FICHA TÉCNICA



Título obra Devastados

Autoría Sarah Kane

Notas de autoría Ana Graham / traducción

Dirección Ignacio Ortiz

Elenco Arturo Ríos, Ari Brickman, Ana Graham

Espacios teatrales Teatro El Granero

Productores Ana Graham

Referencia Noé Morales, “Devastados”, en La Jornada Semanal, 2 septiembre 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   2 de septiembre de 2001

Columna El mono de alambre

Devastados

Noé Morales

La de Sarah Kane es una de esas biografías capaces de despertar, a un tiempo y por partes iguales, horror y admiración. Inglesa nacida en Essex en los albores de los setenta, Kane pertenece a esa generación de británicos cuya infancia y pubertad transcurrieron mientras Margaret Thatcher dejaba morir a activistas en huelga de hambre y movilizaba buena parte de su arsenal bélico para pelear por un grupo de minúsculas islas australes, sólo importantes para su reino como apareadero de pingüinos. Paradigma del artista tanático y depresivo, su incursión en la escena teatral inglesa de mediados de la década pasada supuso una violenta renovación del lenguaje dramatúrgico existente. De escritura cruda y malevolente, Kane refleja sin concesiones el desencanto existencial de los hijos bastardos del neoliberalismo finisecular, lo que la hermana con contemporáneos igualmente oscuros como el escocés Irvine Welsh o el francés Bernard-Marie Koltés. Sin embargo, al revisar su atribulada semblanza no puede evadirse la analogía con una figura femenina de vida y obra igualmente estupefacientes: Sylvia Plath, la esposa del también poeta Ted Hughes con quien comparte, entre otras cosas, la manera de terminar con su congoja crónica: el suicidio. Aunque mientras la autora de Ariel decidió meter la cabeza en un horno repleto de gas, Kane se despidió del mundo que tan poco le comprendía colgándose de una viga de su cuarto de hospital, al que había ingresado tras fracasar en su primer intento: tres días antes se había llenado el estómago con doscientas pastillas antidepresivas.

Poco entendido por un amplio sector de la crítica inglesa (con honrosas excepciones como la de Harold Pinter), el teatro de esta desasosegada seguidora del Manchester United permanecía oculto hasta el momento para el público mexicano. Y es gracias a Ana Graham, traductora y productora, que podemos acercarnos a la primera obra de la exigua producción de Kane: Devastados (Blasted), recientemente estrenada en el Teatro El Granero.

No obstante ser la inauguración de su trayectoria como autora, en Devastados se aprecian claramente los rasgos que identificarán su producción ulterior. Sin reparar en estilizaciones o contemplaciones para con el espectador, Kane crea atmósferas decadentes, que bordean lo apocalíptico, en las que sus complejos personajes deambulan en busca de explicaciones para tan perturbadas situaciones contextuales. En un asfixiante cuarto de hotel de Leeds, Ian, un paranoico periodista a un paso de la psicosis, se encuentra con Cate, la retrasada mental con quien sostiene un amasiato sadomasoquista. Mediante un inmisericorde intercambio de vejaciones de lesa humanidad, Kane desnuda la psicología de esta pareja mostrándonos la faceta más retorcida de las relaciones humanas. Dueña de un estilo que pese a su crudeza no rehuye cierta impronta de humor negro, la también autora de El amor de Fedra y 4:48 Psicosis crea una trama que, pese a las referencias mayoritariamente localistas (los eternos conflictos entre los oriundos de los distintos países que componen el Imperio Británico; las diatribas racistas del protagonista contra jamaiquinos y paquistaníes, por ejemplo), se vuelve universal en tanto brutalmente humana. De esta manera el texto se constituye como una prueba fehaciente de que el involucramiento entre tablado y butaquería no necesariamente se vale de la delicadeza, sino también de herramientas mucho más cercanas a lo sombrío.

Ignacio Ortiz, sólido guionista de cine (La orilla de la tierra, La mujer de Benjamín) debuta como director de escena. En su descargo habría que decir que se estrena con un texto bastante complejo y radicalmente disímbolo con respecto a su línea estilística como creador cinematográfico. Pero no puede soslayarse una malinterpretación esencial: confunde el reforzamiento de las intenciones de la dramaturga con la ilustración redundante. Si Kane propone escenas en las que se suceden sodomizaciones, violaciones, felatios y mutilaciones in situ, Ortiz las explicita burdamente como un recurso que, lejos de apuntalar la dramaticidad, sólo contribuye a hacer de su puesta un producto de soluciones simplistas y, por momentos, de excesiva rusticidad.

A pesar de contar con un par de actores de probada capacidad (Arturo Ríos como el atribulado Ian y Ari Brickman como el Soldado), Ortiz no alcanza a establecer un criterio uniforme de interpretación, sobre todo a nivel tonal. Mientras que Ríos, pese a un esfuerzo plausible, se pierde por momentos en la sobreactuación (con desgarradores gritos que resultan superfluos), Brickman exterioriza de forma mucho más sobria (y no por eso menos efectiva) la problemática interna de su personaje. Y Ana Graham, que interpreta el dificilísimo rol de Cate, presenta un personaje inverosímil debido a la monotonía con la que lo aborda. Con un sonsonete que recuerda más a una turista alemana que a una adolescente con problemas cerebrales, Graham accidenta aún más las de por sí bruscas transiciones de su personaje, lo que se evidencia en los pasajes en que, dentro de la lógica disfuncional en la relación que mantiene con el periodista, ha de pasar de dominada a dominante.

En conclusión, puede hablarse de un montaje bastante rudimentario en cuanto a su traslación en escena. Queda la impresión de que una dramaturga como Sarah Kane, que tan grande y tan justo furor causó con su irrupción en los escenarios europeos, merecería escenificaciones mucho más afortunadas.