FICHA TÉCNICA



Título obra Cenizas a las cenizas

Autoría Harold Pinter

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Carmen Delgado, Arturo Beristáin

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Noé Morales, “Cenizas a las cenizas”, en La Jornada Semanal, 10 junio 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   10 de junio de 2001

Columna El mono de alambre

Cenizas a las cenizas

Noé Morales

Intentando describir la impresión que le causó su encuentro en Buenos Aires con Luigi Pirandello, Ramón Gómez de la Serna acuñó un calificativo certero y corrosivo: fauno melancólico. Pocas veces merecido de nuevo, este singular epíteto resulta perfectamente aplicable a los caracteres emanados de la mente de quien es definitivamente uno de los más dignos sucesores del prolífico Nobel italiano: Harold Pinter, autor por excelencia de la nostalgia, el recelo, la frustración y el desencanto de la vida en el siglo XX. Etiquetado en un principio como dramaturgo del absurdo, Pinter ha demostrado a lo largo de una trayectoria amplia y fructífera que su teatro psicológico de medio tono va más allá de toda clasificación estilística, aportando una de las piedras angulares de la dramaturgia contemporánea: Traición, obra maestra en la que se consolidan en definitiva sus rasgos autorales mas recurrentes: personajes desencantados e inconformes con sus circunstancias, mediocres profesionales circunscritos a una desasosegada y superficial estabilidad emocional en tanto carecen del menor atisbo de iniciativa propia, grises presentes producto de pasados tormentosos y retorcidos. Perfecto retratista de la oquedad del hombre moderno, Pinter es definitivamente una de las plumas mas cáusticas y revulsivas de la historia de la literatura dramática, sin cuyo aporte no podríamos entender eso que denominamos teatro de búsqueda o de vanguardia. Por todo lo anterior (y por muchas razones más), no pocos saludamos con entusiasmo el estreno en México de una de las obras mas recientes del maestro inglés:Cenizas a las cenizas, que bajo la dirección de Mauricio García Lozano acaba de arrancar temporada en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico.

Merced a la gentileza del dramaturgo Jaime Chabaud, quien esto escribe tuvo acceso a una copia del texto de Pinter antes de ver la puesta de García Lozano. Partiendo de la base de que, contrario a lo que mucha gente piensa, el leer un texto dramático poco antes de ver su escenificación no fomenta prejuicios que descalifiquen a priori el trabajo del director, sino que permite testificar completamente el proceso natural de un producto artístico encaminado desde su origen hacia una representación escénica, redescubrí en esta pieza corta a un autor maduro y dueño absoluto de su oficio, sin que esto se traduzca en autoplagio o condescendencia. Deblin y Rebecca, los dos únicos personajes que conforman el reparto de esta obra, presentan con claridad las características distintivas de la producción de Pinter, descritas someramente líneas arriba. Y también resulta evidente que, no obstante su escasa duración, Cenizas... es una obra compleja en cuanto a su construcción discursiva y a la multiplicidad de lecturas posibles que puede despertar en el receptor. Dicho de otro modo: en apariencia, la obra no trata de nada, dos amantes consagran su tiempo a la recriminación de errores cometidos en un pasado no del todo establecido, afectados por una especie de evasión amnésica. Difuminada anecdóticamente, la obra basa su eficacia en la no acción, en el constante ping pong dialogal aparentemente carente de sentido e hilación narrativa, en un concienzudo artificio que Pinter propone como vehículo de reflexión en el espectador. Porque, mediante un prolijo análisis a posteriori, se descubre que Cenizas... alude veladamente a la huella que dejó en los europeos el Holocausto nazi. De esta manera, las constantes que aparecen en la retórica de estos burgueses alcanzan otra connotación: referencias a estaciones de trenes, a un oscuro hombre que arranca de los brazos de Rebecca a su bebé de meses, la falta de memoria como mecanismo de defensa ante un pasado que aún hoy resulta brutalmente inmediato (para quien lo dude, revise por favor los resultados de las pasadas elecciones presidenciales en Italia, por citar sólo un ejemplo de que tal amenaza es todavía latente). Incluso, visto desde esta perspectiva, el título de la obra se resignifica por completo. Lejos de desencantar al espectador, esta lectura previa despierta la curiosidad por constatar la resolución en las tablas de la enorme riqueza subtextual que se plantea implícitamente en la obra literaria.

Por principio de cuentas, es refrescante atestiguar signos de versatilidad en un director que tradicionalmente ha encaminado su quehacer por los territorios de la farsa y el humor negro, inquietud que se hermanó con la del que se constituyó en su cómplice perfecto, el prematuramente fallecido dramaturgo mexicano Gerardo Mancebo. García Lozano se arriesga con un texto bastante alejado de las características estilísticas de su trayectoria previa. Y puede decirse que resuelve pulcramente las dificultades primarias que la obra requiere: entiende y transmite esa saudade existencial que rige la psique de la genealogía pinteriana. Sin embargo, parece quedarse ahí, en esa primera lectura en la que se entrevé únicamente a dos personajes que discuten sin una lógica consuetudinaria, que por más que se lastiman mutuamente no pueden escapar a ese ceñido corsé emocional que el autor les ha impuesto. De esta manera, se pierde una magnífica oportunidad para explorar la veta que el autor dibuja sólo discretamente, esa desgarradora sutileza con la que Pinter pone el dedo en la llaga mas profunda de la historia europea contemporánea, el error mas grande surgido de ese continente que aprovecha la menor provocación para vociferar su supremacía intelectual y humanística por sobre el resto del planeta.

El reparto de esta puesta no escapa a esa malinterpretación enarbolada desde la dirección de escena. Carmen Delgado personifica a una Rebecca deslucida y acartonada, en una caracterización que dista mucho de ser de las mejores de su carrera. A esta evidente inverosimilitud hay que agregar el recurso de un sonsonete que por momentos bordea con lo chocante, una voz engolada que ignora por completo los distintos matices emotivos que el personaje desarrolla a lo largo de la pieza. Arturo Beristáin, por su parte, consigue evitar por mucho más tiempo el cliché del burgués británico, pero se pierde igualmente dada la errónea concepción de García Lozano. Con pocos momentos de real interacción entre los personajes, esta puesta no logra apuntalar la premisa fundamental del dramaturgo inglés, que bien podría resumirse en los versos de otra figura literaria igualmente señera: Sólo una cosa no existe. Es el olvido. Lo escribió Borges, para quien lo haya olvidado.