FICHA TÉCNICA



Título obra La clase muerta

Autoría Tadeusz Kantor

Dirección Tadeusz Kantor

Elenco Susana Alexander, Enrique Becker, Bruno Bichir, Rafael Sánchez Navarro, Patricia Ancira

Grupos y compañías Grupo Cricot 2, de Polonia

Productores Tadeusz Kantor

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La clase muerta, con el grupo de Polonia: Cricot 2”, en El Día, 10 marzo 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La clase muerta, con el grupo de Polonia: Cricot 2

Malkah Rabell

¿Qué es la Clase muerta? ¿Quiénes son sus componentes? ¿Clase escolar o clase social? Indudablemente ambas cosas. Y muchas, muchas cosas más. ¡Clase burguesa, clase religiosa, clase racial desaparecida, infancia desaparecida! ¿Pero es realmente necesario saber de qué se trata y a quién representan esos ancianos sentados ante sus viejos pupitres escolares, arrastrando trás sí los cadáveres de su infancia? Los simbolistas solían decir: mejor que comprender es sentir, Y todo el espectáculo de Tadeusz Kantor, director de escena, fundador y productor de su propio teatro "autónomo", Cricot 2, toda su representación se funda, se basa, se enrosca, se envuelve en la emoción. Kantor trata de crear una esfera emocional contra todas las convenciones, sin preocuparse por el sentido de lo que expresa, ya que según sus propias palabras, desde el punto de vista realista ese espectáculo nada quiere decir. Y la emoción nos embarga desde la primera escena, desde la aparición de unas cuantas filas de viejos pupitres, cuando empieza el juego de la ilusión. Y nada más impactante, nada más emotivo que esta ronda de ancianos con sus extrañas vestimentas negras, que giran y giran en torno de los viejos pupitres y de los viejos libros disecados, convertidos en polvo, al son de un vals polaco muy popular. Música y actitudes que al repetirse una y otra vez en el transcurso del espectáculo crean una atmósfera singular. Kantor emplea imágenes y objetos que han empleado decenas o tal vez centenas de artistas, en quienes tales gestos, actitudes e imágenes han molestado. ¿Quién de los jóvenes vanguardistas no ha desnudado a sus intérpretes, y quienes de ellos no han subido un retrete al escenario? ¡Vanas audacias que molestaban, cuando no repugnaban! Basta que venga un gran artista, tal vez con algo de locura genial, y haga lo mismo, y esos detalles se transforman en partes integrales de la representación, Que a veces nos hacían reír y otras veces llorar. ¡Llorar! No llegabamos a las lágrimas, pero éstas constantemente estaban a punto de rodar. En todo el transcurso de esta Clase muerta no dejabamos de estar desgarrados por este espectáculo desgarrador donde un hombre un artista, un gran artista que pretende no decir nada, evoca sus viejos recuerdos pasado, de un niño polaco nacido y educado en Krakovia. Y aunque Kantor se niega al realismo, todo es real en esos ancianos que "cargan con pequeños niños, como pequeños cadáveres... algunos inertes, que se ladean, aferrándose con un movimiento desesperado, colgándose, arrastrándose...". Y de su memoria de niño nacido en una parte de Polonia que antiguamente perteneció al Imperio Austro-Húngaro, surgen los recuerdos que sólo en esa parte de Polonia pudieron ser reales, con su bedel que canta el himno nacional austriaco: "Oh, Dios, asiste a nuestro Emperador" que era un símbolo en boca de sus abuelas, y con sus castigos "como modelos geométricos trazados con tiza en la pizarra". Tal vez los amigos vanguardistas de Kantor que le reprochaban haberse vuelto realista en detrimento de la vanguardia, no se equivocaban del todo. Pintor a la vez que hombre de teatro, Kantor usa objetos verídicos en sus cuadros –según la voga de hace algunos años– y también los usan en sus realizaciones escénicas. Los objetos tienen para él la máxima importancia. Hasta los personajes mismos se vuelven objetos. Se desdoblaban en marionetas, ellos mismos se vuelven muñecos de trapo con gestos y movimientos de títeres. En su reparto los personajes son nombrados por los objetos que cargan: "Una mujer con una cuna mecánica" o "un viejo con una bicicleta" Y por todas partes hay objetos mecánicos que parecen dispuestos, para torturas medievales. Aunque Kantor considera lo más importante la emoción que su juego crea, da no obstante muchas explicaciones en su programa de mano. Hasta, tal vez, un exceso de explicaciones. Quizá porque sabe que el público ama lo que entiende. Pero yo prefiero lo incomprendido, lo algebraico, como ese 2 adherido a la palabra "Cricot" y que se debe a algo muy simple, a la segunda aparición de un teatro Cricot, que ya existió en Krakovia en el año 1930. Yo prefiero lo incomprendido de este espectáculo que me llegaba, como un golpe seco en el pecho me sacudía hasta las últimas fibras. Y si Kantor mismo se hallaba todo el tiempo en escena, por razones que sólo él conoce, a mí se me hacía como si fuera un director de orquesta al frente de una filarmónica. Cricot 2 se va, pero su recuerdo quedará aún mucho, mucho tiempo entre nosotros, y su influencia sobre gente de teatro no dejará de sentirse muy pronto.