FICHA TÉCNICA



Título obra Surrealismos

Elenco Nora Fernández

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Referencia Noé Morales, “Surrealismos”, en La Jornada Semanal, 14 octubre 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   14 de octubre de 2001

Columna El mono de alambre

Surrealismos

Noé Morales

A Amara, por lo que emprende y lo que vendrá

La inminente irrupción militar estadunidense en tierras afganas, bautizada con el estrambótico nombre de Justicia Infinita, nos permite corroborar la brillantez de nuestra clase gobernante. Por un lado, el inefable canciller Castañeda se ha encargado de incluirnos, sin previa consulta y con soslayo de cierto artículo de la Constitución diferenciado de los otros por el número 133, dentro de una torpe e innecesaria declaración de solidaridad, que debería circunscribirse a lo que realmente es: patrimonio personalísimo de sus intereses, vísceras y neuronas, en aparente orden de preponderancia. Y por el otro, completando el desatino, el presidente Fox ha anunciado, en un inglés casi tan fluido como la economía nacional, que el apoyo de México para su vecino no será de índole militar, sino dentro de un ámbito en el que su gabinete no parece estar muy boyante: el de la inteligencia. Debemos confiar entonces en que la intervención de algún par de madrinas de la PGR coadyuve a disipar un conflicto cuya resolución parece estar cada día más lejana, en tanto inaugurado mucho antes de los ataques cuyas imágenes nos han repetido, hasta el colmo del amarillismo, los medios de información electrónicos.

Si bien esta serie de lamentables manifestaciones traicionan la habitual neutralidad mexicana en terrenos de la diplomacia habría que sugerirle a nuestro impulsivo canciller que reactivara la Doctrina Estrada en vez del ignominioso TIAR, hay que reconocer que cuando menos son coherentes con sus antecesores en un aspecto: conservan el nivel de absurdo, casi onírico, de los gobiernos de la revolución institucional. Pero bastaría una fugaz revisión a los principales diarios latinoamericanos para darse cuenta que la actuación de este par de próceres de las relaciones internacionales es sólo una parte de un espectro aún más temerario. A todas luces, Latinoamérica entera hace honor a lo que se había dicho varias veces sobre su paradoja más reprobable: es una región cuya realidad supera por mucho a su ficción más delirante. Y si esta lección no está aún del todo asimilada, la comparecencia a un espectáculo como SURrealismo, de la actriz Nora Fernández, se antoja obligada.

Proveniente de un país cuya historia dramática no se ha limitado a ser una mera expresión cultural, sino un escaparate para reflejar la inconformidad por la retahíla de injusticias que le ha legado su vida política (un repaso superficial de la historia contemporánea argentina permite saber que en el siglo apenas concluido vivieron casi tantos golpes militares como sucesores prematuros de Maradona ha entronizado su prensa deportiva), Nora Fernández presenta desde hace casi cuatro años, en tierras mexicanas, un monólogo que, a juzgar por los extractos de críticas que aparecen en el programa de mano, viene precedido de una excelente acogida en varias ciudades del Cono Sur. Heredera de una escuela teatral cuya riqueza ha alcanzado para nutrir a las de otros países (la mexicana entre ellas: Bruno Bert, José Enrique Gorlero, Perla Szuchmacher, Larry Silberman, etcétera), Nora nos recuerda la necesidad de tender puentes con la escena hispanoamericana.

Y si las mencionadas notas del folletín se deshacen en elogios que a priori parecerían un tanto excesivos, Nora, cuya presencia y dominio de la escena recuerdan a Susana Alexander, se encarga de hacerlos razonables. A lo largo de casi dos horas de actuación, la actriz mendocina captura irremediablemente al espectador mediante siete caracterizaciones distintas, haciendo gala de versatilidad corporal y gestual. Nora hace desfilar ante nuestros ojos a una senadora muy en la línea de Margaret Thatcher, a una afanadora provinciana desencantada ante la dificultad de la vida en la gran ciudad, a una adolescente experta en la vida de privada de Britney Spears, a una mujer con problemas cerebrales, a una niña atrapada en los avatares propios de la desintegración familiar, a una divorciada que repite los frágiles postulados del new age. A la innegable y ya referida maestría en el manejo de su corporalidad, debe resaltarse su increíble capacidad de observación (notable hasta en el más mínimo detalle de sus siete personajes) y la soltura con la que recorre casi la totalidad de tonos existentes (desde la farsa y la comedia hasta pasajes francamente melodramáticos), sin que esto obstaculice la fluidez de la representación. Y mientras la dramaturgia (de la que ella misma se encarga) escatima profundidad en beneficio del lucimiento de la interpretación, la solidez y la energía con las que se posesiona de la escena eclipsan algunas carencias importantes: un nulo aprovechamiento de los recursos propios de la teatralidad (iluminación, escenografía, utilería, musicalización), un anticuado uso de oscuros y convenciones de tránsito entre escenas, un bastante fallido cuadro final (en el que pretende una perorata contra el machismo que cae en lo chabacano y en lo cursi). Pero sobre todo, y aun cuando resulta muy claro que fue concebido ex profeso para ella, se impone una conclusión: que el espectáculo no podría sobrevivir sin quien le da vida sobre las tablas. Sin embargo, su irresistible carisma han llenado durante más de ocho años las salas de un subcontinente que necesita, hoy más que nunca, muchos ejercicios de éstos para conservar un mediano nivel de salud mental. Y no hay razones para pretender que no siga por esta misma línea, a juzgar por los aplausos que la audiencia del Teatro Ofelia le prodiga función tras función.