FICHA TÉCNICA



Título obra Las obras completas de William Shakespeare (abreviadas)

Autoría Adam Long, Daniel Singer y Jess Winfield

Notas de autoría Flavio González Mello / adaptación

Dirección Antonio Castro

Elenco Diego Luna, Rodrigo Murray, Jesús Ochoa

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Noé Morales, “Las obras completas de William Shakespeare (abreviadas)”, en La Jornada Semanal, 22 julio 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   22 de julio de 2001

Columna El mono de alambre

Las obras completas de William Shakespeare (abreviadas)

Noé Morales

En este espacio se han saludado con beneplácito aquellos lances en los que, para desconsuelo de los puristas que circunscriben su rebeldía a algún cambio esporádico en el diseño de su ropa interior, se acometen con irreverencia y desenfado textos que esta pusilanimidad conservadora ha colocado en nichos totémicos e imperturbables, como si el arte debiera ser algo tan lánguido e inanimado como sus propias ilusiones. Mientras quien suscribe estas colaboraciones conserve un aceptable nivel de goce existencial, el saludo se repetirá, siempre que dichos intentos se efectúen (en su opinión, obviamente) con legítimas apetencias de búsqueda artística. Lo anterior se aclara para que, una vez que algún iluso sediento de distracción hebdomadaria termine de leer estas líneas, no asocie el nombre de quien las rubrica con ciertas personalidades de nuestra oligarquía gobernante, quienes parecen reencarnar lo peor de la crepuscular camarilla inquisidora del virreinato. En fin, que advertido estás, lector, y de antemano.

Uno de estos intocables respondió alguna vez al nombre de William Shakespeare, y de él se saben algunas cosas, se ignoran muchas y se inventan demasiadas. Supuestamente agotados los análisis sobre su obra (lo que resulta bastante discutible), los estudios parecen apuntar peligrosamente hacia una dinámica muy semejante a las que fomenta Pati Chapoy: que si el hijo pródigo de Stratford-upon-Avon era bisexual; que si tuvo que huir de su pueblo natal por cazar aves en propiedad ajena; que si en realidad era un farsante que firmaba lo que otros (Marlowe, específicamente) concebían; que si era experto en fusilarse argumentos de diversos mitos e historias de todo el mundo, etcétera. Es claro que, como de todo icono de su envergadura, del genial bardo isabelino se seguirá hablando para bien o para mal, en tanto ha alcanzado desde hace mucho tiempo niveles mucho más que legendarios.

Y como Shakespeare seguirá siendo detonante de toda clase de opiniones, resulta natural que no pocas de ellas caigan en lo maniqueo y lo fútil. Eso es inevitable y hasta cierto punto comprensible. Lo extraño en el caso que hoy nos ocupa es que su obra sea abordada de una manera tan deleznable por gente cuya trayectoria previa se contrapone radicalmente a sus actuales empeños profesionales.

En medio de una gran expectativa y un considerable despliegue publicitario (siempre bienvenidos en nuestro teatro), se estrenó hace unas semanas Las obras completas de William Shakespeare (abreviadas) en el Teatro Helénico. Adaptación de Flavio González Mello al original de Long, Singer y Winfield, este montaje dirigido por Antonio Castro prefigura desde su nombre lo que aspira a despertar en el espectador: se entra desde el principio en la dadivosa parcela de las convenciones y se acepta sin tapujos que el tratamiento y el tono no sean solemnes y que esa idea de presentar el legado del dramaturgo inglés en su totalidad no deba tomarse muy en serio.

Pero estos acuerdos tácitos se desbordan desde que se da la tercera llamada. El elenco, conformado por Diego Luna, Rodrigo Murray y Jesús Ochoa nos deja ver que se encargará de entregarnos las caracterizaciones de Diego Luna, Rodrigo Murray y Jesús Ochoa, respectivamente. Ah, y que en los intersticios que esta actividad les permita nos darán, literalmente, una probadita(como en los popurrís de Ray Coniff) de lo más representativo de la obra del creador de Otelo. Por lo demás, cabe decir que cumplen con creces sus dos objetivos. Sin soslayar algunos momentos genuinamente hilarantes (proporcionados casi todos por Ochoa, en quien deben reconocerse también las pocas tentativas por ejercitar la sensatez), la puesta podría ser considerada como una antología del humor redundante, baladí e intrascendente. Exprimiendo hasta la estulticia el gag, el chiste político y el pastelazo gratuito, muy pronto queda claro que todo es un gran artificio para explotar la popularidad que estos tres actores han cosechado (principalmente Luna, cuyo esfuerzo intenta suplir su entendible y confesa inexperiencia teatral) en medios de mucho más largo alcance masivo que el teatro, como lo son el cine y la televisión. En esta lógica, no resulta descabellado (y sí, en cambio, muy ilustrativo) que para dilucidar quién de ellos ha de personificar a Hamlet, se realice un plebiscito con intenciones paródicas (uno de los pocos pasajes rescatables de Murray, un exquisito actor de comedia que aquí se nota desperdiciado). La votación la gana, previsiblemente y para regocijo de las adolescentes, el joven Luna, en un colofón que confirma los afanes mercantilistas de los productores. Pretensiones que, vale aclarar, son muy respetables y tremendamente comprensibles dentro una miscelánea que, como la del teatro en México, dista mucho de ubicarse en la abundancia.

Finalmente, un comentario acerca de la dirección. Antonio Castro es uno de los directores jóvenes más brillantes del horizonte contemporáneo, habiéndose caracterizado por imprimir en sus montajes una impronta de humor fino y elegante, alejada de la condescendencia. Ojalá que una vez que esta obra cumpla con su meta principal (hacerse de dinero, lo que, sin ninguna duda, se le desea a él y a su compañía) retome esa tendencia y nos ratifique que en esta ocasión sólo se ha tomado un saludable respiro a nivel financiero.