FICHA TÉCNICA



Título obra Don Verdades

Autoría Carlos Arniches

Dirección Francisco Fuentes

Elenco Ángel Garasa, Paquita Estrada, Amparo Morillo, Alberto Galán, Fanny Schiller, Alejandro Chiangherotti, Alfredo Varela, María Stein

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Don Verdades de Arniches, cerrojazo en los demás teatros”, en Novedades, 5 abril 1946.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Don Verdades de Arniches, cerrojazo en los demás teatros

Armando de Maria y Campos

El medio siglo que Carlos Arniches, alicantino de nacimiento y madrileño por adopción, pasó escribiendo comedias y sainetes, forma parte de la historia del teatro en México, como del de la Argentina, y, claro está, del de España entera. Dudo que uno solo de los doscientos o más títulos que salieron de su pluma, en ocasiones en unión de otros autores, algunos incipientes que buscaban el cobijo del nombre ilustre para aparecer decorosamente ante las miradas de los espectadores, haya dejado de figurar en las carteleras mexicanas desde 1896 al presente. Quiere decir esto que la obra total de Carlos Arniches fue representada, cientos y cientos de veces, en los teatros de todo el país, y que su personalidad nos es conocida más que muchas de las de casa. Por eso de que no sin cierta emoción hemos asistido al estreno en el Fábregas, por la Compañía Cómica de Angel Garasa, de su comedia póstuma Don Verdades, tan última obra suya, que se dice de ella que unas horas antes de dejar la vida, en su Madrid de adopción, después de haber probado la hiel del destierro político, ponía fin a esta comedia de Don Verdades, escribiendo en la última página la palabra "telón".

Una de las primeras obras teatrales que vi en mi vida de infatigable amador del teatro fue, por los años de 1906 o 1907, esa maravilla de zarzuela del género chico, insuperable dramita musical, que es La fiesta de San Antón, y su recuerdo aún no se borra de mi memoria. Ni el de sus intérpretes en aquel teatro de barrio, por el rumbo de Lecumberri, el Cervantes, que era como el eco, con el María Guerrero y el Manuel Briseño, uno por el rumbo de Peralvillo, el otro por el de Guerrero, de los éxitos españoles del Principal. Fueron la gran tiple cantante Delfina Arce y el barítono Miguel Cosío. En ese mismo "jacalón" vi por primera vez El santo de la Isidra, Las estrellas, y, también por Delfina Arce, La cara de Dios, modelo de sainete musical en tres actos, del género grande de zarzuela, para diferenciarlo del chico, breves piezas en un acto e imprescindibles tres cuadros –uno de ellos, siempre, a telón corto–, ambos tan dominados por Arniches, que no es aventurado afirmar que sin la formidable aportación en calidad y cantidad que constituye la obra de Arniches, este género de teatro tan español, quizá se hubiera apartado de la senda del costumbrismo que en sus sainetes insuperables marcó el genio de don Ramón de la Cruz. A través de la obra toda de Arniches conocimos en América, mejor que en libros de historia y geografía, un Madrid, que por mimetismo, llegó a ser "el Madrid de Arniches".

El teatro de Arniches creció al par que nosotros, quiero decir que su desarrollo y madurez fue paralelo al nuestro, simple espectador desde mis primeros años de las primeras piezas de Arniches. Casi niños vimos sus piezas del "género chico", a poco las del "género grande", después sus sainetes en tres actos, ya sin música; finalmente sus "tragedias grotescas", sainete agrandando, drama de lo cómico, que culmina en Es mi hombre y termina en esta pieza Don Verdades, que se inicia como un sainete de los mejores tiempos del gran autor alicantino y concluye en un tono humano sentimental que cala hasta los huesos, la tragedia grotesca del pobre viejo Paulino –Don Verdades porque jamás dijo una mentira–, enamorado a rabiar de una chicuela y teniendo que casarse con una buena matrona a la que no quiere, verdadera tragedia grotesca, no puro juego a la imaginación escénica, porque Arniches, desde El pobre Balbuena hasta Don Quintín el amargao, espeja la vida, eso sí, derramando la sal del lenguaje y la picardía teatral, que lo hacen heredero del genio cómico de Plauto y de Aristófanes, de la dramática que inventaron Lope y Calderón y del costumbrismo que trasladaron del arroyo a la escena don Ramón de la Cruz y Mesonero Romanos. Gran historiador de España este gran autor teatral.

Don Verdades es una magnífica pieza de Arniches, no superior a tantas que le dieron fama, pero nunca inferior a las menos afortunadas. Se nota en ella la falta de retoque que la muerte del autor impidió. Pero ¡qué tipo de una pieza el don Paulino!... ¡Sal y azúcar de Arniches! Los demás personajes: la Rosita, la Nora, la Balbina, el Cipriano, el Jacinto, el Rosquilla –el Madrid de Arniches que empezamos a conocer hace cuarenta años–, ríen y lloran como si por la ex villa y corte no hubiera pasado nada, y transitaran todavía por sus calles, recién llegado de Alicante don Carlos, esa "gente menuda" que sacó de la nada madrileña el autor: el terrible Pérez, la chica del gato, la señorita de Trevélez, Mariquilla la pispajo...

Bajo la dirección del veterano Paco Fuentes la representación de Don Verdades resultó excelente. Gran actor que siente y dice muy bien Ángel Garasa logró un Paulino que hace reír e inspira una profunda compasión, como es el don Paulino creado por Arniches. Es verdad, no puede tener Don Verdades mejor intérprete. El resto del reparto cumplió, a tono, Paquita Estrada, Amparo Morillo, Galán, Fanny Schiller, Ciangherotti, Varela, María Stein, etcétera.

El público, escaso, en razón de lo avanzado de la cuaresma, que motivó el cierre para abrir en pascua, del Ideal, del Lírico, del Arbeu.