FICHA TÉCNICA



Título obra El melancólico

Autoría Tirso de Molina

Dirección Carlos Corona

Elenco Diego Jáuregui, Alejandro Calva, Miguel Ángel Morales

Grupos y compañías Grupo Bochinche

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Noé Morales, “El melancólico”, en La Jornada Semanal, 24 junio 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   24 de junio de 2001

Columna El mono de alambre

El melancólico

Noé Morales

La influencia que sobre el impulso creador ha ejercido usualmente la melancolía ha dado pie a muchos de los más portentosos lances en la historia del arte. En Proust, el sencillo reencuentro con la pieza de pan que presidía sus desayunos de niñez detonó diez volúmenes de la más delicada prosa escrita en francés desde tiempos de Balzac; Pessoa entronizó esa pesadumbre existencial a alturas que la poesía moderna difícilmente ha vuelto a alcanzar. Sería largo enlistar las muestras de que el dolor que produce la evocación de un bien ya perdido repercute favorablemente en la obra de estos afligidos prohombres, para regocijo de nosotros espectadores, acaso igualmente desolados, pero definitivamente menos geniales en el exorcismo de nuestros demonios internos.

Durante el Siglo de Oro de la literatura española se dieron algunos de los más prodigiosos resultados de este vínculo entre arte y melancolía, como lo demuestran varios estudios especializados en el tema, entre los que destacan los realizados por el antropólogo Roger Bartra. En La melancolía en el Siglo de Oro, Bartra se encarga de desmenuzar el influjo de tan mentado sentimiento en la producción de las plumas representativas de la época. Entre las que destacaba, claro está, la de Tirso de Molina; qué mejor autor para recordarnos esa dolorida característica humana, y qué mejor obra que El melancólico para proseguir con tales elucubraciones, a propósito de la puesta que ofrece Carlos Corona en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario.

Profunda y divertida a la vez, esta poco difundida comedia narra la frustrante historia de amor entre un joven y manipulado noble con aspiraciones y una plebeya de rústicos encantos, aderezada con una riquísima variedad de subtramas en las que las constantes, amén del tan socorrido tema de la lucha de clases, son los malentendidos, los celos y la asfixiante influencia de los progenitores en la vida de sus hijos, entre otros tópicos acometidos con el preciosismo verbal característico del teatro de la época. Ante todo, el texto de Tirso destila una sensación de vacuidad que encarna claramente el protagonista, afectado por una tristeza permanente al no poder cumplir los mandatos de su corazón. Con una temática aun vigente, esta comedia sirve de pretexto para una escenificación en la que se confirman una vez más las intenciones lúdicas de la más desvergonzada de las voces que se dejan escuchar en el universo teatral de este país.

Carlos Corona es bien conocido por la saludable irreverencia y la inteligente adaptación al contexto moderno con que aborda textos considerados clásicos por la generalidad e intocables por los sectores más conservadores del circuito cultural mexicano, entre quienes ese descaro ha causado no pocos trastornos gastrointestinales. Mucho más cómodo en el manejo de la farsa y el teatro infantil que en el de otros géneros teatrales, el director del Grupo Bochinche ha demostrado a sus detractores que bajo ningún concepto la seriedad es sinónimo de solemnidad. A lo largo de una exitosa trayectoria como actor, director de escena, adaptador y dramaturgo, Corona ha hecho del humor inteligente y corrosivo su marca registrada. En su quehacer conviven saludablemente el albur, la escatología, la pantomima, el clown, la improvisación y todo tipo de artificios encausados a hacer reír al espectador, misión que cumple con creces cada vez que somete un nuevo montaje a la consideración del público. En El melancólico prosigue con esta misma línea de trabajo. Por principio de cuentas vuelve a atinar desde que cambia el contexto. Nada de quintas del siglo XVII, castillos inverosímiles, vestuarios de dos toneladas y escenografías agarrotadas; en esta versión las acciones transcurren en la época actual, sobre todo en los lavaderos de una azotea perfectamente imaginable en algún suburbio de esta ciudad, donde vemos desfilar a personajes cuya facha despertaría la envidia de ciertos próceres del surrealismo involuntario. Aproximándose de nuevo a la estética kitsch que tanto parece gustarle (baste decir que musicalizan esta puesta José José, Sergio Mendes y el siempre entrañable Camilo Sesto), el director armoniza perfectamente una traslación contextual que a priori se antojaba arriesgada y peligrosamente propicia para el humor barato y condescendiente. Pero la estridente ambientación es sólo el preludio. Respetando casi íntegramente los versos del comediógrafo español (más aún, logrando que no accidenten su delirante tempo-ritmo escénico) y dosificando la utilización del gag, Corona somete a su audiencia a un despiadado ametrallamiento de hilaridad en contubernio con un equipo de actores ideal para tales efectos. Sacando el mayor jugo posible a sus parlamentos, este elenco alcanza picos increíbles de comicidad, destacándose Diego Jáuregui en el rol del pedestre Carlín, Alejandro Calva como el Enrique de tan escasa solvencia neuronal, y Miguel Ángel Morales, el comprensiblemente desdeñado (basta con oírlo cantar) Filipo. Aunque, sinceramente, el reparto en su totalidad consigue divertirse sobre el escenario y propagar esa jocosa epidemia al patio de butacas. Con pocos instantes de desperdicio, este montaje es simultáneamente un divertido ensayo sobre el vacío existencial, una bofetada en el ánimo de los puristas y el testimonio de una victoria del juego sobre la melancolía que, no obstante su abrumadora terquedad, parece no siempre tenerlas todas consigo.