FICHA TÉCNICA



Título obra Alicia en el país de las alcantarillas

Autoría Iván Olivares y Emmanuel Márquez

Dirección Emmanuel Márquez

Música Mariano Cossa

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Noé Morales, “Alicia en el país de las alcantarillas”, en La Jornada Semanal, 27 mayo 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   27 de mayo de 2001

Columna El mono de alambre

Alicia en el país de las alcantarillas

Noé Morales

La lúcida agudeza de Voltaire nos regaló, entre otras aportaciones invaluables, esta joya del optimismo ubicuo: El Paraíso Terrenal está donde me encuentro, dijo, acaso en medio de un acceso de euforia etílica idéntico al que lo llevó a la tumba, con todo y su sapiencia positivista y aforismos visionarios. Cuesta trabajo no respaldar la moción de tan grande exponente del galanteo filosófico, quien también propuso, como infalible vía de acceso a la felicidad, un esmerado cuidado de los jardines de traspatio.

Pero resulta igualmente difícil recluirse entre bonsáis y pragmatismos existenciales en estos tiempos en que el planeta entero se limita a testificar, sin hacer nada por impedirlas, todo tipo de atrocidades cometidas en nombre del libre mercado y la globalización económica. Con la desigualdad como consecuencia más deplorable, esta inercia generalizada ha hecho de la esperanza y la ilusión nociones siempre postergadas, sobre todo para aquellos ignorantes de su suerte cuyo advenimiento, desarrollo y muerte se suceden como un mero accidente dentro de este grotesco círculo vicioso que generan la ignorancia y el mercantilismo.

Son precisamente estas existencias anónimas y dolorosas las que Iván Olivares y Emmanuel Márquez abordan en su más reciente trabajo en coautoría: Alicia en el país de las alcantarillas, que bajo la dirección de este último se representa en el Teatro Helénico. Paráfrasis a la atemporal novela de Lewis Carroll, esta obra supone una bocanada de aire fresco en el panorama teatral reciente. En primer lugar, porque tal vez desde De la calle, la pieza de Jesús González Dávila que gozó de un mítico montaje a cargo de Julio Castillo en los años ochenta, el tema de la marginación suburbana no había sido tocado con acierto en nuestros escenarios. Y en segundo, no menos importante, está la recuperación para el lenguaje artístico de un tópico que a últimas fechas parecía patrimonio exclusivo de los medios de enajenación mediática, que se han encargado de imprimirle el sello de sentimentalismo chabacano que los caracteriza al momento de realizar actos de supuesto servicio social. Así, pues, ya era hora de que el epíteto niños de la calle se escuchara en labios distintos a los de Lucerito o Jorge Garralda.

Si en la novela que celebró hasta el mismísimo Borges (quien, cabe decir, detestaba el género), Carroll revela a su protagonista el complejo universo que se esconde tras el espejo como antítesis satírica a su inmutable entorno, estos dos dramaturgos se agencian la anécdota para mostrarnos el infierno de las cloacas: aquí Alicia es una menor abusada física y mentalmente como las hay muchas en las entrañas de las grandes urbes. Así, la travesía de esta niña por los laberintos del drenaje se convierte en una alegoría del sufrimiento de los sin nombre, los indigentes que sólo existen para la generalidad durante el tiempo en que el alto de un semáforo los hace visibles a través del parabrisas. Mediante una valiosa resignificación de la simbología formulada por Carroll, Olivares y Márquez convierten al gato de Chesire en una bizarra criatura hecha de desperdicios, al conejo de la prisa en chemo de crucero, al conjunto de la delirante fauna del autor inglés en un único y contundente emblema de la desesperanza y el abandono.

Prescindiendo casi totalmente del diálogo, la virtud toral a nivel dramatúrgico radica en hilvanar el relato ágilmente, sin que la carencia de ese recurso narrativo estorbe el pulcro desenvolvimiento de la trama. Sin la palabra hablada como eje motor de la acción dramática, la música de Mariano Cossa se transforma en el hilo conductor idóneo que nos permite seguir el desarrollo de la historia sin contratiempos.

En la dirección de escena, la labor de Márquez ofrece varios hallazgos interesantes. Uno de los más importantes es el uso de títeres sin rostro, con lo que se da un distanciamiento entre público y personajes que evita la sensiblería hipócrita que ya se ha referido. Además, su imaginativo uso del espacio y los adecuados traslados de sus intérpretes hacen que se redondeen perfectamente los distintos ámbitos que Alicia visita en esta larga pesadilla iniciática por los derroteros de la soledad infraurbana.

Muda y desgarradora como es, la obra se presta a varios pasajes en los que el lirismo visual se vuelve tentador antes que necesario. No obstante esta invitación al regodeo, se presentan varios cuadros interesantes: la aparición de una especie de Nuestra Señora del Canal del Desagüe, coronada con envases de Coca-Cola; el encuentro entre la protagonista y unos simpáticos adictos al frutsi de rompope. Pero en otros, que no logran evitar la grandilocuencia, ese lirismo se percibe forzado, la poética de las imágenes se agota cuando se mantiene un mismo cuadro plástico por demasiado tiempo, en un afán por hacer más emotivo un producto que no lo necesita, pues ya lo es en esencia. Lejos de acrecentar la carga dramática del montaje, Márquez sólo logra que el tempo de la escenificación se accidente con cierta repercusión en el balance final.

Una puesta como ésta requiere de un elenco versátil que logre caracterizaciones de una evidente complejidad formal. La elección del director en este aspecto resulta tal vez su mayor mérito. Salidos casi todos del Colegio de Teatro de la UNAM, los intérpretes de Alicia... manifiestan capacidad suficiente para sobrellevar el peso de un texto que, si bien les permite libertades, apuesta casi toda su eficacia a su desempeño como histriones. Haciendo gala de expresividad corporal, con una por momentos pobre proyección de voz como falla principal, estos actores demuestran que se puede confiar en las caras nuevas, convirtiéndose de paso en implacables delatores de todos aquellos que, desvirtuando el ideario de Voltaire, se refugian en sus oasis de Adopastono por reavivar el optimismo ubicuo del sabio francés, sino para evadir una realidad que a todos atañe erradicar.