FICHA TÉCNICA



Título obra Divino Pastor Góngora

Autoría Jaime Chabaud

Dirección Miguel Ángel Rivera

Elenco Carlos Cobos

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Noé Morales, “Divino Pastor Góngora”, en La Jornada Semanal, 8 julio 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   8 de julio de 2001

Columna El mono de alambre

Divino Pastor Góngora

Noé Morales

Siguiendo la pauta propuesta por Artaud, para quien el teatro era el atletismo del alma, podría compararse a los espectáculos unipersonales en general con una amplia variedad de actividades deportivas y espirituales. Pero no te alarmes, lector; este columnista no buscará las coincidencias místicas entre nuestros ejercicios escénicos individuales y el rendimiento de la Selección Nacional, consciente de que los primeros no necesitan de tan disparatadas analogías y de que de lo segundo es preferible no hablar, so riesgo de convertir este espacio en un gigantesco muro de lamentaciones. Es sólo que la sentencia del controvertido teórico francés viene muy a cuento con el montaje que se reseñará en esta ocasión.

Para nadie es un secreto que el monólogo es uno de los recursos dramatúrgicos más difíciles de abordar, en tanto encierra características difícilmente localizables en alguna otra herramienta de la escritura teatral. La falta de un interlocutor en escena obliga al autor a buscarlo en el público, con lo que los riesgos de abrumar, desinteresar y adormecer alcanzan niveles muy peligrosos. Por todo lo anterior no resulta extraño que muchos autores lo miren con un respeto colindante con el terror, dilapidando valiosas oportunidades de involucrar al espectador como un elemento significativo dentro de sus propuestas discursivas.

Pero si alguien escapa a la clasificación de temeroso es el dramaturgo mexicano Jaime Chabaud. A lo largo de una dilatada carrera como autor dramático, investigador, docente y tallerista de paciencia monástica (imagina, caro lector: uno de sus discípulos actuales es quien te tortura quincenalmente con esta columna. Así de monástica), Chabaud ha incursionado en casi todos los géneros y estilos existentes, con resultados a veces sobresalientes (El ajedrecista, Perder la cabeza), en otras medianos (¡Viva Cristo Rey!) y algunos traspiés lamentables (Talk Show, Sin pies ni cabeza, de título elocuente). Pero un mérito irrefutable, amén de su versatilidad, es un amplio conocimiento de los matices de la palabra como medio no sólo de expresión, sino de vulneración para el espectador, con lo que su escritura se vuelve vívida y multidimensional, logrando un vínculo comunicativo entre tablado y patio de butacas. Así pues, ya era tiempo de que Chabaud se aventurara en el monólogo. Inspirado por una investigación sobre teatro novohispano realizada recientemente, nos entrega Divino Pastor Góngora, espectáculo unipersonal con dirección de Miguel Ángel Rivera e interpretación de Carlos Cobos, estrenado en el Teatro El Galeón hace unas semanas.

Sin esconder la influencia que en su labor ha ejercido José Sanchis Sinisterra, Chabaud relata las vicisitudes de un cómico de la legua en tiempos de la Colonia, específicamente durante su encarcelamiento gestionado por un omnímodo inquisidor, sospechoso homónimo del más célebre y reaccionario socio de Punta Diamante. Encerrando a su único protagonista en un espacio asfixiante y una situación límite, Chabaud logra un personaje entrañable, rico en vericuetos anímicos y emocionales, un juglar multifacético en toda la extensión de la palabra. Su texto sirve, de paso, para reflexionar acerca de la intolerancia y la cerrazón, tan de moda en estos tiempos de quisquillosidad en el largo de las enaguas tapatías y de nula diferenciación entre perros y homosexuales.

La antes mencionada influencia del autor valenciano en Chabaud se manifiesta tanto en la temática como en los muchos niveles de lectura perceptibles en esta obra. Si por un lado la trayectoria del personaje es bien fraguada y conducida por una anécdota firme y una serie de obstáculos ad hoc para su desenvolvimiento emocional, Divino... es también una apología del actor, figura atávicamente vilipendiada por propios y extraños. Es por esta riqueza que el texto se vuelve cercano de inmediato y la empatía del espectador con este antihéroe bufonesco se da casi automáticamente. Estamos en definitiva ante una de las obras mejor logradas de Chabaud, quien demuestra una vez más que la vida sin riesgos, como diría Patrick Marber, es la muerte.

Miguel Ángel Rivera hace una buena lectura del texto de Chabaud y presenta una puesta redonda y uniforme. Apelando al espacio vacío para recrear la celda del protagonista, transmite limpiamente esa paradoja emocional que rige el ánimo del cómico: en la antesala del cadalso se da tiempo para rememorar con humor sus desventuras amorosas, profesionales y existenciales. Con un trazo que muestra las múltiples posibilidades de un escenario despoblado, Rivera centra sus esfuerzos en la dirección de su actor, de quien logra momentos hilarantes y conmovedores, pero sobre todo un desempeño cuya falta de titubeos lo vuelve admirable.

Carlos Cobos, sanchopancesco actor (en más de un sentido), es el encargado de dar vida a este desventurado juglar. Dotado naturalmente con el registro y la presencia idóneas para este tipo de personajes (recuérdese su extraordinaria actuación en Ñaque, del propio Sanchis), Cobos se adentra sin contemplaciones en lo que en palabras de Bruce Springsteen vendría a ser un auténtico strip-tease emocional. Su actuación, lejos de conformarse con participar al espectador su problemática, consigue hacerse de un increíble número de cómplices entre la butaquería. Con esta magistral interpretación actoral se galvaniza a la perfección un montaje que, siendo justos, merece el mayor número de audiencia posible.