FICHA TÉCNICA



Título obra Carta al artista adolescente

Autoría Luis Mario Moncada y Martín Acosta

Dirección Martín Acosta

Elenco Mario Oliver, Arturo Reyes, Ari Brickman

Grupos y compañías Teatro de Arena

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Noé Morales, “Carta al artista adolescente”, en La Jornada Semanal, 29 abril 2001.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   29 de abril de 2001

Columna El mono de alambre

Carta al artista adolescente

Noé Morales

Todo intento por trasladar un texto narrativo al lenguaje escénico conlleva un riesgo universalmente temible: el de reducir al mínimo la esencia del discurso original al momento de ajustarlo dentro de las características estructurales y formales de la literatura dramática. Sería ocioso enlistar la interminable cantidad de ejercicios lamentables que han tratado de llevar al teatro relatos, cuentos o novelas; mencionar uno solo de los tantos atentados sanguinarios (cometidos tanto por principiantes como por consagrados) que en nombre de la vanguardia y la experimentación se han efectuado en contra de la obra de Juan Rulfo, por citar un ejemplo recurrente, bastaría para ilustrar la aridez imaginativa de quienes consiguen concretar lances por lo general tan prolijos como desafortunados. Sin embargo, la obra que hoy nos ocupa es definitivamente una muestra de que, con genuinos afanes de búsqueda y sin ánimos efectistas, los cánones que delimitan las fronteras entre los recursos expresivos de las distintas formas de manifestación artística pueden rebasarse con éxito mediante el uso de creatividad e inteligencia, para desembocar en resultados admirables en todos sentidos.

Creador de adaptaciones para teatro de textos de Heinrich Böll (Opiniones de un payaso), Truman Capote (Siameses) e Ítalo Calvino (El motel de los destinos cruzados), amén de obras cien por ciento propias merecedoras de importantes reconocimientos de la crítica especializada, y de contar con una exitosa trayectoria como funcionario cultural, Luis Mario Moncada (Hermosillo,1963) nos ha regalado ya un clásico del teatro mexicano contemporáneo: Carta al artista adolescente, su versión, escrita junto con Martín Acosta, de la entrañable novela A Portrait of the Artist as a Young Man , de James Joyce, en la que el revolucionario escritor irlandés narra, con una profunda carga autobiográfica y un estilo fresco e inventivo, la niñez y adolescencia de Stephen Dedalus, paradigma literario por excelencia del poeta rebelde e inconforme con su circunstancia, y su lucha por emerger como artista comprometido y patriota sui generis en la asfixiante Irlanda católica de principios del siglo XX. Llevada a escena por primera vez hace poco más de siete años, esta obra goza actualmente de una reposición en el Teatro del Centro Cultural Helénico. Con méritos propios que la hacen valiosa en sí misma, resulta inevitable, no obstante, compararla con la versión que pudo verse hace casi una década en el vecino foro La Gruta. Pero caer en el error de hacer una crítica fundada en la nostalgia sería ante todo negarle a esta obra una de sus principales virtudes: la vigencia.

Si la adaptación literaria resulta atinada, al compactar anécdota y trama sin desvirtuarlas, los adjetivos para calificar a la dirección se vuelven insuficientes. Inefable resulta el trabajo de Martín Acosta en este rubro. Con un mobiliario intencionalmente austero y un espacio cercano a lo vacío, Acosta apela a la expresividad corporal e interpretativa de sus actores (todos ellos rasgos distintivos de Teatro de Arena, la compañía de la que junto con Moncada es fundador y director artístico) para escenificar un texto (permeado al fin y al cabo por el stream of consciousness que ya se insinúa en esta novela y que se consolidaría años después en el Ulises, obra de la que se retoman también ciertos pasajes que complementan la parte central de la trama, y que se convertiría a la postre en el legado estilístico mas importante de Joyce) que si bien es estructuralmente redondo, resulta muy poco dinámico: largos monólogos, parlamentos en esencia descriptivos y anecdóticos. Pero Acosta logra que la obra transcurra con fluidez dotándola con un matiz ligeramente fársico en el manejo actoral (caracterizaciones cuyo ludismo coquetea abiertamente con el clown, actores que intercambian arbitrariamente sus personajes dentro de una misma escena) que provoca que el tempo de la escenificación no decaiga jamás. Acosta apuesta y acierta mediante la puesta en práctica de una paradoja aleccionante: la naturalidad en el flujo de la acción que se manifiesta pese al recargamiento verbal intrínseco (o quizás gracias a él) en el discurso narrativo del texto. Todo esto, aunado a una eficaz creatividad para sugerir ámbitos (apuntalada por el sobrio pero funcional diseño de iluminación de Matías Gorlero) y una cierta ambigüedad tonal (con momentos de espontánea hilaridad y otros, como el climático, graves y conmovedores) provee al montaje de un equilibrio y una emotividad pocas veces repetidos en nuestro memorial escénico reciente.

El trabajo actoral galvaniza la brillantez de esta escenificación. Mario Oliver y Arturo Reyes, quienes participaron también en la temporada de estreno, se muestran dueños absolutos de la amplia y variopinta gama de personajes que cada uno interpreta, sin que esto los haga rígidos o previsibles, contagiados tal vez de la frescura perenne de la que goza todo el montaje. Mención aparte, como protagónico, merece Ari Brickman en su caracterización de Stephen Dedalus. Imbuido de la vehemencia de quien sabe que compite contra la historia (el memorable trabajo en el mismo papel de Alejandro Reyes en la puesta original, aunado a una muerte temprana poco después, lo convirtió en una suerte de leyenda dentro del medio teatral de nuestro país), Brickman, actor de presencia habitual en los montajes de Teatro de Arena cuyo proceso interpretativo ha alcanzado paulatinamente una madurez no desprovista de la lozanía característica de quien sale a escena siempre por primera vez, logra una creación personalísima y notable, a pesar de algunos pasajes en los que parece caer en cierta precipitación. Pero su personificación funciona como el ingrediente perfecto que termina por cautivar a un público que celebra, como lo hizo hace siete años, uno de los esfuerzos mas prodigiosos de nuestro teatro reciente, y al que el paso del tiempo, cuyo dictamen resulta tan temido para la mayoría de los creadores artísticos, ayuda a rejuvenecer.