FICHA TÉCNICA



Título obra La hija de Iorio

Autoría Gabriel D’Annunzio

Notas de autoría Xavier Villaurrutia / traducción

Dirección Ricardo Mondragón

Notas de dirección Xavier Villaurrutia / dirección artística

Elenco María Teresa Montoya

Escenografía Agustín Lazo

Referencia Armando de Maria y Campos, “María Tereza Montoya en La hija de Iorio de D’Annunzio”, en Novedades, 15 noviembre 1945.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

María Tereza Montoya en La hija de Iorio de D'Annunzio

Armando de Maria y Campos

Empieza su vida poética a los 15 años, pero hasta cumplidos los 35 años piensa en crear para la escena. Precisa que se cruce su destino con la vida de Eleonora Duse, que la comprenda y logre hacerse comprender por ella, para que Gabriel D'Annunzio se aventure por la senda escabrosa del tablado escénico. Es decir, hasta que encuentra una artista de su especie, capaz de dar carne y espíritu a su idea teatral, no intenta el género que habrá de dominar, rejuveneciéndolo.

En El fuego hace la exégesis de su concepción trágica: "El drama no puede ser sino un rito o un mensaje. Es preciso que la representación sea de nuevo solemne como una ceremonia, comprendiendo los dos elementos constitutivos de todo culto: la persona viva en la cual se encarna, sobre la escena como ante el altar, el verbo de un revelador; la presencia de la multitud, muda como en los templos. Yo anuncio el advenimiento de un arte nuevo o renovado, que por la simplicidad fuerte y sincera de sus líneas, por su gracia vigorosa, por el ardor de su espíritu, por la fuerza pura de sus armonías, continúe y corone el inmenso edificio ideal de nuestra raza elegida... Yo no quiero resucitar una forma antigua; quiero inventar una forma nueva, como hicieron los griegos cuando inventaron aquel maravilloso edificio de belleza; no imitable, que es su drama..."

Prueba D'Annunzio su fuerza dramática con los Sueños de las estaciones –1897, año en que publica Sueño de una mañana de primavera– y logra su primera obra de gran envergadura con La ciudad muerta, que estrena en Milán en 1898. Le siguen La Gioconda, La gloria y Francesca de Rimini. Entonces La Duse, su máxima intérprete, se aleja de la escena y D'Annunzio busca nueva inspiración en el alma popular, y trata de hacer una obra humana, sin intelectualismos; acude al folklore vuelve los ojos a la tierra de los Abruzos que lo vio nacer, y escribe La hija de Iorio, drama esencialmente popular, de muchedumbres, en el que la inspiración griega se hace ya presente en el coro, personificado en la multitud, y con el que el poeta dramático alcanza el zenit de su arte escénico. La crítica severa de la época –¿o es preciso juzgar a D'Annunzio, descubriéndolo después de muerto, cada vez que se repone alguna de sus piezas consagradas?– estima que “con La hija de Iorio da el poeta y autor la obra suprema de la tragedia contemporánea, la obra trágica por excelencia, de pura entraña dramática desnuda, palpitante, sin afeites de retórica, la verdadera tragedia popular; en suma: lo que debió ser la tragedia para el pueblo que celebró a Esquilo. En La hija de Iorio se conserva fiel el autor a la norma griega, aunque esta vez le incorpore el misterio medieval y funda en ella el elemento cristiano, haciendo que converjan, de modo admirable y armonioso, en el alma antigua y el alma moderna, la tragedia antigua y el misterio medieval –D'Annunzio la define como "pastoral"–, que lo ha de conducir a crear El martirio de San Sebastián y La pisanella, en las que trata ya de hacer un arte escuetamente cristiano, que, sin embargo, no llegará a alcanzar, quedando de toda su ambiciosa obra dramática, por la ingenuidad del sentimiento, por su acento poético, por su unción moral –a juicio de sus contemporáneos– La hija de Iorio como la menos distante del mundo cristiano.

El mundo que vivió los años anteriores al 14, el de entre dos guerras, y éste que acaba de salir de la más tremenda conflagración, escuchó, y continúa escuchando con devoción, la obra poética y dramática del genio literario por excelencia que fue D'Annunzio. Lo estamos comprobando con las representaciones llenas de la mayor dignidad artística que está ofreciendo a México la ilustre actriz mexicana María Tereza Montoya, cuyo acierto al incorporar a su repertorio de heroínas trágicas la Mila de Codra, hija de Iorio, merece la gratitud de los amantes del teatro, tan numerosos entre nosotros, y que, precisamente por lo mucho que gustan del teatro... no acuden a los Coliseos.

No tengo noticias de otra actriz dramática de habla española que haya encarnado la Mila de Codra. México se la vio, antes que a la Montoya, a la siciliana Mimí Aguglia. Estaba eminente. Pero a la Montoya no la supera la mejor intérprete d'annunziana, en la plenitud de su arte maduro, excepcional temperamento dramático, rica de voz y ademán, más bella cuando la encienden las pasiones y la convierten en llamas, actriz que se quema en su propio fuego.

Bajo la dirección artística de Villaurrutia, que en unión de Agustín Lazo, magnífico decorador de la obra, realizó una traducción clara, limpia y viva, y la escénica de Ricardo Mondragón, cuyo dominio de dirección es bien conocido.