FICHA TÉCNICA



Título obra La vida no vale nada

Autoría Luis Mario Moncada

Dirección Martín Acosta

Elenco Martin Croquette, Carmen Mastache, Bruno Castillo, Cécile Lasserre, Marco Pérez, Marcela Pizarro

Grupos y compañías Teatro de Arena y Ensemble Sauvage Public

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Noé Morales, “La vida no vale nada”, en La Jornada Semanal, 5 agosto 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   5 de agosto de 2001

Columna El mono de alambre

La vida no vale nada

Noé Morales

Teatro de Arena, la compañía gestada por José Enrique Gorlero y proseguida tras su muerte por Martín Acosta y Luis Mario Moncada, es sin duda una de las agrupaciones más refrescantes de la última década en nuestro país. A sus irrefutables hallazgos en lo estético y lo formal debe añadirse un mérito que se agiganta ante el tradicional (y muchas veces malentendido) localismo del teatro mexicano: el carácter cosmopolita de sus textos y puestas en escena. Tomando como escenario para sus relatos la Dublín de principios del siglo XX, la Alemania de la posguerra o la costa este estadunidense de los cincuenta, el tándem Acosta-Moncada ha demostrado que la mejor forma de involucrar a la audiencia en sus propuestas no es la oferta de una calca anacrónica de lo que se supone es nuestro estilo de vida vernáculo (en cuyo universo realista los personajes hablan, piensan y se comportan como clones malhechos de Pepe el Toro y demás progenie), sino el privilegio de los conflictos humanos más universales como vehículo de reflexión y empatía en el espectador, independientemente de los contextos en los que se les sitúen.

Una vez traídos a colación estos antecedentes, será más lógico pensar en su nuevo proyecto, La vida no vale nada (La vie ne vaut rien), como un paso natural en su proceso creativo. En colaboración con la compañía canadiense Ensemble Sauvage Public y con el apoyo de instituciones de la provincia de Quebec, este montaje de reciente estreno en el Teatro El Galeón recuerda que la globalifilia puede tener alguna arista enriquecedora en términos artísticos.

De entrada (y así lo advierte el programa de mano), la obra presenta una peculiaridad importante: algunos de sus pasajes están hablados en correcto quebecois , innegable obstáculo para el grueso de la población de este país, cuya francofonía se limita a algunos conceptos sueltos y etéreos como omelette, champagne o Zinedine Zidane. No obstante lo anterior, en tanto la anécdota y el conflicto resultan interpretables, estos periodos (en especial el prólogo) no se vuelven inasibles, aunque sí en cambio bastante cansados. Vale aclarar que este poco dinámico principio se compensa una vez que la trama desemboca en ámbitos mucho más cercanos para los nativos que, como quien esto escribe, desairaron las valiosas lecciones matutinas para principiantes que transmitía Radio unam a finales de los ochenta, para su posterior y estéril arrepentimiento.

Pierre Green (Martin Croquette, simpático intérprete canadiense), un joven de Quebec atribulado a partes iguales por una madre neurótica, una novia que lo abandona y las predicciones de una lectora de tarot, decide romper con su entorno cercano y emprender una diáspora hacia el primer destino que el azar le depare. Por suerte y por desgracia, el afable Green viene a dar a la gran Tenochtitlan. Así, se establece el consabido choque cultural entre el turista en busca de ventilación existencial y nuestra fauna endémica: la quinceañera cuyo florecimiento hormonal le trae consecuencias que la rebasan (Carmen Mastache, quien demuestra una vez más lo que ya es: una actriz portentosa); un mariachi de Garibaldi fracasado en sus ilusiones de suceder a Vicente Fernández, orillado a delinquir (Bruno Castillo); un chambelán jalapeño que debe afrontar las consecuencias de sus impulsos adolescentes (el mismo Castillo, que no logra diferenciar del todo sus dos caracterizaciones); una compatriota evangelista agresivamente amable (Cécile Lasserre, de rendimiento uniforme y con momentos memorables). Además de dos personajes cuya historia de amor representa el lado crepuscular (aún más) de la vida urbana: un padrote con vocación de redentor (Marco Pérez, de arrebatada vehemencia) y una prostituta extranjera de tortuoso pasado (Marcela Pizarro, un tanto falta de matices).

Valiosas en sí mismas todas ellas, estas historias en apariencia independientes se entrelazan sin mayores contratiempos merced a una característica del quehacer de Moncada y de Acosta que ya se conocía: su oficio. Sin embargo, parece faltar cierta unidad dramática: mientras estas subtramas van cosechando peso en el desarrollo narrativo, e interés en el espectador, la anécdota que se supone central, la del canadiense Green, queda relegada a un plano bastante lejano. Quizá pudo haberse prescindido de ella en tanto las otras resultan mucho más atractivas, pues funciona como el pretexto idóneo que introduce a la audiencia a las otras, las que realmente se quieren comunicar. En contraparte, podría decirse también que se cumple con el objetivo incluyente que las dos agrupaciones teatrales se trazaron de antemano: se establece un rico diálogo cultural entre Primer y Tercer Mundo sin caer en clichés como el del gringo sonriente e idiota y el del mexicano sumiso y transa (salvo por ciertos momentos).

Sin embargo, el extrañamiento se da por otras vertientes. Si la presencia de un proxeneta que transpira empatía por el prójimo resulta ya inverosímil, el hecho de que los otros personajes traduzcan su crecimiento interno en filantropía instantánea se vuelve todavía más descabellado. Al final, quedan varias conclusiones. Primera, que la obra podría economizar tiempo sin mayor repercusión. Segunda, que a Teatro de Arena no se le dan tan bien las alianzas con extranjeros (recuérdense Fausto y Filoctetes). Y, por último, que eso de la globalización no es tan simple como nos lo hacen creer a diario, ni siquiera para asuntos que, como el teatro, son de naturaleza tan loable.