FICHA TÉCNICA



Título obra Ricardo III

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Clifford Williams / adaptación

Dirección Clifford Williams

Elenco Flora Carreón, Miguel Córcega, Otto Sirgo, Joaquín Cordero, Yolanda Mérida, Germán Robles

Música Alicia Urreta

Vestuario Abdelkader Farrah

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ricardo III y la actualidad”, en El Día, 13 agosto 1979, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Ricardo III y la actualidad

Malkah Rabell

Es ante una puesta en escena tan clásica y tradicional como la realizada por Clifford Williams con Ricardo III para la Compañía Nacional, que de repente nos embarga la añoranza por las "locuras vanguardistas", por los hallazgos estrambóticos, a veces bellos y otras Mera de lugar, de los directores jóvenes y rebeldes. Pero a mí, esta nostalgia sólo me duró 15 minutos, el primer cuarto de hora de la iniciación de la tragedia de Shakespeare, cuando en la escena se presenta Lady Anne, siguiendo el ataúd de su esposo, asesinado por el duque Ricardo de Gloucester, y en el papel de la viuda del príncipe de Gales aparece una joven actriz, Flora Carreón, carente de la prestancia física y de las dotes dramáticas que semejantes figuras exigen en el teatro clásico. Por fortuna ésta fue su única aparición prolongada.

Y de inmediato la tragedia continuó en el foro, y el texto shakespeariano nos atrapaba, nos envolvía, y le agradecíamos a la tradicional puesta en escena del director inglés huésped, magnífica en su peculiar estilo, que nos permitía escuchar cada palabra, captar el sentido de cada frase de esos largos parlamentos amasados con ideas y sangre. Y no hacía falta entretejer los escritos del genial isabelino con los conceptos del autor de Shakespeare nuestro contemporáneo, de Yan Kott, para que nos diéramos cuenta y nos convenciéramos que Shakespeare es efectivamente un escritor actual, cuya visión de la historia de su tiempo puede muy bien aplicarse al nuestro. Toda su obra nos lo grita paso a paso. Especialmente en este Ricardo III cuyos actos son los de todos los dictadores, de todos los tiranos, de los monstruos de todos los tiempos y del nuestro en particular, que llegan al Poder para dominar y anular la voluntad de sus pueblos. Y en torno de ellos, como en torno de Ricardo III, la sumisión de los vasallos, de los colaboradores, admite todos los crímenes. Hombres que ayudan a los asesinatos para a su vez ser asesinados.

El escritor polaco, Yan Kott, en toda su obra: Shakespeare nuestro contemporáneo, repite la imagen de la Gran Escalera de la Historia, que nunca falta en las tragedias shakespearianas, escalera que es el símbolo del Gran Mecanismo del Poder, que cuando lleva a los vengadores, a los justicieros, a la cima, al trono, al Poder, los transforma a su vez en monstruos, iguales a quienes han combatido. Hasta que ellos mismos e vuelven víctimas del Mecanismo. Según Yan Kott, en la primera parte de la tragedia, Ricardo III es un príncipe inteligente, maquiavélico, para quien la política es un arte cuya finalidad es el reino. Pero a medida que va subiendo la escalera se vuelve más y más pequeño —yo diría más y más monstruoso— corno si el gran Mecanismo se hubiese apoderado de él y lo hubiese tragado. Hasta que deja de ser verdugo y también él se vuelve víctima.

Y Clifford Williams hace uso de la simbólica escalera en gran parte del segundo acto, acelerando aún más el transcurso de los acontecimientos, que de 5 actos se adaptan a 2. Ricardo III, que con su figura entre grotesca y trágica y con sus innumerables cadáveres, fue uno de los modelos más seguidos por los románticos en su creación del "drama romántico" —que hoy más bien llamaríamos "melodrama"—, en manos de Williams, sin llegar a lo intelectual seco y aséptico, tampoco adquiere rasgos melodramáticos. El director inglés trata de conservar el equilibrio entre el pensamiento y la emoción, entre el miedo y la objetividad, entre lo austero y lo truculento. Williams nos descubre a un Shakespeare que ha dado a las pasiones una conciencia íntima, para quien la crueldad ha dejado de ser únicamente física y abarca el infierno moral.

En medio de una escenografía aterradoramente severa y oscura, que recurre a un mínimo de elementos, con un vestuario no menos severo y oscuro, que muy pocas veces abandona el negro, ambos bellísimos y terribles, que pertenecen a Abdelkader Farrah, la atmósfera trágica adquiere mayor horror. El movimiento de los 40 personajes, plásticamente bellos pero nunca con excesos de coreografía, mantiene a todos los actores en una homogénea disciplina. Nuestros actores locales, pese a su poca tradición shakesperiana, han hecho una loable corrección en sus diversos caracteres, destacándose sobre todo Miguel Córcega, Otto Sirgo y Joaquín Cordero por la claridad de sus dicciones y la comprensión de sus papeles. En especial Yolanda Mérida en su aparición episódica de la Reina Margaret viuda del Rey Henry VI, mereció un caluroso aplauso al abandonar el escenario. En cuanto a Germán Robles, en la figura protagónica de Ricardo III se hace difícil opinar. Sin duda es un excelente actor, pero NO un gran actor. Hizo todo lo que puede hacer un actor de clara dicción, de muchos matices, de una figura correcta para las necesidades de cualquier repertorio y que conoce las técnicas corporales. Y sin llegar a entusiasmar en ese increíblemente complejo personaje del rey-monstruo, logró sostener el carácter sin caer jamás en melodramatismos o exageraciones. Y eso ya es mucho