FICHA TÉCNICA



Título obra Así en la tierra como en el cielo

Notas de Título Das hellige experimenta (El experimento sagrado título original)

Autoría Fritz Hochwalder

Dirección José Solé

Elenco Joaquín Cordero, José Alonso, Carlos Ancira, Augusto Benedico

Escenografía Humberto Figueroa

Música Alicia Urreta

Vestuario José Solé

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Así en la tierra como en el cielo: en la CNT”, en El Día, 10 noviembre 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Así en la tierra como en el cielo: en la CNT

Malkah Rabell

Obra que más interesa por sus valores documentales que por los artísticos, el drama del autor austriaco: Fritz Hochwalder: Das Hellige Experimenta (El experimento sagrado) —conocido en la traducción castellana como Así en la tierra como en el cielo— lleva al escenario la historia de la expulsión de los jesuitas del Paraguay. A través de las vicisitudes dramáticas, la obra da una visión bastante clara de las razones auténticas que llevaron tanto a la monarquía española como a los hacendados y mercaderes de la colonia, a declarar "criminales" a los padres jesuitas, acusándolos de infidelidad a la corona, de practicar la usura y de mantener a los indios en esclavitud. El auténtico "crimen" de la orden era defender a los indios, darles refugio en sus tierras, asegurarles la alimentación y así quitarles a sus siervos a los colonos. El "crimen" fue hacer competencia al comercio español, y como el mismo obispo de Buenos Aires declara: "Se convirtió a los indios no en cristianos, sino en materialistas". Es decir que el verdadero cristianismo debía ser para los indios sufrir en la tierra y esperar la recompensa en el cielo.

Aunque esta obra fue estrenada en 1943, cuando el autor ya contaba más de 30 años, y aunque el autor mismo, nacido en 1911, se formó al lado del expresionista alemán Georg Kaiser, Hochwalder impuso a su obra los cánones dramáticos del Siglo XIX, que hacen la obra bastante monótona. Su interés crece en el segundo acto cuando adquiere una fuerza épica en el momento cuando los indios, encabezados por uno de los padres, aún joven y rebelde, Ladislao Oros, se aprestan a la resistencia, lo que sólo acarrea su muerte, y al padre Oros lo conduce ante el pelotón de fusilamiento. Tampoco la dirección de José Solé ofreció nada novedoso, y se antojaba algo falta de fuerza.

Entre los personajes del reparto figuran Joaquín Cordero, que nada de especial ofrece en la figura del padre provincial. Personaje que en la interpretación de Cordero no logra transmitir todo el dramatismo místico de su lucha consigo mismo, aunque su dicción es perfecta. Más convincente resulta José Alonso como el padre Oros, pero también trátase de un papel más dinámico y menos coloquial. Carlos Ancira en el papel de Lorenzo Quirino, el delegado del general de la Orden, en el fondo mucho más preocupado por los intereses económicos de su país que en imponer "experimentos celestiales" en la tierra, no tiene más que una sola aparición, aunque ésta no deja de ser interesante, Este hombre que apoya el edicto real porque: "En holocausto del éxito superficial nos hemos enredado en las redes del poder... Pero Dios no es un político" (cuando la política no le conviene), interpreta bastante a las claras tanto la obra del autor austriaco como la situación histórica por la cual atravesaba la Orden. En el papel del visitador del rey de España, Augusto Benedico subraya con fineza las distintas facetas de este complejo carácter, que comprende y en el fondo se siente atraído por el experimento de los padres jesuitas, pero que no tiene otro remedio que imponerles todo el peso de la ley y de la voluntad monárquica. Y cuando exclama: "Hemos alcanzado nuestro propósito. El reino de Dios se ha pasado al diablo", no lo dice en tono triunfal, sino con mucha, muchísima amargura. Y el diablo para él, es la ley que impone la supresión del reino de Dios. Son excesivamente numerosos los protagonistas para mencionar a todos, pero no podemos olvidar a Fernando Mendoza quien es, tal vez, el único personaje que le da a la obra un leve toque humorístico. Mas, aunque desfilan por el foro 35 personajes, no obstante, el escenario a menudo parece vacío y se antoja que faltan "masas" tanto entre los indios como entre los soldados. En cambio es muy hermosa la música de Alicia Urreta que sirve de fondo a la acción; muy sugestiva la escenografía de Humberto Figueroa con su amplitud conventual, y muy colorido el vestuario del propio José Solé.

Tema del poder y del choque entre voluntades, entre los que pretenden servir a Dios y los que hablan en nombre de los intereses humanos, económicos y políticos, el drama, pese a su falta de dinamismo y de argumentos sicológicos y sentimentales, y hasta a su falta de figuras femeninas, parece interesar y mantener inmóviles durante más de 2 horas a ese público nuevo que la Compañía Nacional de Teatro ha logrado crear y atraer en el corto transcurso de su existencia.