FICHA TÉCNICA



Título obra La farra

Autoría Rodolfo Santana

Elenco Guillermo Acevedo, Leonardo Kosta, Carlos Converso

Grupos y compañías Teatro Triángulo

Espacios teatrales Carpa Geodésica

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La farra que no hace reír”, en El Día, 30 abril 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La farra que no hace reír

Malkah Rabell

!Ay, "Teatro del Absurdo" cuantos crímenes sin nombre se cometen en el tuyo! Me refiero a los crímenes teatrales, escénicos y hasta estéticos. Y el dramaturgo venezolano, Rodolfo Santana heredó indudablemente más de un rasgo de la vanguardia de 1950, con sus crueldades en este caso más absurdas que de algún "absurdo" en especial; con su "nuevo realismo" que se basa no en la novedad de sus verdades sino en la novedad del lenguaje y de la técnica; con su humor negro, su estaticismo, sus ritos o juegos como teatro dentro del teatro, su ausencia de tiempo y espacio determinados, y su especie de "inactualidad" simbólica con la cual la específica actualidad de esta "Farra". Mas, todos esos elementos, al pasar por el tamiz del temperamento artístico de Santana, han adquirido una pesadez, una incredibilidad, un tono burdo para cada detalle, que alcanzaban al espectador como un elefante en plena carrera.

Un sacerdote, un ministro y un general simbolizan la Iglesia, la Política y el ejército, tres sectores dominantes del poder capitalista en la Sociedad burguesa. Cada uno de esos señores asesina a una mujer que más cerca tiene a mano: la hermana para el cura; sus esposas para el general y el ministro. Es fácil adivinar que cada una de estas figuras femeninas simbolizan la nación, el pueblo, la patria. Ergo; la Iglesia, el Ejército, y la Política llevan a cabo el asesinato de sus compatriotas, y lanzan la culpabilidad sobre sus adversarios de la oposición sobre los revolucionarios de clandestinidad, sobre los subversivos. La idea es buena y podría lograr un drama intenso si se mantuviera en los márgenes realistas, o bien pudiera diseñar el contorno de una obra vanguardista si se dejara de tantas obviedades y no tratara de entremezclar una poesía de segunda categoría con novela policial. Un texto que no es fantasía ni realismo, ni simbolismo, ni verdadera política tal como nos la ofrece Rodolfo Santana sólo se obtiene un espectáculo monótono y aburridísimo. Y sobre todo exagerado. Unas exageraciones melodramáticas y falsas, que en lugar de subrayar la ferocidad de los personajes, los tornan ridículos, así como se torna ridículo todo el argumento. Este último, según parece se basa en hechos verídicos sucedidos en tiempos diversos y en lugares distintos. Esta La Farra sin parecerse a ninguna obra vanguardista en especial, se parece un poco a muchas. Hace pensar en Las monjas del cubano Manet, y en La orgía del colombiano Buenaventura. Y basta levemente recuerda La hija del capitán de Valle Inclán.

Para colmo este espectáculo ofrecido por el Teatro Triángulo de Venezuela, de una hora de duración, que se presenta en la Carpa Geodésica los viernes, carece de una dirección hábil y sólida. El humor negro no hace reír a nadie; los ritos que deben ser el corolario teatral de los asesinatos, no dejan impresión alguna. Moneo, Bongo, Pongo, nombres escasamente originales como la obra entera, son interpretados por Guillermo Acevedo, Leonardo Kosta y Carlos Converso, sin que supiéramos quién es quién porque el programa de mano no los cita según el personaje que representa cada quien, y por lo tanto imposible a cada uno separado. Mas, el único que puede considerarse como actor es él que interpreta al militar. Los otros dos apenas si son principiantes.

Por más que el público universitario tiene una predilección muy especial y marcada por los textos que llenan el escenario de gritos de rebeldía y sublevación, sin importarle mucho la calidad, pues en este caso el público brillaba por su ausencia, y la sala de Carpa Geodésica contaba con la presencia de 12 personas en total. Lo que prueba que es muy difícil engañar —con triángulo o sin él— hasta a quienes están poseído por la mejor voluntad del mundo.