FICHA TÉCNICA



Título obra Las memorias de Raquel

Notas de autoría Jacques Kraemer / adaptación teatral; Gerard Huillier /traducción

Dirección Gerard Huillier

Elenco Susana Alexander, Patricia Ancira, Rafael Sánchez Navarro, Odiseo Bichir, Enrique Becker; Maricruz Nájera

Espacios teatrales Teatro de la Alianza Francesa

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Las memorias de Raquel”, en El Día, 13 junio 1979, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Las memorias de Raquel

Malkah Rabell

Las memorias de Ana Frank no fueron ni las primeras ni las últimas en su género. Antes de aparecer el Diario de la adolescente judía de origen alemán-holandés, ya se había publicado el libro de Mary Berg: El ghetto de Varsovia, memorias de una muchachita de 18 años que había vivido todo el horror del Ghetto de la capital polonesa. Hace unos veinte años fueron descubiertos cinco cuadernillos escolares con letra infantil que narraba la historia de un niño de 12 años, Davidek Rubinowicz, cuyo cadáver no tiene tumba; diario que en México fue publicado bajo los auspicios de la Embajada de Polonia, con una introducción —si no mal recuerdo— de José Emilio Pacheco. Las memorias de Raquel, que en la dramatización de Jacques Kraemer se presenta actualmente en el teatro de la Alianza Francesa de Polanco, por una Compañía encabezada por Susana Alexander, se viene a agregar a la multitud de documentos del mismo tenor que han permanecido ignorados por el público más amplio, encerrados entre dos archivos históricos. Testimonio cuyos datos hace mucho dejaron de ser nuevos, para los interesados en saber la verdad ya son bien conocidos, y para aquellos que han cerrado los ojos y protegido los oídos con algodones de la propaganda nacionalsocialista, permanecen, y permanecerán, ignorados, considerados inventos y fantasías de los "malvados judíos y enemigos del III Reich". No obstante, estas Memorias de una jovencita del Ghetto de Lodz, un ghetto especialmente cruel, que ha sobrevivido por milagro después de la liquidación del mismo, y después de haber perdido a todos los miembros de su familia, sirve para recordar lo que significaba —y lo que significa— el símbolo de la swastica.

Y así, sobre el breve escenario del teatro de la Alianza Francesa aparece un hogar encerrado por los muros de piedra y de alambres de púas del Ghetto de Lodz, a los cuales el traductor de la obra y director de escena, Gerard Huillier, dio faceta de vitrales con diseños basados en Chagal, lo que transforma esa habitación donde se hacinan seis personajes en la miseria, el hambre y el miedo, en un foro donde se introduce, por encima de la atmósfera sofocante del ghetto, un soplo de aire de libertad y de espíritu universal. Esa habitación sofocante se torna una especie de templo simbólico. Esos vitrales chagalianos son indudablemente un hallazgo original y muy apropiado.

Seis personajes en el escenario: tres jóvenes y tres personas ya maduras, dos mundos frente a frente. Uno que trata de encarar al enemigo a como de lugar, aunque sea con las manos vacías, aunque sea para encontrar la muerte inmediata, pero digna —serán los que más tarde se levantaron en armas en el Ghetto de Varsovia, el primer levantamiento durante la guerra en territorio ocupado—, los otros, padre, madre y tía, son los símbolos de una generación que estaba acostumbrada de agacharse, y que pensaba salvar sus vidas por medio de la sumisión y del silencio... Se equivocaron. pero la autora de esas Memorias nos los muestra en sus grandes valores humanos, sobre todo la Tía Ruth, que trata de salvar la moral de su familia con su ficticia alegría y su constante buen humor, y que muere igual que todos.

En el papel de Ruth, Susana Alexander creó un personaje inolvidable, con una actuación igualmente inolvidable. Actriz aún joven, y acostumbrada a interpretaciones jóvenes, se mantuvo permanentemente fiel a su carácter, con constantes hallazgos que subrayan las características de esa Ruth imaginativa, llena de fantasías. En el episodio donde da vida a un chico, es donde especialmente dio muestras de su capacidad de transformación. Es posiblemente el episodio más bello y más significativo del drama, donde el enemigo ofrece una muestra de humanidad, donde el hombre, pese a su uniforme, conserva su rostro humano y tiende una mano de solidaridad secreta a quien está obligado a torturar.

En torno a la figura central, todo el conjunto, bajo la dirección de Gerard Huillier, es excelente. Patricia Ancira como Raquel es deliciosa; Rafael Sánchez Navarro y Odiseo Bichir, naturales y espontáneos en su juvenil rebeldía; Enrique Becker, como el padre muy bien caracterizado y convincente, igual que Maricruz Nájera en el papel de la madre.

Lo único que me resultó un poco extraño es la publicación en el programa de mano de una antigua canción de cuna con nueva letra nacida en el ghetto, en tanto no publican la letra. del Himno de los Guerrilleros que encierra la representación. La falta de explicación del significado de este himno dejó algo destanteados a los espectadores "arios", que aun cuando parezca mentira formaban la mayoría del público de estas Memorias de Raquel.