FICHA TÉCNICA



Título obra El gordo y el flaco van al cielo

Autoría Paul Auster

Notas de autoría Emilio Ebergenyi / traducción

Dirección Emilio Ebergenyi

Elenco Emilio Ebergenyi, Mario Oliver

Escenografía Juliana Faesler

Espacios teatrales Foro La Gruta

Productores Emilio Ebergenyi

Referencia Noé Morales, “El gordo y el flaco van al cielo”, en La Jornada Semanal, 19 agosto 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   19 de agosto de 2001

Columna El mono de alambre

El gordo y el flaco van al cielo

Noé Morales

A Edgar Chías

En el ensayo titulado "De pasteles a piedras", incluido dentro de su libro El arte del hambre, Paul Auster identifica los antecedentes genealógicos de Vladimiro y Estragón, los insondables clowns de Samuel Beckett en Esperando a Godot, en Mercier y Camier, una novela previa de quien resignificó la escritura dramática en la segunda mitad del siglo XX. Para Auster, en los protagonistas homónimos de la referida pieza narrativa del Nobel irlandés pueden verse claramente los embriones de algunos de los rasgos que a la postre inmortalizarían a la pareja de bufones más memorable del teatro contemporáneo. Dice Auster: "Como los Bouvard y Pécuchet de Flaubert, como Laurel y Hardy, como las otras pseudoparejas en la obra de Beckett, [Mercier y Camier] no son tanto personajes separados sino dos elementos de una doble realidad, y ninguno puede existir sin el otro".

Amén de la localización de esa bizarra complementariedad que efectivamente rozará la perfección poco después (la distancia entre la novela y la obra de teatro es de seis años), el escrito de Auster profundiza en la composición del enrarecido logos que rige el entorno y las trayectorias de los cuatro personajes, esa atmósfera de vacuidad existencial que, a falta de un término más certero, ha sido bautizada como "absurdo". Pero al parecer las inquietudes del exquisito creador de Leviatán con respecto al universo beckettiano no se limitaron a un estudio literario. Quien quiera comprobarlo (y quien no también) tendría que asomarse a alguna función de la puesta que de la obra de Auster El Gordo y El Flaco van al cielo (Laurel & Hardy Go to Heaven) presenta Emilio Ebergenyi en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico.

Y es que las alusiones a la producción de Beckett se perciben inmediatamente, desde el punto de vista de la lógica conductual de los personajes. Auster toma a dos de los iconos más representativos de la cultura popular estadunidense para ensayar sobre lo que Diderot bautizó mucho antes como "la paradoja del comediante": esa frecuente contradicción entre los estados de ánimo de intérprete y personaje. Laurel y Hardy encerrados en un lugar no determinado en el tiempo y el espacio, circunscritos a una atmósfera asfixiante sin punto de inicio ni llegada. El supuesto paraíso en el que los dos juerguistas por excelencia se encuentran no es más que otra de las ironías que tanto gustan al autor (¿alguien olvida que la desasosegada existencia del detective fortuito Paul Auster transcurre en un lugar llamado La ciudad de cristal?), un indicativo de que Auster se ha encargado de exiliarlos de su condición de mitos contemporáneos en una suerte de dimensión alterna que se encargará por sí sola de humanizarlos.

Con este artificioso contexto puesto al servicio de los personajes, Auster desmenuza puntualmente las inquietudes, desventuras y contradicciones existenciales de su mancuerna de prohombres chocarreros. Aprovechando la riqueza natural de las diferencias de carácter entre los comediantes, el autor crea un relato con intenciones de hacernos reflexionar sobre la vida en general, y en particular, sobre lo que viene una vez que ésta termina. Mediante diálogos fluidos y una estructura de trama de fácil ilación, el también narrador, cuentista, poeta, guionista y director de cine muestra, si esto cabe, el lado moridor del tándem decrooners más reconocido del cine silente.

Prueba viviente de que hacer teatro en México es ante todo un acto de fe (pues él mismo actúa, dirige, traduce el texto y produce la puesta en escena), Emilio Ebergenyi entrega un montaje plagado de buenas intenciones. Y este encomiable esfuerzo se traduce por igual tanto en aciertos irrefutables (el diseño espacial y el escenográfico, apuntalado este último por la minimalista utilería de Juliana Faesler) cuanto en lagunas significativas. Caracterizando a El Gordo, Ebergenyi no logra evitar una dicotomía entre su expresividad corporal, cuando menos apagada, y su extraordinaria matización interpretativa a nivel vocal (no por nada es la voz institucional de Radio Educación desde hace varios años). Además, pareciera que su presencia en escena afecta su visión de director en tanto el trazo se nota por momentos sucio y accidentado, lo que trastoca ostensiblemente su propuesta visual.

Mario Oliver, por el contrario, se inmiscuye íntegramente en su papel de El Flaco. Con un mucho mejor aprovechamiento de las armas actorales tradicionales del cine mudo, como el gag y la gestualidad arrebatada, Oliver comunica efectivamente las múltiples transiciones emotivas que su personaje experimenta a lo largo de la obra. En un enriquecedor intercambio de vulneraciones mutuas ambos logran establecer, no obstante las divergencias en la forma de abordar sus personajes, una interesante versión de lo que Auster refiere en su texto sobre la novela de Beckett. Lejos de separarlos, sus diferencias los acercan hasta el borde de la unificación. Un estrambótico enfoque sobre una relación amor-odio, una sugestiva vuelta de tuerca a la pareja más celebrada en la historia de la cinematografía. Una escenificación que, pese a sus limitaciones, representa la oportunidad de reírnos un poco (qué mas queda) de nuestra condición humana.