FICHA TÉCNICA



Título obra Los acreedores

Autoría August Strindberg

Dirección Manuel Montoro

Elenco Salvador Sánchez, Ana Ofelia Murguía, Claudio Obregón

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Milán

Productores Universidad Veracruzana

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los acreedores de Strindberg”, en El Día, 11 abril 1979, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los acreedores de Strindberg

Malkah Rabell

Nada más difícil que repetir un gran éxito. Nada más problemático que el "después" de un triunfo. Buscar la obra que reemplace a la que se ha mantenido un tiempo prolongado en el escenario con el beneplácito de público y crítica, le ha quitado el sueño a más de un productor y el apetito a más de cien empresarios. He aquí el problema de Los acreedores de August Strindberg que se presenta en el teatro Milán bajo los auspicios de la Universidad Veracruzana. Esos Acreedores llegaron pisando los talones a Los emigrados, a esos maravillosos y únicos Emigrados de Mrozek. Y aunque por igual que en esta última obra también en el presente espectáculo la dirección se debe a Manuel Montoro —Premio a la Mejor Dirección de 1978—, y los dos protagonistas masculinos estén a cargo de los mismos intérpretes: Claudio Obregón y Salvador Sánchez —Premios a la Mejor Interpretación de 1978—, la lucha no es igual. La desigualdad empieza por el drama mismo. La obra del autor polaco no sólo es moderna por su estilo y por su contenido. Hay en ella algo de una actualidad universal que nos involucra a todos. Todos nos sentimos emigrados de alguna tierra, de algún mundo desconocido, de algún país lejano. Todos nos hallamos implicados en los problemas, en las vivencias de aquellos X y Z mrozekianos. En cambio, que poco nos liga a esa lucha de dos hombres por el amor de una mujer de Los acreedores, Strindberg en su tiempo fue un gran descubridor de mundos anímicos. Un Colón en busca de complejos ignorados que hoy son tierras habitadas por el conocimiento académico. Las grandes obras de Strindberg aún conservan su frescura y debido a su fuerza dramática hasta le perdonamos su odio a la mujer. En Los acreedores esta actitud de misoginia, de tanta superioridad masculina, realmente se nos hace imperdonable e insoportable. La mujer es una hechura del hombre. Si la mujer dio a luz al hombre físicamente, éste en cambio es su creador intelectual. La mujer le debe todo. El —en este caso ellos— son sus acreedores, los que tienen derecho a pedir el pago de una deuda, el derecho a exigir la gratitud. Y nadie más insoportable que el hombre —o la mujer— que reclaman gratitud a su cónyuge, por Dios sabe qué deuda pendiente. Hoy, muy pocas mujeres admiten semejante dependencia y si algunos hombres se creen acreedores de una deuda femenina, rara vez se atreven a proclamarla.

Indudablemente Strindberg fue, es, y seguirá siendo un gran dramaturgo, más aún, un genial autor dramático. Y este drama, aunque no puede considerarse de sus obras más importantes, no obstante con la máxima economía de medios, con elementos mínimos, crea una situación de acción única, de densa unidad, de fuerte contexto y sobre todo de tres personajes, cada uno con su personalidad definida, esculpido en la moldedura dramática, y con rasgos que sólo los grandes artistas y los grandes psicólogos descubren y definen.

Un hombre maduro dispuesto a todas las bajezas para vengar el abandono de su esposa; un hombre joven, un artista, que "no era más que un niño artista que ella ha educado"; y ella que fue la esposa del primero, ya madura, pero que debe ser atractiva aún, sugestiva y coqueta, y que se ha transformado en la esposa del segundo. En el primer personaje, Claudio Obregón es el gran actor de siempre, el hombre fuerte frente a su rival con el cual juega como el gato con el ratón; el hombre que se hace el inocente frente a la mujer a la cual espera despedazar; y por fin es el "Vengador". En tres actos, ostenta la ductilidad de tres máscaras diversas. El otro, el hombre auténticamente ingenuo, el que "... ha continuado de crecer en tanto "ella" ha dejado de hacerlo". El hombre sensible y débil. Para Salvador Sánchez, cuya línea interpretativa habitual es diferente, no ha sido fácil semejante caracterización, y en ello consiste su gran mérito. Aunque físicamente no es "el artista niño", logró convencer. No pasó lo mismo con Ana Ofelia Murgía, la excelente actriz de siempre aquí no logró crear el personaje, ni física ni interpretativamente. Tal vez quiso dar la imagen de la reserva nórdica, de su introversión. Pero, creo, que ni en Suecia una pareja de amantes pelean susurrando. Y lo que ofreció Ana Ofelia Murgía fue la pálida imagen de una mujer exangüe, fría, ella que por lo general es una actriz temperamental.

Los tres actos se desarrollaron en una escenografía hermosa de Guillermo Barclay, aunque algo falta de lógica; es difícil suponer que en un hotel de balneario se adapte un departamento a las necesidades de un artista de paso. Pero, la escena no es lógica, sino drama y belleza, y esa "buhardilla a la parisiense" fue muy sugestiva. Con un ritmo algo lento. pero para mi modo de ver muy emotivo, debido a la dirección de Manuel Montoro como todo en la representación: actuación y atmósfera, el drama de Strinberg dio lugar a una función interesante y hasta importante.