FICHA TÉCNICA



Título obra Petición de mano

Autoría Anton Chéjov

Dirección José Luis Saldaña

Elenco Luis Lesher, Dione Rubio, Omar Medina

Grupos y compañías Complot Escena

Espacios teatrales Foro del Museo del Carmen

Referencia Noé Morales, “Petición de mano”, en La Jornada Semanal, 11 noviembre 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   11 de noviembre de 2001

Columna El mono de alambre

Petición de mano

Noé Morales

Los muy prolijos estudios que han entregado algunas de las voces más reflexivas de la vida cultural mexicana (Samuel Ramos, Santiago Ramírez, Octavio Paz, etcétera), nos obligan a reparar en ciertas paradojas de nuestra nacionalidad. Y es que, pensándolo un poco, no resulta difícil darse cuenta de que, por herencia o por costumbre, persistimos en tautologías conductuales que no por intrínsecas deben dejarse pasar por alto. Mucho se ha discutido sobre lo que escritos como El laberinto de la soledad proponen a asuntos como mentar madres o canalizar a la chingada a quien nos agravia; argumentos que no por recargados carecen de razón. Y es tal vez por ello que estos hombres cosecharon en su tiempo un rechazo más o menos generalizado a sus hipótesis; quizás estos señalamientos despierten mecanismos de defensa tan naturales como la negación y el repudio. De cualquier modo, resulta innegable que la conformación étnica, racial y social de nuestro país lo vuelve sui generis dentro de la geografía mundial. Pocos son los países cuyos elocuentes mandatarios pronuncian discursos aludiendo a la incomprendida obra de escritores como José Luis Borgues ante el pleno del Congreso de la Lengua, por citar sólo un ejemplo de que el refrán que reza que "como México no hay dos" deja de ser un lugar común para convertirse en un axioma contundente.

Pero ni siquiera este universo tan vasto de peculiaridades resulta endémico al cien por ciento. Hay que cuestionar la idea de que nuestra raza es un umbilical derivado lunar ante lo que pareciera imposible: compartimos varias características con otros pueblos muy distantes en kilometraje y mitología. Amén de los espejos obvios en cuanto a vecindad territorial y genética (Latinoamérica y España), resulta refrescante cerciorarse de la afinidad mexicana con... ¡los rusos! Sí, anticipándose a las acusaciones de marxismo tardío y contubernio retrógrada hacia este columnista, ha de decirse que estas correlaciones sociológicas ya han sido identificadas por voces mucho más autorizadas, como la de Hugo Argüelles. La contención de emociones, esa patética incapacidad para desenvolverse en situaciones que lo requerirían, es moneda corriente en las tierras del vodka y del tequila. Sin pretender ahondar demasiado en los motivos que originan esta coincidencia, se impone ponderar los beneficios que ésta ha acarreado para la literatura de ambas latitudes. Ninguna prueba tan irrefutable de esto la provee la producción del autor depresivo por excelencia: Anton Chéjov, padre de la denominada "tragedia moderna" (la pieza), y de cuya poco difundida comedia de enredos, Petición de mano, habrá de hablarse en esta entrega.

El jardín de los cerezos, Tío Vania, La gaviota y Las tres hermanas forman uno de los picos más sobresalientes de la dramática del último siglo. Calificado como precursor del naturalismo en el teatro moderno, Chéjov ahonda en el fracaso espiritual de sus personajes más que en la creación de relatos novedosos. No por nada se afirma que sus obras (dramatúrgicas o narrativas) se sostienen más por la riqueza y complejidad de sus protagonistas que por el contexto narrativo en el que el autor los inmiscuye. Por esto mismo, no a pocos teatreros imberbes la mera alusión al tuberculoso literato les causa bostezos y lagañas. Y es que, siendo la acción dramática en sus piezas tan volcada al interior de sus personajes, se cree que sus productos son poco dinámicos y difícilmente trasladables al lenguaje visual.

Pero Complot Escena, flamante compañía nacida en el Colegio de Teatro de la UNAM, demuestra que hasta a Chéjov puede métersele mano sin caer en el oprobio efectista. Si bien esta comedia carece de la densidad de las cuatro piezas maestras ya referidas, es notorio que presenta la misma manufactura discursiva. Sin embargo, el principal mérito del director José Luis Saldaña es imbuirle un toque fársico que aligera la carga emocional de la trama sin hacerla deleznable. En un pasaje digno de cualquier ranchería nacional (continuando con las equivalencias), Iván Vassilievich, un mancebo repugnantemente hipocondriaco, procura vencer su timidez para solicitar en matrimonio a Natalia Stephanovna, grácil doncella al cuidado de su sofocante padre Stephan. Incapaz de deshacerse de su inefable galería de tics nerviosos, el joven Iván convertirá la mejor noche de su vida en una infernal retahíla de enredos y malentendidos, al reavivar involuntariamente una vieja disputa de tierras entre las dos familias. Fluida y amena, la obra pretende una sátira de las rígidas tradiciones pueblerinas de la Rusia de principios del siglo XX y una mirada jocosa a especímenes tan atribulados.

El manejo del concepto de farsa viene a ser lo más sobresaliente del montaje. Incluyendo elementos que subrayan el complejo de inferioridad del protagonista (cambios de luz y movimientos ralentizados durante sus delirios más intensos), sus ochenta minutos de duración se convierten en un concierto de genuinas carcajadas. Con un elenco joven que se muestra criterioso (Luis Lesher, Dione Rubio y Omar Medina), Saldaña apuesta a la hilaridad para interesar a su audiencia, lo que logra con creces. El problema se presenta cuando se siente que los demás recursos histriónicos se agotan y se acude a la misma herramienta sin gradaciones ni contrastes; pareciera que se evitó explorar otros instrumentos en la creación de las caracterizaciones. Pero la puesta se antoja idónea para resucitar espacios que, como el Foro del Museo del Carmen, no abundan y hasta hacen falta en nuestro circuito teatral.