FICHA TÉCNICA



Título obra Maty

Autoría Hebert Liberman

Dirección Joe Rosenberg

Elenco Joe Treviño

Grupos y compañías Grupo Universitario Bilingüe de Texas

Espacios teatrales Auditorio del Instituto Politécnico Nacional

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Maty, con un grupo de Kingsville”, en El Día, 18 junio 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Maty, con un grupo de Kingsville

Malkah Rabell

Obra extraña, con una no menos extraña puesta en escena, son las que ofrece un grupo universitario bilingüe, llegado de Kingsville, Texas, que se presentó en el auditorio del Instituto Politécnico Nacional. La pieza, Maty pertenece a un autor norteamericano, Herbert Liberman, y la puesta en escena a un director de la misma nacionalidad, Joe Rosenberg. En cuanto a los actores que nos visitan, son en su mayoría de origen mexicano, es decir chicanos, aunque algunos entre ellos son angloamericanos, que ignoran el español y han debido aprenderse sus partes de memoria, sin tal vez entender su significado. Desde luego, tal mezcolanza de elementos humanos impone una gama heterogénea de acentos, que no siempre se pueden captar con toda claridad, y van envueltos bajo un común denominador: acento español de quienes viven allende el Bravo.

Sí, obra extraña y difícil de entender, aunque en ningún momento deja de ser realista. Pieza que ignoramos si es novela adaptada al escenario, o es un drama original. Muchos de sus rasgos son típicamente novelísticos y el director nada hace para ocultarlo. Más bien parece que trata de subrayarlo. A todo lo largo de la acción un narrador nos lee un texto dedicado a explicar numerosas escenas y episodios, A veces excesivamente preocupado por aclarar gestos, mímicas e intenciones de los protagonistas que resultan ciares por las imágenes del espectáculo y ninguna necesidad de explicaciones orales tienen. Y tanto este texto explicativo como muchos episodios de la obra, que dura 2 horas y media, a veces cansan, se hacen largos, se cuelgan y nos parecen pesados. Pero de repente, otros episodios nos atrapan, nos arrastran y nos mantienen presos en el misterio anímico de sus personajes y en el secreto determinismo de su autor. Si en algunos momentos nos ponemos nerviosos por los largos parlamentes, en otros momentos nos quedamos inmóviles, hipnotizados por la obra y por el montaje.

¿Qué tratan de expresar esos personajes?, qué trata de decirnos el mundo que los rodea? Un mundo que los crea, los moldea con su crueldad y los destruye en su inconciencia. Un mundo que parece construido como una larga cadena de sufrimientos, –donde cada ser humano es el producto de un dolor, la víctima de una descabellada situación creada por una ciega divinidad, o por los seres más cercanos: padre, madre, abuelos o esposo; y éstos a su vez destrozan a quienes más cercanos le son: los hijos. El autor parece creer en el dolor humano como destino místico. Nacimos para sufrir y para hacer sufrir. Nacimos para ser víctimas y a la vez victimarios de otros. Imposible escapar. Sólo la muerte puede dar la paz.

A su vez la dirección se halla muy lejos de ser fácilmente comprensible. Los más o menos 16 personajes actúan permanentemente de frente al público, sin jamás cambiar de orientación, sin jamás dirigir la acción hacia algunos de sus interlocutores. Esa tendencia ya no es novedosa en el teatro moderno. Pero Joe Rosenberg le dio tal insistencia durante las 2 horas y media de duración del espectáculo, que termina por inmovilizar al espectador como por una magia. Por igual llevó hasta sus últimas consecuencias el juego de los rectángulos de cartón que puso en manos de sus intérpretes, y que deben simular toda clase de objetos que los actores han de usar a lo largo del drama. Lo que en un principio molesta, pero termina por sugestionar, por imponer su fuerza plástica. La mayoría de los protagonistas deben ser niños o adolescentes. Joe Rosenberg logró el tour de force que actores adultos interpretaran esos papeles sin jamás caer en exagerados "infantilistas", con la naturalidad y espontaneidad exigidas por sus personajes. Sin jamás tratar de mentirnos sobre sus edades auténticas, ni tampoco molestarnos por éstas. Sobre todo la figura central, la de Maty, que ha de ser un niño de 9 años, logra en la interpretación del joven actor, Joe Treviño, una absoluta compenetración con su personaje, un niño excesivamente sensible, imaginativo y entregado a la madre, una enferma mental, que tal vez puede considerarse como edipiano, pero que a mí me parece más bien presentar las características de la mayoría de los niños en una edad cuando adoran a sus madres, la leche y la miel de sus paraísos infantiles. Pero que en este caso se transforma en un infierno infantil. Joe Treviño, además de su temperamento artístico goza de la dicción más clara del conjunto.

En cuanto a la escenografía, constituida por pantallas que rodeaban el escenario, lograban éstas con sus proyecciones algo más que simples imágenes. Daban la sensación de reflejar constantemente el inconsciente de los protagonistas, y subrayaban la atmósfera dramática de la representación.

Una obra difícil, pero inquietante, que difícilmente puede olvidarse. Un montaje complejo, pero increíblemente sugestivo.

De este grupo que sólo está entre nosotros de paso, nos queda aún por ver sus creaciones netamente chicanas.