FICHA TÉCNICA



Título obra Yo soy chicano

Notas de autoría Antología de textos de teatro campesino, teatro chicano, entre otros

Elenco Sarah Esther Camacho, Mario Vázquez

Grupos y compañías Grupo Zero, de Cuernavaca Morelos

Eventos Nueva Dramaturgia Mexicana

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Yo soy chicano en la Universidad Metropolitana”, en El Día, 10 septiembre 1979, p. 15.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Yo soy chicano en la Universidad Metropolitana

Malkah Rabell

Bajo la denominación de "Nueva Dramaturgia Mexicana", la Universidad Autónoma Metropolitana, en conjunto con el FONAPAS, el CONACURT, y el Congreso del Trabajo, presentan desde hace varios meses una temporada dedicada a la búsqueda de nuevos autores nacionales. Excelente empresa que cuenta con varios aciertos que nos prometen futuros dramaturgos de éxito.

Esta vez, con el título de Yo soy chicano, no es una obra que vimos sino un espectáculo compuesto de varias piezas breves, de canciones y poemas, que no pertenecen a un autor, sino a varios, y sobre todo al trabajo colectivo de diversos grupos teatrales de Allende el Bravo, como el famoso Teatro campesino o el conjunto Los Alacranes Mojados. Más, a este repertorio resulta muy difícil considerarlo como dramaturgia nueva, ya que desde hace bastantes años El soldado raso y Las dos caras del patroncito —ambas creaciones del Teatro Campesino, de Luis Valdez– andan por diversos escenarios. Yo misma he visto la primera de estas obras hace ya media década en el teatro Cleta con un grupo chicano.

En cuanto a los intérpretes de este espectáculo, no se trata de chicanos, sino de un conjunto de Cuernavaca, el Grupo Zero, que nos hubiera parecido mucho más apropiado en una creación propia, de la vida de su provincia, Morelos. Obras que tanta falta hacen en nuestro ambiente, acerca de nuestros propios campesinos terriblemente desconocidos por la urbe, como lo fue el drama de Felipe Santander: El extensionista. Ya a falta de un autor local, hasta hubiese servido una labor colectiva del grupo; o bien una obra como el Emiliano Zapata, de Miguel Sabido, que trata de ese héroe de la provincia morelense. ¿Para qué recurrir a obras chicanas ya conocidas desde años?

Para entender el doloroso y a menudo trágico problema de los chicanos, en su diáspora voluntaria, su desarraigo, con su necesidad de una doble fidelidad y de un doble amor, es menester ser chicano, o bien tener una sensibilidad muy honda, lo que no abunda. El Grupo Zero enfrentó la vida chicana con una mirada unifacética. Y fue el odio, lo único que le importó. El odio es lo que más fácilmente se comprende y más fáciles aplausos despierta. No han tomado en consideración que la tierra donde se nace crea raíces, y el pueblo con el cual se convive crea la necesidad de solidaridad.

¡Solidaridad! Las luchas deben ser contra un estado de cosas, contra un sistema y hasta contra una clase enemiga, pero no contra un pueblo. Y el Grupo Zero compuso un espectáculo sin una sola escena donde se encuentre a los dos pueblos lado al lado; dos campesinos, o dos obreros, de distintos orígenes étnicos, pero del mismo origen social, con intereses y necesidades conjuntas; dos pueblos a los que une una sola clase y una sola lucha.

La breve obrita: Las dos caras del patroncito, ofrece una imagen de una época de huelgas campesinas, las de 1965, donde por un lado el patrón es "gringo", y por el otro el campesino explotado es un "ilegal", que involuntariamente se presta al papel de rompehuelga. Y el autor —o los autores—, con una comprensión piadosa, –y yo diría– casi tierna, no se lo reprochan. Al contrario, lo explican con mucho sentido del humor. El "ilegal" llegó en busca de pan, carece de preparación política. Y con su inocente desconocimiento de luchas sindicales, va a lo suyo. Busca el pan donde lo encuentra, y es aprovechado por los "patrones" y sus aliados, la "migra".

Mucho más hondo es el drama de El soldado raso, que igualmente pudo ser el caso de muchos soldados "gringos" de clase humilde. A un muchacho chicana lo visten de uniforme militar, le ponen un arma a la mano, y lo mandan a Vietnam, donde muere, inocente victimario y víctima a la vez, o como dice Nicolás Guillén en uno de sus poemas: cuatro soldados van a matar a un hombre amarrado, y los cuatro soldados son tan amarrados como el hombre que iban a matar (cito de memoria). El autor, con mucha habilidad introdujo en ese cuadro de familia chicana la imagen de la muerte con Posada, se desliza entre los protagonistas. Esta imagen de la calavera da a toda la obra un sentido mexicano muy especial, crea su tono original. Y la obra interesa no sólo por el caso del soldado, sino por el reflejo de la vida y de las costumbres chicanas.

Grupo juvenil muy simpático, de presencias agradables, con voces e instrumentos musicales bien manejados, en algunos papeles los intérpretes lograron lucirse, como la madre, Sarah Esther Camacho, y Johnny el Soldado, Mario Vázquez. Todo el conjunto probablemente hubiera dado mucho más de sí, individual y colectivamente, si la dirección hubiese llegado a mayor hondura.