FICHA TÉCNICA



Título obra Pedro y el capitán

Autoría Mario Benedetti

Dirección Atahualpa de Cioppo

Elenco Rubén Yáñez, Humberto Ribeira

Espacios teatrales El Galpón

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Pedro y el capitán en el Galpón”, en El Día, 18 abril 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Pedro y el capitán en el Galpón

Malkah Rabell

Dos horas —o tal vez más— de representación que mantienen al espectador en una tensa inmovilidad, en una dolorosa introversión. Dos actores en el escenario, con su actuación medida, que, pese a referirse a un tema tan sangriento como un torturador y un torturado frente a frente, nunca lanzan un grito, nunca alzan la voz, nunca exhiben una mueca de dolor o una gota de sangre. Dos actores, en el foro, que logran expresar con toda veracidad a sus difíciles personajes, sin exageraciones, sin granguiñolismos en los cuales fácilmente hubiesen podido caer, sin melodramatismos excesivos, y quienes, así, nos emocionan, nos desgarran, sin destrozar nuestros nervios y sin ponernos al borde de una crisis cardiaca, como deja suponer la lectura del texto de Mario Benedetti. Dos actores: el capitán, el verdugo, interpretado por Rubén Yáñez; y en el papel de la víctima, Humberto Ribeira, quienes en nos protagonistas han llegado a la altura de grandes intérpretes. Espectáculo al cual la dirección de Atahualpa del Cioppo supo dar la difícil mesura del arte, entretejiendo ese diálogo de 2 seres tan distintos, con poemas igualmente de Mario Benedetti, que introducen como una bocanada de aire en la densa situación, una mayor ternura en la figura de Pedro, y una íntima poesía en todo el drama.

Algunos espectadores han tratado de demostrarme que desde el punto de vista sicológico y hasta lógico, el texto de Mario Benedetti no es del todo convincente. Se les hacía difícil de creer que el capitán —ese tradicional torturador "bondadoso", que todas las policías del mundo mantienen en sus filas burocráticas, el hombre que tiende a la víctima un cigarrillo en el momento más crítico y le habla humanitariamente cuando la tortura ya hizo su tarea destructiva— pues se les hacía difícil creer que ese oficial de la policía por cuya oficina pasan centenares de presos, llegue en su desesperación por obtener informes —que para él son como su razón moral de ser y de pertenecer a un cuerpo de verdugos— a ponerse de rodillas ante su víctima y admitir blandamente que el otro lo tutee en tanto él mismo empleó la segunda persona del plural para dirigirse a su preso. Hasta se les hacía difícil de creer en tanta resistencia heróica de un torturado que en medio de las peores torturas conserva su humor y su deseo de discusión. Algo de verdad tienen tales opiniones. Si mal no recuerdo Sartre pone en boca de uno de sus personajes de Muertos sin sepultura la exclamación: "Felices quienes en toda su vida nunca han tenido que aprender hasta dónde puede llegar la cobardía de uno mismo" ¡Una de esas extraordinarias verdades sartrianas! Pero recordemos que la historia humana está repleta de casos heroicos, de seres tan débiles como todos nosotros que han encontrado la fuerza de resistir al fuego y al látigo para defender sus ideas y sus causas.Además no olvidemos que el teatro no es sicología ni lógica, es drama, es dramatismo que ha de convencer. Y personalmente me ha convencido, he quedado "atrapada" tanto por Pedro como por el capitán. Casi diría que el personaje de mayor interés, de mayor unidad y fuerza dramática es precisamente el capitán, con su miedo a sus amos y a quedar convertido a su vez en la víctima, y con su íntima repugnancia por su trabajo. Es también un papel mucho más importante, ya que el texto a menudo se reduce a un monólogo pronunciado por el capitán y escuchado en silencio por ese personaje destrozado por la tortura y cubierto el rostro por una capucha.

Pero este drama, más bien esta tragedia, tan actual y tan permanente, tan local y universal a la vez, nos lleva más allá del teatro y del escenario; nos enfrenta a una terrible realidad que nadie puede negar: todas las policías del mundo entero, llámense como se llamen, y pertenezcan al régimen que sea, (desde los gorilas y los nazis hasta los demócratas, desde los liberales hasta los socialistas), todos, absolutamente todos emplean la tortura. Los hombres de nuestro siglo, nuestros contemporáneos, han logrado llegar a la Luna, han tratado de transformar el mundo y están hablando de transformar la sociedad. Lo único que no les importa transformar es la moral del hombre, su corazón. Y mientras un hombre pueda impunemente torturar a su hermano el hombre, no será más que una bestia, y aún el nombre de bestia le quedará grande. Porque el animal nunca ha empleado la tortura contra sus congéneres.