FICHA TÉCNICA



Título obra El gesticulador

Autoría Rodolfo Usigli

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Carlos Ancira, Virginia Manzano, José Alonso, Augusto Benedico, Jorge Fink, Manuel Guízar, Javier Sije, Mario García González

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El gesticulador: ¡un triunfo!”, en El Día, 10 octubre 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El gesticulador: ¡un triunfo!

Malkah Rabell

¡Fue un miedo desprovisto de razón! Temíamos a Carlos Ancira en el papel de César Rubio y a Rafael López Miarnau en la dirección de la obra dramática, política y sicológicamente más perfecta de Rodolfo Usigli. ¡Y nos equivocamos! ¡Nos equivocamos en ambos casos! ¡Quizá no fue exactamente la adaptación al escenario del pensamiento original! Quizá tuvo leves cambios. Pero el público aceptó y se entusiasmó con la puesta en escena muy elaborada y muy inteligente de López Miarnau, así como con la actuación de Carlos Ancira.

El director no cambió nada en el texto ni en los sucesos dramáticos. Y no obstante daba la impresión que algo varió en la personalidad de César Rubio. Sobre todo desde el punto de vista anímico. El catedrático César Rubio, adquirió una tendencia de soñador, de imaginativo, de buscador de quimeras y de fantasías. Daba la impresión de que Elena, su esposa, al controlar sus pasos y s u s intercambios de ideas con su colega norteamericano, Oliver Bolton, lo hacía sobre todo porque le conocía a su cónyuge una exagerada tendencia de tomar sus fantasías por realidades. Al leer la obra, o al ver a otros intérpretes en el mismo papel. Nunca se me hubiese ocurrido semejante versión, que empezó a tomar visos de realidad en la actuación de Carlos Ancira.

Tampoco este nuevo César Rubio se transformó en otro en el tercer acto, tal como siempre... lo habíamos supuesto. El triunfo y el endiosamiento de la multitud ... al tomarlo por el héroe asesinado, por el general de igual nombre César Rubio, no lo transforman. Sigue siendo el soñador, el profesor César Rubio que reconoce en sí mismo una cantidad de virtudes que los auténticos generales y políticos no poseen. El "Gesticulador" no es él, sino quienes lo rodean, como lo proclama en un apasionado parlamento: "Puede que yo no sea el gran César Rubio ... ¿Pero, quién es cada uno en México? Donde quiera encuentras impostores, simuladores; asesinos disfrazados de diputados, ministros disfrazados de sabios, caciques disfrazados de demócratas, charlatanes disfrazados de licenciados, demagogos disfrazados de hombres. ¿Quién les de cuentas? Todos son unos gesticuladores hipócritas... Sé que puedo hacer bien a mi país... que tengo en un solo día más ideas de gobierno que tú en toda tu vida... Empecé mintiendo, pero me he vuelto verdadero, sin saber cómo, y ahora soy cierto..."

El enjuiciamiento de la Revolución que, a Usigli le ha costado no pocas enemistades, se hace en la dirección de López Miarnau muy sutil. El público se ríe porque entiende muy bien las alusiones, sin que nadie caiga en exageraciones, en actitudes caricaturescas. Nada en su dirección se debe al azar, todo está minuciosamente pensado. Si César Rubio desvela el pasado, su hijo, Miguel, ya busca una nueva verdad. La verdad, simplemente. Y es él quien termina el drama. El padre muere asesinado. Pero la nueva generación seguirá un camino de vida renovada.

Y bajo esa dirección elaborada e inteligente, todos los actores parecen como nacidos para sus determinados papeles. Hasta Virginia Manzano en el personaje de Elena, la esposa de El gesticulador, logra dominar su eterna sobreactuación José Alonso como el hijo, el estudiante, resulta espléndido, Es —creo— su actuación más perfecta en su carrera de joven actor. En el episódico papel del profesor norteamericano, Augusto Benedico hizo una breve creación, estupenda de naturalidad. Igualmente perfectos son Jorge Fink, Manuel Guízar y Javier Sije en sus figuras de políticos de la vieja escuela, con la pistola al cinto, y mucha demagogia, aunque en el joven Salinas hay cierta dosis de honradez, y en el no menos joven Guzmán hay una cierta dosis de sentimentalismo, pero sin exageraciones, naturales en sus actitudes donde la falsedad se mezcla con la sinceridad, y los intereses personales con la fe en el caudillo. Ni siquiera Mario García González, como el "general" Navarro, fue exagerado en su figura de asesino transformado en jefe militar de la política de su tiempo. Uno de esos "héroes" de la Revolución cuyas ambiciones y exabruptos había de soportar el pueblo.

Y pensar que Rodolfo Usigli, el dramaturgo que "tanto tiempo estuvo enojado con nosotros", es decir con todo el mundo, no pudo asistir a esta representación de homenaje que la Compañía Nacional de Teatro llevó al escenario del Jiménez Rueda. Homenajes que se llevan a cabo cuando e1 interesado ya no está para presenciarlos.