FICHA TÉCNICA



Notas Balance de una década teatro en la ciudad en México.

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un año heterogéneo de teatro: 1979 la dramaturgia nacional (I)”, en El Día, 31 diciembre, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Una década zigzagueante de teatro en México

Malkah Rabell

No es posible tener una visión exacta, determinada sobre el teatro en México a través de los últimos 10 años, porque en ese lapso, como en toda la historia de nuestro teatro, no hay —ni hubo— una línea recta de conducta, lo que llamamos de política teatral. Los éxitos y los fracasos van y vienen, cada año trae los suyos, que no se deben a una posición definida, reflexiva, sino a los azares de intervenciones particulares, en su mayoría de empresas privadas. No obstante, algo sí podemos observar. Por de pronto en lo que va de los últimos 3 o 4 años, la cartelera ha empezado a mejorar. Si en los años anteriores el 70 o el 80 por ciento se debía a espectáculos frívolos y hasta pornográficos, hoy, por lo menos el 50 por ciento se debe a teatro serio y de calidad. Y hasta las compañías comerciales —algunas— tratan, como avergonzadas, de mejorar su índole, de conseguir directores de escena con virtudes profesionales y de colocar en los papeles claves a figuras de prestigio, y hasta poner buenos actores en papeles secundarios. Otro rasgo de teatro de México, es que en los últimos 10 años ha duplicado su público, lo que puede explicarse por el aumento de la población, pero también por la instalación cada vez mayor de televisores en los hogares, hasta en los modestos, lo que ofrece a los televidentes la oportunidad de conocer a los actores escénicos y despierta en este espectador el deseo de conocer a sus intérpretes preferidos en vivo, en el foro. Otra razón de este aumento de público teatral probablemente se deba a un disminuido interés por el cine. Tercer rasgo consecuencia de las anteriores conquistas, es que los éxitos actuales pueden fácilmente sobrepasar las 100 representaciones, lo que difícilmente sucedía hace una década.

¿Cuáles fueron los máximos éxitos en esta década? Lo más visible fue el reinado de Manolo Fábregas en el dominio de la comedia musical. Y entre sus mayores éxitos, ya como productor, ya como director, se cuentan 40 kilates que inició la década en el teatro Manolo Fábregas, luego continuó con otro gran triunfo: El violinista en el tejado que llegó a las 400 representaciones; también se repuso en 1970 El hombre de la Mancha que contó con 300 funciones. Entre sus máximos triunfos como director, Manolo Fábregas contó con Gigí, obra basada en un texto de Colette, que llegó a representarse, entre 1974 y 1975, durante 6 meses, con Angélica María y Enrique Lizalde en los papeles protagónicos. Desde entonces, sólo El diluvio que viene, ya representado en su nuevo teatro San Rafael, obtuvo igual éxito y desde 2 años permanece en escena.

El único rival serio que Manolo Fábregas encontró a través de la década como productor de comedias musicales, fue Julissa. Y la única representación de Julissa en este género que pudo considerarse igual o tal vez superior a lo producido por Fábregas fue Jesucristo Superestrella. Pero representado en un teatro poco "calentado" e incómodo como el Ferrocarrilero no logró mantenerse mucho tiempo en el escenario.

Un teatro de repertorio ligero, que logró imponerse a través de la década, con una existencia permanente, temporada tras temporada, fue el Arlequín dirigido por la pareja Nadia y Antonio Haro Oliva, quienes llegaron ya a cumplir los 20 años en un trabajo continuado, cuyos resultados han sido crear un público fiel, que a menudo tiene la absurda seguridad que el único teatro existente en México es en donde aparece Nadia Haro Oliva.

Teatro serio

En cuanto a los teatros serios, se debían durante muchos años tan sólo esfuerzos esporádicos de empresas privadas, cuyos productores se pueden contar con los dedos de una sola mano. Entre ellos podemos citar a Rafael López Miarnau que durante muchos años dirigió su Club de teatro; a José Hernández, que nunca se detuvo ante el peligro de perder y cuyo último éxito es Los exilados: o grupos de directores y actores asociados, como fue el caso de Ignacio Retes con Enrique Lizalde, mancuerna que trató de imponer un teatro documental como Pueblo rechazado, El juicio o Los hijos de Sánchez, los tres de Vicente Leñero; o como el grupo de Manuel Montoro, Guillermo Barclay y Claudio Obregón, que montó Viejos Tiempos, de Harold Pinter, con una seriedad ejemplar y dio al director el premio por la mejor dirección de 1972.

Las obras serias rara vez conquistan una larga vida y un prolongado triunfo. Entre los raros éxitos que atrajeron un público más amplio se pueden citar El precio, de Arthur Miller, que puso en escena Rafael López Miarnau primero en el teatro Orientación, luego durante una corta reposición en el teatro Manolo Fábregas. El mismo director Rafael López Miarnau montó en 1971, con mucho éxito: El hogar del autor inglés David Storey. Otra temporada prolongada se debió a la dirección de Ignacio Retes con Los hijos de Sánchez, que atrajo un numeroso público y provocó acaloradas discusiones. Aunque de éxito menor, El juicio igualmente dirigido por Ignacio Retes, reveló en el papel de José de León Toral como a un gran actor dramático a un intérprete que acostumbramos ver en la pantalla chica como a un "villano": Aarón Hernán.

Compañía estatales

La Compañía Nacional de Teatro que suponemos aparecida hace 3 años, en realidad ya dio sus primeros pasos en 1972, creada por Héctor Azar bajo los auspicios del Instituto de Bellas Artes. Ya en aquel 1972, escribí que: "Sin duda una Compañía Nacional debe tener otra magnitud desde sus inicios, no se la puede formar con una media docena de actores ni tampoco con un solo director de escena. Pero más vale una Compañía Nacional pequeña con pocas posibilidades, que nada. Quizá con el tiempo ese conjunto, ese ensayo, logre ampliarse y adquirir más definitivo contorno". No me equivoqué del todo. Los esfuerzos que desplegó Héctor Azar casi sin apoyo y casi sin posibilidades económicas, se prolongaron durante varios años hasta desembocar en el año 1977, en la empresa estatal que conocemos actualmente, y la que pese a su falta de política definida, pese a ciertas debilidades, pese a ciertos fracasos, no deja de ser nuestra Compañía artísticamente más importante, donde los esfuerzos tienden a una unidad, ya de repertorio, ya de actuación y dirección escénica.

En aquel 1972, también tuvo lugar el primer Festival Cervantino en Guanajuato, y sobre todo bajo la dirección de Rodolfo Usigli y de Carlos Bracho se preparó la inauguración de la Compañía Popular de Teatro cuya finalidad consistía en dar a conocer a los autores nacionales nuevos y a reponer a los ya conocidos. Idea excelente que lamentablemente por falta de experiencia y tal vez por sobreponer los intereses particulares a los del conjunto, tuvo un triste fin.

Desde entonces, se ha creado El Teatro de la Nación —1977— que junto con la Compañía Nacional son los dos teatros estatales que conforman la imagen de nuestro teatro en el campo de las creaciones serias.

(Continuará)