FICHA TÉCNICA



Título obra Las relaciones peligrosas

Autoría Christopher Hampton / versión teatral

Notas de autoría Pierre Choderlos de Laclos / autor de la novela homónima; Walter Doehner y Jaime Chabaud /adaptación de la obra de Christopher Hampton

Dirección Walter Doehner

Elenco Diana Bracho, Rafael Sánchez Navarro, Arcelia Ramírez, Ana Serradilla, Juan Pablo Abitia, Claudine Sosa, Manuel Blejerman, Concepción Márquez, Laura Drescher

Escenografía Gabriel Pascal

Música Mario Santos

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Noé Morales, “Las relaciones peligrosas”, en La Jornada Semanal, 30 septiembre 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   30 de septiembre de 2001

Columna El mono de alambre

Las relaciones peligrosas

Noé Morales

Sugiere Javier Marías en un escrito reciente que quien quiera asomarse al Mal, "pero al Mal sin aspavientos ni demonios", debe leer la memorable novela de Conrad, El corazón de las tinieblas. Poco hay que añadir a tan sabia sentencia; si acaso, que quien supere ese primer escarceo con el Tanatos puede proseguir la aventura con la versión fílmica que del aludido escrito hiciera Francis Ford Coppola (y que le costara la bancarrota y el divorcio): Apocalipsis<, en donde de paso descubrirá algunas datos reveladores: que ese Mal permite un duelo actoral de altísimos vuelos (el mejor Marlon Brando nunca visto, en opinión de muchos; el mejor Martin Sheen nunca visto, en opinión de todos); que se puede disociar la música de Wagner del ideario hitleriano, y la de los Doors del reventón intrascendente; y que las consecuencias devastadoras de una conflagración, ésas que tanto les gusta apadrinar en la Casa Blanca, lejos de afectar para bien el orden mundial, sólo afectan para mal la psicología de sus soldados muy a propósito de desgracias recientes.

Huelga decir que dicha aproximación a la Maldad no es patrimonio exclusivo de la literatura conradiana. Una muy interesante variante, la del Mal revisitado en una de sus formas más comunes, la manipulación, la ofrece la magnífica novela epistolar de Pierre Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas. Concebido en el último tercio del siglo XVIII, dicho escrito representa, sin duda, uno de los picos más altos de las letras francesas. Laclos, que de estrategia sabía un poco (fue general condecorado del ejército francés), presenta el alambicado mapa de relaciones entre miembros de la aristocracia francesa de su época. Tachado de inmoral por las autoridades de su tiempo, el autor regala un par de personajes ya arquetípicos de la historia de la literatura: la Marquesa de Merteuil, viuda negra calculadora e insensible, y el vizconde de Valmont, hedonista gigoló experto en pisotear reputaciones, empezando por la propia. Con un portentoso análisis psicológico al servicio de una trama exquisita, no exenta de ciertos toques de fino erotismo, la novela de Laclos sigue siendo, aún ahora, objeto de estudio y admiración. Un elemento que sustenta la afirmación anterior es el elevado número de adaptaciones que para otros medios que se le ha hecho. Una de las mejor logradas es, sin duda, la de Christopher Hampton: Las relaciones peligrosas, en cuyo texto basa también su adaptación y montaje Walter Doehner, de reciente estreno en el Teatro de las Artes del CNA.

Tal vez el mayor mérito de Hampton sea el dotar de dinamismo dramático a un texto de naturaleza, en ese sentido, antónima. Omitiendo algunos detalles en los que la novela se permite ahondar, Hampton centra sus esfuerzos en la tormentosa historia de amor entre Valmont (para quien la posesión de una mujer acaba con todo su atractivo) y Madame de Tourvel (casada y comprometida, en forma y fondo, muy al contrario de los otros personajes), única mujer capaz de despertar en aquél un sentimiento auténtico. Cruel y poética a un tiempo, su versión teatral (llevada también al cine, con el magistral trabajo de Stephen Frears en la dirección y Glenn Close, John Malkovich y Michelle Pfeiffer en los principales) refuerza la intriga y el juego de poder que tan bien retrata el original de Laclos.

Doehner, junto con Jaime Chabaud, pasa el texto de Hampton por un nuevo filtro dramatúrgico que, según sus propias palabras, pretende alimentar el concepto del control, que tan claramente se expone a lo largo de la trama. Amén de la perogrullada, este nuevo tratamiento se enfoca mucho más en el significado de la relación entre Valmont y Merteuil como detonadora de peripecias que en mucho afectan a sus subordinados.

Doehner, con una amplia labor como director de escena y cámaras en cine y televisión, realiza un montaje en el que sobresale, sobre todo, su capacidad en el manejo de un elenco ecléctico en cuanto a edades y registros. Si por un lado la personificación de los protagónicos recae en actores probados como Diana Bracho (la Marquesa de Merteuil, un tanto sobrada y displicente en su trabajo), Rafael Sánchez Navarro (Valmont, la mejor actuación suya en muchos años) y Arcelia Ramírez (orgánica, matizada, exquisita como Madame de Tourvel), Doehner revela a una serie de actores más que promisorios en los roles secundarios: Ana Serradilla, refrescante como la Cécile de despertares iniciáticos; Juan Pablo Abitia como el Chevalier Danceny, quien a la postre se convierte en la marioneta más importante del ajedrez de intrigas entre Merteuil y Valmont; y Claudine Sosa en su doble caracterización de Julie y Emilie. A ellos se suman los pulcros esfuerzos de Manuel Blejerman como Azolan, Concepción Márquez como la deuteragonista Madame de Rosemonde, y Laura Drescher como Madame de Volanges. Un conjunto cuyo mayor mérito histriónico se debe en gran medida a la labor del director: su cohesión.

Sobreponiéndose a un diseño escenográfico un tanto limitante (la recreación de los ámbitos franceses del siglo XVIII a cargo de Gabriel Pascal se antoja un tanto simplista y poco propositiva), Doehner traza sin contratiempos los movimientos de sus actores y se permite convenciones bastante afortunadas en cuanto a los ambientes espaciales que sugiere. Aunado a la emotiva partitura original de Mario Santos, esta puesta logra ser redonda sin caer en parafernalias superfluas. Tal vez porque el Mal, ya se sabe, no precisa de ornamentos de ningún tipo para aparecerse en donde le dé la gana.