FICHA TÉCNICA



Notas Reflexión de la autora sobre el trabajo actoral.

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un actor: simbiosis de arte y personalidad”, en El Día, 29 octubre 1979, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un actor: simbiosis de arte y personalidad

Malkah Rabell

Creo imposible definir con retórica los rasgos de un gran actor. Tampoco creo posible definir fría y teóricamente las exigencias de un gran arte en cualquiera de sus manifestaciones. Hay algo de misterioso, de mágico, de inexplicable que se proyecta desde el escenario al público, desde el lienzo al observador, desde las páginas de una novela o desde los versos de un poema al lector, y los trastorna, los emociona sacude todas las fibras de su alma y de su mente. ¿Creación de un mundo en la novela, de ritmos en el verso, de sinfonía de colores en la pintura? ¡No lo sé! No obstante, en ese misterio creativo —casi tan inexplicable como el génesis del mundo, del universo, que en alguna época perdida en los tiempos de los tiempos nació de la nada—, en ese misterio de la creación artística, ciertos elementos pertenecen al reino de la lógica y pueden, como una fruta madura abrirse al bisturí del teórico o someterse al microscopio del estudioso.

Desde mucho me atormenta una interrogante debida más a la observación empírica que a la trabajosa repercusión de lecturas sabias. Siempre me ha resultado difícil concluir hasta qué grado, en el ámbito del teatro, un personaje interpretado se posesiona del intérprete, o es al revés, el intérprete que trasmite al héroe dramático sus propias vivencias. ¿Hasta qué punto la interpretación se posesiona del actor o bien, es la idiosincrasia del actor que se impone al personaje representado? La idea generalizada —y a menudo dramatizada— considera que la "simulación" del actor termina por "posesionarse", por apoderarse e instalarse como un dybuk, un espíritu malo, en la sique del intérprete. Diderot en su Paradoja del comediante, se burlaba de semejantes pretensiones. Daba como ejemplo del "alejamiento" consciente del actor, de su "simulación" el hecho de que mientras con tono trágico representa a un héroe, asomado a las bambalinas, irrespetuosamente intercambia chistes groseros con sus colegas. Para Denis Diderot la actuación es simulación pura y después del espectáculo "no queda en su alma ni turbación, ni dolor, ni melancolía, depresión. Sólo el espectador abandona la sala con esas impresiones. El actor queda con la fatiga y el espectador con la tristeza; aquél se fatigó sin sentir nada y éste ha sentido, pero sin fatigarse..." Hasta puede asegurarse que cuanta más tristeza logró el actor imprimir al público, tanta más alegría le causa, ya que es la mejor marca de su triunfo. En cambio, Stanislavsky trató de convertir del actor la vivencia del personaje interpretado, y según sus propias experiencias, a medida que más trataba de identificarse con sus interpretaciones, peor el actor resultaba. Posesionarse de sus personajes puede llegar a ser para el actor una actitud no sólo absurda, sino demencial, que presentaría para el intérprete gro de llevar a la autodestrucción.

Por lo tanto, según toda lógica, el actor "simula" y aunque se entregue con todo el cuerpo, el corazón, las tripas, las experiencias, los amores, los defectos, los recuerdos, las pasiones todo ello tiene que pasar por un estrecho control, por una crítica objetiva, por un dominio de sus facultades, en una palabra por el "distanciamiento", por lo que Brecht llama el "alejamiento". Pero no cabe duda que simular un sentimiento, un estado de espíritu o una pasión, no es un acto abstracto, una creación gratuita. No simulamos nada más que lo que somos. Decía Louis Jouvet: "No comprendes sino lo que llevas en ti mismo". Y Claude Roy agrega: "Los papeles son para les actores nada más que circunstancias artificiales que los obligan a convertirse en lo que ignoraban que eran" Y más adelante el mismo Claude Roy comenta: "Un gran actor es el caudal de posibilidades adormecidas, ocultas. que el rayo del proyector de la necesidad hace surgir... Cuando un actor desempeña un papel que ni ha elegido, ni sentido, no lo interpreta en absoluto. Su derroche vital es sólo comparable al del gran escritor que se pasa los días haciendo escrituras para ganarse la vida. El infortunio mayor para un artista es la alienación, hacer algo distinto de lo que se tiene necesidad de hacer, ser otro, que el que se siente ser...."

Pues no, no sabría definir qué es un gran actor. Por lo demás parece absurdo empeñarse en definir abstractamente lo que es grandeza en el arte. Así como es imposible definir qué es belleza en lo físico, tampoco es posible definir qué es perfección en la creación, y cada artista da sus propias dimensiones. Pero, algo más o menos correcto podríamos deducir: el actor es un resumen de sus conocimientos para "simular" y de su propio temperamento, así como de su capacidad de adaptarse a la simulación y en cualquier protagonista impondrá parte de su propio ser que nada tiene que ver con el original soñado por el autor. No se transforma en el personaje exigido por el dramaturgo si esta figura no tiene mucha similitud con su propia idiosincrasia. Si el actor durante parte de su vida representa personajes líricos, es que sin duda el lirismo se halla intrínseco en su manera de ser, pero también el lirismo de sus personajes termina por poner su huella imborrable sobre su propio temperamento; si un actor "hace" personajes simples y groseros, hay una buena dosis de grosería y simpleza en lo más hondo de su sique, empero también su idiosincrasia terminará por resentirse de la simpleza de sus interpretaciones. Se dice que un buen actor debe saber hacer de todo, que su temperamento histriónico ha de someterse a todos los cambios. Algo de cierto, o por lo menos de "profesional", hay en ello. Pero el personaje por completo alejado de su verdadero ser, de su auténtica manera de pensar y sentir, resultará falso y desagradable. En resumen, el actor, el gran actor o tal vez simplemente el actor, es una simbiosis de lo que entrega de si mismo a sus interpretaciones y lo que la interpretación le impone.