FICHA TÉCNICA



Título obra Los veraneantes

Autoría Máximo Gorki

Dirección Juan Antonio Hormigón

Elenco Julieta Egurrola, María Teresa Rábago, Patricia Zepeda, Lauro Antonio López

Escenografía Juana Braun

Música Rafael Fuentes Orduña

Espacios teatrales Teatro del Centro Universitario de Teatro

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los veraneantes, un Gorki demasiado chejoviano”, en El Día, 17 agosto 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los veraneantes, un Gorki demasiado chejoviano

Malkah Rabell

Amo, y siempre amé, a Gorki por sus rasgos peculiares, por sus características personales, que imprimen a sus personajes cierto halo romántico, pese a su degradación social, lo amo —y lo amé— por la autenticidad de sus ambientes de las clases pobres, por la autenticidad psicológica de sus héroes que reflejan ese ambiente, y por sus pasiones y por cierta brutalidad y temperamental violencia que ningún otro escritor ruso poseía. Y de repente, en ese Los veraneantes Gorki señala tal influencia de Chéjov que casi anula su propia personalidad, con su ambiente de la "inteligencia", con su tiempo que no pasa y el aburrimiento eterno, y sus discursos que giran en torno de las mismas cosas. Pero en Chéjov, en cada frase, hay una verdad escondida en una bruma impresionista, lo que no es el caso en Gorki, el escritor socio-político de su tiempo. Y comprendo que Stanislavsky, quien en 1902 puso Los bajos fondos con un éxito prodigioso, se negara en 1904 a aceptar esa nueva producción gorkiana: Los veraneantes.

Los veraneantes pinta a los intelectuales que, surgidos de clases humildes, al subir en la escala social renuncian a sus ideales de la juventud, y sólo buscan satisfacer sus apetitos sexuales y económicos. Bárbara, esposa de un abogado, Sergio Basov, desilusionada por el marido lo abandona, pero tampoco acepta el amor de dos hombres que la pretenden: el escritor Shalimin que nada tiene mejor que Basov; o Riumin, un hombre débil que se suicida, o por lo menos trata de suicidarse. Su hermano Vlas, es un payaso, o por lo menos hace gala de payasadas, pero ama a la doctora María Lvovna, el único personaje a quien el autor trata de presentar como positivo, pero que en realidad es de una insoportable pedantería. Rasgo igualmente presente en Bárbara. La Dra. María Lvovna no deja de aburrir con sus interminables discursos que echan en cara a sus compañeros la brecha abierta entre la inteliguentzia y el pueblo, acusando a sus compañeros de indecisión, falta de coraje y alejamiento de las masas. En su tiempo, tanto en Moscú, en el teatro Kamisarzevskaia, donde se presentaba, como en sus giras por la provincia, la obra provocó demostraciones del público que le dio la bienvenida por sus respuestas a los problemas del momento.Tal vez, los espectadores que llenaban la nueva sala del CUT, encontraron en esa obra de Gorki una semejanza entre aquellos intelectuales rusos de 1905, y los problemas y actitudes de la intelectualidad mexicana de nuestros días. De ahí, posiblemente, los grandes y entusiastas aplausos de cada fin de acto, que despertó el estreno de Los veraneantes.

Mas, este entusiasmo se me hace no poco debido a la puesta en escena del director huésped, Juan Antonio Hormigón. Al manejar sus 25 actores, les impuso una disciplina artística que controlaba cada gesto, cada actitud, cada movimiento de todo reparto, colectiva e individualmente. El espectáculo en su panorama de conjunto, era espléndido, pero no podía dar a los actores lo que en su mayoría no poseían: la naturalidad, los matices, esa espontaneidad que nace del actor y con el actor, y que no se hace en escuelas y no puede enseñar ni al más magnífico de los directores. Si Julieta Egurrola es ya una actriz con tablas y con talento, su papel de María Lvovna es desagradable y monótono. María Teresa Rábago en el papel de Bárbara, subrayaba lo respectivo de sus parlamentos por la monotonía de su voz. Resultaba mucho más simpática en su papel de mujercita frívola, Patricia Zepeda; y Lauro Antonio López, como el ingeniero Suslov, tiene una hermosa voz y una clara dicción que demostró en el discurso "negativo" pero muy realista, que da principio al último episodio el cual devuelve a la obra su voz gorkiana con su crítica y su ímpetu dramático.

Hermosa y sugestiva la escenografía de Juana Braun basada mayormente en elementos naturales, tales como los árboles y el pasto auténticos que encierra el teatro entre sus muros. En este paisaje un escenario sobre ruedas se acerca y se aleja, dando lugar a una continuación, de prolongación de los sucesos escénicos en el fondo del foro por medio de presencias activas pero mudas.

No menos sugestiva resulto la música de Rafael Fuentes Orduña que casi permanentemente acompaña esta puesta en escena en cierta medida brechtiana, con su cantor-narrador y sus actores-tramoyistas.

En resumen, una presentación que interesa, que no deja de ser novedosa tanto por su tema como por el reencuentre con Máximo Gorki que hace mucho ha desaparecido de nuestro escenario. Un espectáculo que tiene algo íntimamente sugestivo y no puede dejar indiferente.