FICHA TÉCNICA



Título obra Fue una historia de amor

Autoría Gilbert Leautier

Notas de autoría José Joaquín Blanco / adaptación

Dirección Manuel Montoro

Elenco Mabel Martín

Escenografía Guillermo Barclay

Vestuario Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Milán

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El monólogoFue una historia de amor”, en El Día, 15 octubre 1979, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El monólogo: Fue una historia de amor

Malkah Rabell

El nombre del dramaturgo francés, Gilbert Léautier, es poco o nada conocido en México. El programa de mano del teatro Milán, auspiciado por la Universidad Veracruzana, en su introducción firmada por Manuel Montoro, nos lo presenta como un "Óscar de la creación", premio creado por Jean Vilar como estímulo a jóvenes autores, que Léautier obtuvo en París en 1969. Es bien sabido que los premios tienen un valor relativo y definitivamente nada prueban. Por lo mismo la obra de este escritor no dejó de ser discutida con pasión la noche del estreno de: Fue una historia de amor. Por cierto, no se trata de una pieza especialmente brillante, pero tampoco es tan endeble como muchos "entendidos" lo pretendían.

Nada más difícil que mantener el interés del público durante un tiempo prolongado con la presencia de un solo actor en el escenario. No obstante, esta Historia de amor mantuvo quieta a una sala llena durante más de una hora. No se oía volar una mosca ni crujir una butaca. Y el cuerpo del espectador es tan buen juez como su mente. Desde luego, si de tanto en tanto esta obra a una sola voz nos recordaba —levemente— la técnica de Beckett, no tiene en cambio su originalidad, ni su atmósfera extraña, ni su misterio.

En el presente caso, casi desde un principio nos damos cuenta de la finalidad del autor, de su concepto completamente realista, hasta donde la locura puede ser realista. Porque se trata de una mujer demente, que a través de una heterogénea y dispersa narración relata lo que "fue su historia de amor", bastante entretejida de odio, con su marido a quien termina por asesinar, creyendo, tal vez con razón, que él estaba dispuesto a matarla a ella.

Quizá la adaptación —o versión española— de José Joaquín Blanco no fuera del todo correcta y oscurecía numerosos conceptos tanto lingüísticos como dramáticos, del original. Se me hace difícil que un "Óscar de la creación" empleara tantos lugares comunes, sobre todo en lo referente a la televisión y a los anuncios publicitarios. El sentido humorístico de ese lenguaje publicitario ya se halla trasnochado en nuestro propio ambiente. ¿Cómo no lo sería en el parisino?

Sí, no es nada fácil mantener el interés de un público numeroso con la presencia de un personaje único en el escenario. Para lograrlo es menester contar con un actor de excepción o con un texto excepcional. Lo que no fue el caso ni con la intérprete ni con el texto en la presente ocasión. Aunque Mabel Martín es una actriz de buena pasta, excelente en papeles apropiados, con muchas virtudes histriónicas, como voz agradable, sonora, presencia sugestiva y dicción clara. En el personaje trastornado de Fue una historia de amor, la dirección de Manuel Montoro aprovechó todas las posibilidades que brindaba el temperamento artístico de la protagonista, la que a pesar de hallarse todo el tiempo sola en el foro, nunca llegó a la monotonía. Igualmente aprovechó el director todas las posibilidades dramáticas del texto para darle un ritmo acelerado, una viveza constante, entretejida de humor que no permitía decaer el interés del público, y éste, al caer el telón final respondió con prolongados aplausos.

Y otra vez la escenografía de Guillermo Barclay resultó una parte viva del espectáculo, una parte misteriosa que parecía surgir de la mente de la protagonista. Esta mujer que sueña con la urbe y ha de vivir en el campo, se encuentra en medio de una especie de bosque metálico, de una arboleda de metal fosforescente, que apenas alzado el telón hizo escapar un ¡Ah! de extrañeza y de admiración al auditorio. En el corazón de ese ambiente extraño, surrealista, la figura protagónica pasea su presencia no menos extraña, con su vestuario bellísimo en su locura de años imposibles de precisar: ¿Qué década de la primera mitad del siglo nuestro? Luego, para un momento fugaz, Barclay —con esa pasión por el vestuario perfeccionado hasta en sus menores detalles, que hace de él nuestro mejor diseñador de vestuario; un gran artista del diseño que tan solo como diseño resulta arte—, viste a su personaje único de un traje de boda que la transforma ya no en una figura distinta, sino en un cuadro inesperado, en un cuadro surrealista, del cual ella es el elemento central en medio de una cantidad de ingredientes raros.

En resumen: una representación mucho más extraña, un espectáculo mucho más inesperado de lo que los "entendidos" quisieron admitir.