait of the artist as an old man, en que el estadunidense hace una suerte de apología de ese sector de la sociedad al que ahora el gobierno del cambio pretende rebautizar, en otro lance de alta retórica, "adultos en plenitud". Edel propone dos ejemplos para cimentar su tesis: Henry James y W.B. Yeats, quienes se rebelaron al ocioso destino que les deparaba la senectud y produjeron algunas de sus obras más importantes cuando rebasaban los sesenta y cinco años. A estos dos nombres, el siempre coherente (murió a los noventa años, cuando aún producía) analista literario de Pittsburg suma otro con el que Donoso se permite disentir: Leon Tolstoi, cuya obra tardía no representa para el novelista sudamericano punto de comparación con la magna producción de su etapa adulta. Sin embargo, la idea de que el artista no debe clausurar su creatividad y dedicarse al macramé y a tejer chambritas en una cómoda mecedora una vez que el cuerpo comienza a cobrarle facturas, se antoja sensata y, sobre todo, muy justa.

En este país nuestro, tan torpe en su trato hacia los viejos, no faltan tampoco casos que confirmen la teoría de Edel. Contraviniendo una costumbre malsana que la política oficial se encarga de fomentar (con programas cuya única finalidad es hacerlos sentir menos inútiles de lo que realmente son considerados), algunos artistas han respondido con productos más que decorosos a esa serie de homenajes que parecen sólo un gran ensayo para su misa de cuerpo presente. Y para muestra un par de botones. No conformes con el sospechoso título de decanos que el medio teatral les ha impuesto, Luisa Josefina Hernández culminó hace un par de años una tetralogía, y Emilio Carballido publicó el año pasado tres obras, una de las cuales, Zorros Chinos, se ha estrenado recientemente en la Sala Xavier Villaurrutia, con dirección de Carlos Corona y el auspicio de la resucitada Compañía Nacional de Teatro.

A más de cincuenta años de que Novo le estrenara su primera obra, Carballido se sitúa como una referencia obligada de las letras mexicanas de la segunda mitad del siglo XX. Heredero directo de la tradición iniciada por Usigli, el autor veracruzano, junto con sus contemporáneos (la propia Hernández, Sergio Magaña y Héctor Mendoza, entre otros), coadyuvó a conformar los rasgos de identidad del teatro nacional. Dueño de un estilo bastante próximo al retrato costumbrista, en nuestros días las obras de Carballido siguen siendo, a pesar del paso del tiempo, presencia constante y recurso manido en escuelas de teatro, festivales escolares y antologías de género.

Tomando en cuenta este último antecedente, no hay por qué llamarse a engaño al momento de presenciar la escenificación de un texto que, si bien reciente, permanece fiel a la línea estilística que ha sido sello distintivo del autor. Situada en un pueblo del México de los últimos años de la Colonia, la obra presenta la irrupción de una especie de secta oriental, los Zorros Chinos, en la rutina de una comunidad en la que el rol de la mujer se asemeja al del mero ornamento. Las consecuencias de esta peculiar migración afectan al sector femenino, que los Zorros se encargan de menguar en número mediante extrañas desapariciones, en las que las raptadas acceden a un mundo onírico que las aproxima a la felicidad total. El proverbial repudio de Carballido al machismo se hace patente y se desliza por una dramaturgia ortodoxa, con pasajes abiertamente líricos, que se vale de un realismo a ultranza no reñido con lo simbólico.

En Carlos Corona se aprecian dos claras líneas de trabajo: por un lado una farsa estridente, con altos índices de irreverencia (Ubú Rey, El Melancólico), y por el otro un desenfadado acercamiento, más o menos logrado, a textos menos delirantes mediante un lenguaje que coquetea con el realismo mágico (Los Pilares de la Cárcel, con textos de Elena Garro). En Zorros Chinos, que se apega a la segunda, su abordamiento a contenidos muy distantes de su estilo parece inconsistente. Con los protagónicos resueltos desde su adjudicación (Haydée Boetto como Yuriria, la abnegada madre en viaje iniciático, y Gabriel Porras como el elegante y revulsivo Príncipe Wu), el director no alcanza a amalgamar a un elenco numeroso y ecléctico en registros y posibilidades. Si por un lado algunos comodines consiguen caracterizaciones relevantes merced a su polivalencia (Julieta Ortiz en el rol del pedestre mozalbete Domingo; Ricardo Ezquerra y su fiel Criado; Micaela Gramajo, quien a su cuádruple tarea actoral añade canto y ejecución de flauta), algunos otros, como Juan de la Loza, se sienten rígidos y faltos de matices. A esta irregularidad hay que añadir el intento de Corona por apuntalar, quizás innecesariamente, el evidente lirismo que Carballido requiere en varios pasajes de la obra, lo que desemboca en lagunas de tempo que hacen que su puesta se atore ostensiblemente.

Dicha irregularidad parece haber contaminado de igual manera el trabajo de los diseñadores. La escenografía de Juliana Faesler, poco vistosa y limitante por su sencillez, se contrapone al portentoso vestuario de María y Tolita Figueroa, especialmente en los vestidos orientales. Y el uso de títeres, debidos a la propia Boetto y a Guillermo Méndez, se vuelve superfluo como recurso expresivo, al contrario de la emotiva partitura y ejecución musical en vivo de Mariano Cossa. Contradicciones que transforman el producto en un objeto deleznable y distante de los mejores momentos de un director de propuestas tan imaginativas como arriesgadas.