FICHA TÉCNICA



Título obra Kahlo Viva la vida

Autoría Humberto Robles

Dirección Rodrigo Vázquez

Elenco Laura de Ita

Escenografía Rubén Rodríguez

Notas de Música Joselo Rangel / diseño sonoro y ejecución en vivo

Grupos y compañías Movimiento Cultural Techo Blanco

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Noé Morales, “Kahlo viva la vida”, en La Jornada Semanal, 15 septiembre 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   15 de septiembre de 2001

Columna El mono de alambre

Kahlo viva la vida

Noé Morales

Ante la perentoria necesidad de anticiparse a la ignominia (se sabe que Salmita ha perpetrado una versión fílmica en la que ratificará, una vez más, que su mejor recurso histriónico lo debe por completo a su crew de cirujanos plásticos), la agrupación multidisciplinaria denominada Movimiento Cultural Techo Blanco se aventura en la producción de un espectáculo en el que, a diferencia de otros muchos que pululan en las carteleras teatrales y cinematográficas, no se apuesta por impresionar al espectador a base de golpes de efecto fraguados en silicón. Liderada por Vanessa Bauche, una de las pocas actrices en México que contempla al intérprete no como un mero elemento de producción, sino como un ente con el suficiente porcentaje de iniciativa como para generar proyectos interesantes por cuenta propia, esta compañía ha logrado, en un periodo corto de tiempo, ser partícipe de un respetable número de productos fílmicos (cortometrajes como el muy celebrado ¿Alguien vio a Lola?, dirigido por la propia Bauche) y teatrales que, aunque de calidad irregular, permiten vaticinarle un futuro halagüeño. Prueba insoslayable de esta temprana madurez es una obra en la que el tratamiento dado a una figura histórica no causaría los sainetes mercantilistas entre la Hayek y Jennifer López que sí causó la seguramente temible producción de Hollywood. Se trata de Kahlo Viva la vida, monólogo de Humberto Robles dirigido por Rodrigo Vázquez e interpretado por Laura de Ita, que goza de una ya dilatada temporada en La Gruta del Centro Cultural Helénico.

Si dicho icono ha sido motivo recurrente para la dramática, recuérdese, por ejemplo, la prodigiosa película de Paul Leduc, y se recordará automáticamente la soberbia actuación de Ofelia Medina, se debe a que la intensidad y riqueza de su biografía es una tentadora fuente natural. Destrozadas su columna y su pierna en un choque de tranvía durante la adolescencia (lo que festonearía su vida de un dolor intenso reflejado en su obra), fiel camarada del Trotski exiliado (quien la pretendió), vinculada casi involuntariamente con la vanguardia surrealista (por André Breton), cuestionable dueña del caprichoso corazón de Diego Rivera, la trayectoria de la Kahlo es una línea irregular motivada por un lado por el sufrimiento físico y espiritual, pero en contraparte también por una imperiosa necesidad de aferrarse a la vida no obstante la ingrata avaricia de ésta.

Esto lo sabe bien Humberto Robles y nos entrega una Frida verosímil en tanto matizada, multidimensional y camaleónica, evadiendo el tratamiento light con el que tanto y tan mal se ha hablado de ciertas vacas sagradas del arte contemporáneo nacional. Aproximando al público a una etapa postrera de su existencia, Robles logra pintar perfectamente la decadencia del personaje sin apelar a la sensiblería melodramática que se acostumbra en casos que, como éste, intentan mostrar el lado más crepuscular de personajes en sí mismos bastante lóbregos. Desde el cuarto de su casa en el que espera la celebración del 1 de noviembre (sobria pero eficientemente ambientado por Rubén Rodríguez), Frida se burla de la muerte y de sus muertos, en un macabro coqueteo que permite asistir al derrumbamiento moral de una mujer cuyas paradojas emocionales se tradujeron en un vigor vital que ha tocado techos legendarios.

Rodrigo Vázquez, mejor conocido como intérprete, hace un trabajo bastante afortunado en su debut como director de escena. Logrando uniformidad en el tempo general del montaje, no obstante las muchas transiciones planteadas por el dramaturgo (uno de los escasos puntos cuestionables del texto), Vázquez permite a su actriz apoderarse de un personaje tan excitante como riesgoso. Con un trazo discreto pero efectivo, el director concede libertades actorales que conllevan a un rendimiento uniforme con algunos momentos de notable factura escénica.

Laura de Ita aborda el mito sin tantas contemplaciones. Perdiéndole a Frida la dosis necesaria de respeto para evadir el acartonamiento, De Ita se muestra dueña innegable de una caracterización que se alimenta notablemente de una actriz en el umbral de la madurez interpretativa. En el que tal vez sea su proyecto más personal (en el que también participa su pareja Joselo Rangel, de Café Tacuba, en el diseño sonoro y la ejecución en vivo, lo que constituye sin duda un notable punto a favor de la intimidad de la puesta), la actriz logra mucho más fácilmente los pasajes desgarradores que los humorísticos, en los que parece confundir intensidad con vehemencia gestual y vocal (su forzado acento cuasi norteño, digno del mejor Piporro, cuando la Kahlo se pone alegre tras unos correctos buches de mezcal, por citar un pasaje recurrente). Lo anterior no obsta para que este objeto de teatro cumpla con su objetivo capital: abofetear con guante blanco al maniqueísmo neoliberal, ése que pretende socavar héroes ajenos en memorabilia intrascendente y deleznable.