FICHA TÉCNICA



Título obra Isabel de Inglaterra

Autoría Ferdinand Bruckner

Notas de autoría Carlos Solórzano / adaptación

Dirección Ibáñez, José Luis

Elenco Ofelia Guilmáin, Fernando Larrañaga, Rafael Llamas, Sergio Klainer, Eduardo Liñan

Escenografía David Antón

Música Alicia Urreta

Vestuario Jarmila Masserova

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Isabel de Inglatera, un bello espectáculo”, en El Día, 30 julio, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Isabel de Inglaterra, un bello espectáculo

Malkah Rabell

Por fin, después de muchos incidentes y accidentes, de muchas intenciones de alzar el telón y volverlo a bajar de cambiar de sindicato, en una atmósfera dramática, por fin se abrió el telón del teatro Hidalgo, con 33 personajes en el escenario, entre quienes; brillaban sobre todo Ofelia Guilmáin, en el papel protagónica de la reina de Inglaterra. Isabel, título del drama del dramaturgo austriaco fallecido en 1952, Ferdinand Bruckner, adaptado por Carlos Solórzano quien redujo los 5 actos originales a 2 tiempos.

A Ferdinand Bruckner lo hemos conocido en México especialmente por La enfermedad de la juventud, representada en la década del 40 por María Tereza Montoya bajo la dirección de Xavier Villaurratia, y hace poco por un grupo universitario en la puesta en escena de José Caballero en el CUT. Obra que en su época fue motivo de escándalo en su propio país, alegato que el autor prolongó en Die Rassen que lo obligó a exiliarse al subir Hitler al poder. Entre sus obras que recurren a grandes figuras históricas se encuentran Napoleón I, Simón Bolívar y esta Isabel de Inglaterra motivo de tantos dolores de cabeza para el Teatro de la Nación. Tal vez no sea una obra de mucha fuerza dramática. Más bien basada en diálogo que en conflictos y en acción. Su apoyo son elementos históricos e ideas políticas que aún siguen válidas, como las que enfrentan a la reina de Inglaterra al monarca español, Felipe II, enemigos en la religión y rivales en el poder de los mares, representadas escénicamente a través de un íntimo diálogo en áreas distintas. Enfrentamiento que desemboca en una guerra de la cual la "minúscula" Inglaterra —como la llama la reina— sale victoriosa ante la poderosa armada española, como rara justificar la sentencia de Bruckner: "La injusticia es siempre vencida por la violencia que ella misma creó". Sentencia que actualmente se hace luz en más de un acontecimiento político que mañana hará parte de la historia.

En cuanto al conflicto emocional, el drama recurre al conocido "idilio" —si puede llamárselo así— que unió a una reina envejecida a su seductor vasallo, el Conde de Essex, quien, según apunta André Maurois en su Historia de Inglaterra: "embriagado por el sentimiento turbio que la reina le profesaba, que aunaba la protección maternal a la ternura y a la sensualidad, alentado también por una gloriosa expedición a Cadix que hizo de él un ídolo del pueblo, se hizo intolerable". Basándose en esas características transmitidas por la historia, Bruckner construye su personaje con rasgos bastante verosímiles, hasta el momento de su fin, cuando es decapitado en la Torre, fin de una vida brillante y ambiciosa que es —tanto según Maurois como según Bruckner—, '"humilde y devoto".

En el complejo personaje del Conde de Essex, cuyo auténtico rostro se pierde en su doble juego, en una época cuando descubrir la verdad de un alma era como buscar su propia pena capital, Fernando Larrañaga crea una figura agradable, de dicción clara y actitudes convincentes, aunque tal vez algo carente de fuerza dramática. Dramatismo que en cambio le sobra a Rafael Llamas, que hace gala de su experiencia en crear caracteres, en el papel de Felipe II ya anciano, enfermo y moribundo. Con no menos matices crea Sergio Klainer a Roberto Cecil, el ministro de la reina, en una excelente actuación de medio tono. Un lunar excesivamente visible en el reparto fue el de Francisco Bacon, interpretado por un actor como Eduardo Liñan que ni posee la presencia necesaria para tan resplandeciente personalidad, ni la capacidad histriónica. Desde luego, la interpretación histórica que da a esa figura el dramaturgo, considerándolo un vil traidor ya pertenece a otro dominio, que puede ser o no aceptada por el espectador.

En cuanto a Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen, Bruckner no agrega nada novedoso a lo que de ella sabemos y Ofelia Guilmáin, sin llegar a sublimes alturas, fue perfecta. Su voz de contralto se prestaba mucho a ese "temperamento viril". como solían considerar a su reina los ingleses, pese que fue debido a su condición de mujer que siempre se opuso a las guerras; el sentido del humor y el don de la comicidad que la Guilmáin sabe espléndidamente barajar con el dramatismo, le ha sido de gran utilidad para dar el tono exacto, ya frívolo, ya patético, ya alegre ya serio, con entusiasmó al público, en las diversas facetas de su difícil personaje.

Una escenografía funcional que a veces logra tonos poéticos, debida a David Antón, y un espléndido vestuario de Jarmila Masserova, completó este espectáculo límpido, austero y de ritmo certero, en la puesto de escena de ese muy talentoso director: José Luis Ibáñez, aunque muchos de estos valores sin duda se deban a la anterior intervención directiva de Rafael López Miarnau, quien hubo de abandonar su labor motivado por el conflicto.